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La inconsciencia tranquila

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Mírenlos. Tan felices. Disfrutando de un día de playa en familia. Qué bonito… si no fuera porque están en un Parque Natural, han aparcado bien cerquita del agua, han puesto la musiquita a todo volumen, no paran de gritar y hacer ruido, y desde luego no piensan irse sin ponerse morenitos en lo que otrora fue una ribera natural colmada de valiosa flora, talada hasta las raíces para instalar una zona de baño a base de volcar camiones de arena. Qué bonito, si no fuera porque con sus actividades lúdicas están destrozando un lugar maravilloso. Seguramente casi ninguno de ellos lo sabe, aunque también hay quien es consciente y, aun así, continúa como si tal cosa, como si esto fueran simples piscinas. Doble crimen por su parte, con premeditación y alevosía. Y cada año, lo mismo. Así que al final he decidido evitar el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera (que es donde se tomó la foto, aunque parezca una charca vulgar cualquiera) en verano. Ojos que no ven corazón que no siente. Las últimas veces sólo lo hacía para documentar el salvajismo que cada estío manadas de cazurros imponían en unas tierras sobreexplotadas. Pero el peso en el alma causado por las barbaridades cometidas contra un sitio que ha sido mi propia vida desde que nací me hacían sumirme en una depresión agudizada cada temporada. Ya no podía más. Y es que en los últimos años la situación se ha vuelto completamente insoportable, deleznable, bochornosa y vergonzosa: una manada de borregos acude a destrozar un lugar único en el mundo. Desde hace décadas la situación no se ha controlado, y en el nuevo siglo se ha tornado patética. Estamos hablando de masificación turística descontrolada, expoliación de suelo público para instalación de construcciones hosteleras ilegales, destrucción de flora para construir playas artificiales, destrozo de cascadas, ríos y manantiales por zonas de baño… En otras palabras: todo por la pasta. Una atrocidad que las autoridades no sólo han permitido, sino impulsado por un puñado de billetes (unos billetes que, en la realidad, no compensan a largo plazo). Pero los turistas tampoco se quedan cortos: todos tenemos una ética, una lógica, una mínima conciencia que nos hace ver que algo no está bien, por mucho que nos lo dejen hacer. No somos niños, sabemos perfectamente lo que hacemos. Afortunadamente, cada año más turistas se dan cuenta del error de visitar en verano el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, un espacio que se ha intentado convertir penosamente en el Benidorm del interior, y prefieren hacerlo en otoño o en primavera, incluso en invierno, mucho más interesante y relajante. Otros, no. Otros prefieren seguir convirtiendo un Parque Natural en un parque acuático por puro egoísmo e incultura. Y uno, que lleva muchos años, décadas, visitando ese lugar, puede diferenciar perfectamente al turista veraniego del que acude el resto del año. Mientras el primero, auténtico ignorante, busca simplemente un lugar de baño, como si estuviera en una piscina más, y muestra una cultura muy inferior, el segundo demuestra un respeto infinitamente mayor. E incluso, por qué no decirlo, de inteligencia. Frente a los borregos que sólo van a Ruidera a mojarse el culo y destrozar el lugar, auténticos cenutrios descerebrados, está el turista ecologista, preocupado por descubrir la verdadera magia de Ruidera, sus ríos, sus manantiales, sus cascadas, sus terrazas de piedra, sus lagos cristalinos, sus bosques, sus rutas, su flora y fauna… Y lo hace de forma inocua, sabiendo y teniendo en mente siempre qué actividades benefician al lugar, a la naturaleza y a sus habitantes, y cuáles agudizan sus problemas, por mucho que le dejen hacer. Quien no es parte de la solución lo es del problema. Quien financia la barbaridad es un bárbaro. Quien entra en el juego es partícipe de él y, por consiguiente, cómplice. Pero claro, otra cosa es que nos neguemos a admitirlo para poder disfrutar, con la conciencia tranquila, de nuestro maravilloso día de playa en un Parque Natural inundado de masificación, tráfico, atascos, contaminación, bronceador, barquitas, humo y basura desperdigada por doquier.

Así nos va.

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