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Paisaje de venas abiertas

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Bebí a sorbos el agua que caía de la montaña. Sin prisas. Ella bajaba abriendo caminos de piedras, discursos de cascadas. Llena de fuerza, vacía de dudas. Rompía el paisaje con venas abiertas. Allí nos encontramos una tarde, como otra cualquiera, cuando ya casi nadie se acordaba de la primavera. Yo llegué antes; ella, a mi vera. Sólo hizo falta el silencio, un beso y nuestra luna llena. Y desde entonces es mi compañera. Vive cuando muero, respira cuando me ahogo y ríe cuando lloro. Han pasado once años y la cascada sigue con las venas abiertas. Nosotros, bebiendo a sorbos su fuerza. Y ese ruido, ese estruendo de río bravo resquebrajando la tierra. Ruido que bautiza un valle y una docena de lagunas como turquesas. Ruido que nace de la ira de una tierra que no deja de dar vueltas. Aunque a estas alturas a nadie le importe si está viva o muerta.

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Paleta esbozada

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Dentro del color, un sólo trazo. Del viento, su fuerza y su abrazo. Veo sobre el lienzo de agua los colores de tu paleta esbozada. El verdor y su esperanza, el azul de su cotanza. Adimensional imagen de mi propio recuerdo, que bebe, que ríe, que quiere seguir viviendo. Pero nada detiene al río, que prosigue su curso, como prosigue el curso de mis propios sueños. Para que nadie sea mi dueño, ni mis sueños queden nunca jamás en el agua presos, y puedan seguir fluyendo en el tiempo, eternos.


Remar

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Caía la tarde invernal sobre mi Aranjuez. Asomado al gran muro de contención construido cuando nuestro Tajo era un río (y no la actual mercancía política que ha destruido nuestra vega), vi a un grupo de piragüistas que iba y venia entrenando. El recodo del tramo me permitió enfocar frontalmente. Me encantó el brillo del agua al ocaso, como si el río tuviera luz propia, y el contraste alto de los tonos oscuros.  De repente, tras las estelas de sus predecesores, apareció un chico solitario. Esperé su lento surcar, remontando las aguas, y lo situé respetando la regla de los tercios más básica. También quise que alguna rama de algún árbol fluvial enmarcara la escena, quizá como metáfora de los peligros que nos acechan de mil formas. El resultado refleja el esfuerzo de superación de todos nosotros, remontando nuestros propios ríos, recorriendo los más diversos caminos; unos, de tierra; otros, de piedras; otros, acuosos… Pero con ese empecinamiento que nos mueve, levantando pequeñas o grandes olas a nuestro paso. Haciendo más o menos ruido. En grupo o en solitario.

Pero siempre con un sueño por cumplir como meta.


Hojas negras sobre el río

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Están flotando hojas negras sobre el río. Fluyen muerte y vida por la corriente marchita. Nada puede detener la fuerza de una cascada. Son lágrimas de la tierra desgarrada. De la tierra desprendida. De la tierra maltratada. Están flotando hojas negras apresadas en remolinos de agua. Se quedan quietas, dan vueltas, bailan. Y tú tan lejos que ya no te recuerdo. Y tú tan cerca que ya te echo de menos. Y tú tan ralo como un vestigio lejano. Pero siguen flotando hojas negras sobre el río. Me anuncian la llegada del invierno frío. Me traen el sabor amargo de lo vivido. Quizá juegue a zambullirme sin reparos. Quizá quiera sólo mojarme las manos. Pero nadie sacará nunca las hojas negras que flotan sobre el río. Porque nadie puede ver su baile.

Sólo yo cuando las miro.


De tus lágrimas, mis cascadas

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…Y vives dentro de las aguas que soñaste.


Imagen

Boceto de eternidad

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Detener las aguas de un río

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Creía que todo era factible. Que el tiempo sería un aliado, no un enemigo. Creía que podría llegar lejos e incluso alto. Sentía el impulso de la locura, esa locura de los pocos años. Guardaba entre mis manos mi más preciada herramienta para paliar de mi inteligencia su escaso grado: la ilusión. Una ilusión que me alimentó durante años, pero que poco a poco se fue gastando. Hoy ya no queda nada y es absurdo negarlo. Cometí el gran error de creer en mí mismo. Hoy soy ese monstruo que emerge de la niebla asustando a todos a su paso. Soy ese engendro desgraciado que debería callarse y dejar de molestar. Por alguna extraña razón creí tener derecho a soñar. Creí que podría demostrar algo. Pero todos saben que al final es imposible retener las aguas de un río.

Y por la corriente ahora sólo me dejo llevar, tratando de no hacer ruido.