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La levedad del equilibrio

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Ya termina de calmarse el agua. Ya empieza a barruntar la cabeza. Quizá sea por este extraño silencio. Espeso espejo de cristal seco. Quizá, por las tormentas de mi imaginación. Qué leve es la tranquilidad. Qué difícil el equilibrio. Con qué rapidez todo se desmorona. Como la superficie de una laguna sosegada: tan fiel al cielo y tan frágil al tacto. Parece que se va a romper con sólo mirarla. Una piedra desprendida y las ondas inundarán su cuerpo. Se mezclarán los colores del otoño en un borrón acuoso hasta convertirse en expresionista paleta bañada de ocres, verdes y rojos pardos. Quién será el loco artista que pinte tus bosques sin perder la cabeza. Si nuestros pies no caen al abismo, seguiremos caminando pisando el cielo y mirando nuestros zapatos.

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Colección “Ruidera”

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No hace ruido

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Tan hermosas eran sus armas que las ocultaba bajo tierra. Y a la hora de nacer brotaban fuentes, ojos y borbollones. Cada mañana era un nuevo regalo de la Naturaleza. Cada ocaso, el fin del milagro. Y entre medias, de enamorar, mil maneras. Dicen que nació siendo mujer y morirá como niña. Mujer por su instinto maternal que alumbró diecisiete hijas, sus lagunas. Niña porque siempre llorará, aunque no siempre de pena. Y de sus ojos, nuestras cascadas. Y de sus miedos, nuestros fracasos. Y de sus gozos, aquellas avenidas. Avenidas de rabia y agua, que ponían todo patas arriba. Por sus espejos quedaron presos poetas, escritores y pintores. Almas encadenadas por siempre a la ilusión de haber encontrado el cielo en la tierra. De haber hallado cada fragmento de los astros estrellados en sus arenas. Por eso dicen que el lamento del hombre verdaderamente enamorado, más todavía si perdió el juicio, no hace ruido, sino “ruidera”.


La inconsciencia tranquila

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Mírenlos. Tan felices. Disfrutando de un día de playa en familia. Qué bonito… si no fuera porque están en un Parque Natural, han aparcado bien cerquita del agua, han puesto la musiquita a todo volumen, no paran de gritar y hacer ruido, y desde luego no piensan irse sin ponerse morenitos en lo que otrora fue una ribera natural colmada de valiosa flora, talada hasta las raíces para instalar una zona de baño a base de volcar camiones de arena. Qué bonito, si no fuera porque con sus actividades lúdicas están destrozando un lugar maravilloso. Seguramente casi ninguno de ellos lo sabe, aunque también hay quien es consciente y, aun así, continúa como si tal cosa, como si esto fueran simples piscinas. Doble crimen por su parte, con premeditación y alevosía. Y cada año, lo mismo. Así que al final he decidido evitar el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera (que es donde se tomó la foto, aunque parezca una charca vulgar cualquiera) en verano. Ojos que no ven corazón que no siente. Las últimas veces sólo lo hacía para documentar el salvajismo que cada estío manadas de cazurros imponían en unas tierras sobreexplotadas. Pero el peso en el alma causado por las barbaridades cometidas contra un sitio que ha sido mi propia vida desde que nací me hacían sumirme en una depresión agudizada cada temporada. Ya no podía más. Y es que en los últimos años la situación se ha vuelto completamente insoportable, deleznable, bochornosa y vergonzosa: una manada de borregos acude a destrozar un lugar único en el mundo. Desde hace décadas la situación no se ha controlado, y en el nuevo siglo se ha tornado patética. Estamos hablando de masificación turística descontrolada, expoliación de suelo público para instalación de construcciones hosteleras ilegales, destrucción de flora para construir playas artificiales, destrozo de cascadas, ríos y manantiales por zonas de baño… En otras palabras: todo por la pasta. Una atrocidad que las autoridades no sólo han permitido, sino impulsado por un puñado de billetes (unos billetes que, en la realidad, no compensan a largo plazo). Pero los turistas tampoco se quedan cortos: todos tenemos una ética, una lógica, una mínima conciencia que nos hace ver que algo no está bien, por mucho que nos lo dejen hacer. No somos niños, sabemos perfectamente lo que hacemos. Afortunadamente, cada año más turistas se dan cuenta del error de visitar en verano el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, un espacio que se ha intentado convertir penosamente en el Benidorm del interior, y prefieren hacerlo en otoño o en primavera, incluso en invierno, mucho más interesante y relajante. Otros, no. Otros prefieren seguir convirtiendo un Parque Natural en un parque acuático por puro egoísmo e incultura. Y uno, que lleva muchos años, décadas, visitando ese lugar, puede diferenciar perfectamente al turista veraniego del que acude el resto del año. Mientras el primero, auténtico ignorante, busca simplemente un lugar de baño, como si estuviera en una piscina más, y muestra una cultura muy inferior, el segundo demuestra un respeto infinitamente mayor. E incluso, por qué no decirlo, de inteligencia. Frente a los borregos que sólo van a Ruidera a mojarse el culo y destrozar el lugar, auténticos cenutrios descerebrados, está el turista ecologista, preocupado por descubrir la verdadera magia de Ruidera, sus ríos, sus manantiales, sus cascadas, sus terrazas de piedra, sus lagos cristalinos, sus bosques, sus rutas, su flora y fauna… Y lo hace de forma inocua, sabiendo y teniendo en mente siempre qué actividades benefician al lugar, a la naturaleza y a sus habitantes, y cuáles agudizan sus problemas, por mucho que le dejen hacer. Quien no es parte de la solución lo es del problema. Quien financia la barbaridad es un bárbaro. Quien entra en el juego es partícipe de él y, por consiguiente, cómplice. Pero claro, otra cosa es que nos neguemos a admitirlo para poder disfrutar, con la conciencia tranquila, de nuestro maravilloso día de playa en un Parque Natural inundado de masificación, tráfico, atascos, contaminación, bronceador, barquitas, humo y basura desperdigada por doquier.

Así nos va.


La ceguera

Por lo visto, el día del patrón Santiago más de veinte mil almas ávidas de zambullidas acudieron a las lagunas de Ruidera (…). Los excursionistas en riada se desparramaban por las orillas. Las masas en rebeldía han hollado uno de los paisajes más hermosos del ruedo peninsular. La quietud y silencio de las lagunas ha periclitado. Y uno se pone a tiritar y tiene miedo a que le dé alferecía. Veinte mil personas asaltando unas riberas (…) entendemos que es demasiado. No es posible distribuir en el paraje esa multitud, como no sea de modo anárquico, y que cada uno campe por sus respetos. Se vislumbraba antaño este acontecimiento, esta plenitud de domingueros y festeros, y apenas nada se hizo para recibirla. (…) Sí, porque es obligación ineludible defender un paisaje apacible y recoleto, al margen del de la alta montaña, las frías aguas de sus lagunas históricas, sus frondas, sus encinares y choperas, sus arbolitos pasmados que miran el fondo de las aguas cantarinas. Cumple defender los patos nadadores con sus gritos fatuos y hasta los bandos viajeros de perdices otoñales que cruzan por el azul hacia las cercanas florestas y boscajes. Y me pongo a pensar que tras la retirada de la muchedumbre, devota del apóstol adalid, todas las personas razonables se habrán quedado perplejas. Uno intuye un paisaje ultrajado por los irresponsables y los adictos a las escombreras. Veinte mil almas son demasiadas para Ruidera. Repito que todavía tengo miedo a las convulsiones de la alferecía.

“ERO”. La Vanguardia, sábado 30 de julio de 1988

Han pasado veintiséis años y muchos ciegos, irresponsables e irracionales todavía no se dan cuenta.


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Tótem

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El cielo, en la tierra

_DSC0014 (Copy)Y las entrañas de la tierra se abrieron para que pudiéramos disfrutar del cielo sin tener que morir por ello.