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[MIL PALABRAS] “¡Vaya racha!” o el egocentrismo histórico

El pasado 26 de mayo falleció el reconocido director de cine español Vicente Aranda, autor de clásicas adaptaciones como “La muchacha de las bragas de oro” (1980) y títulos imprescindibles como “Juana la Loca” (2001). Una gran pérdida que ha estado acompañada de llantos y alabanzas a partes iguales. Y, con ellos, una frase demasiado repetida últimamente: “¡Vaya racha llevamos!” Se refiere a que últimamente se supone que se mueren todos los genios habidos y por haber, que la masificación de tumbas gloriosas no ha sido antes tan grave, que nuestros más queridos artistas, científicos o personalidades nos están abandonando sin tiempo al asimilo. Casi parece culpa suya al no ponerse de acuerdo. Como una plaga de la que nos sentimos testigos. Eso significa al menos la frase: “¡Vaya racha!”, pues racha significa “período breve de fortuna o desgracia”. Y para justificarlo nos valen desde actores de fama internacional (Robin Williams, 11 de agosto de 2014), a actores de doblaje nacionales (Constantino Romero, 12 de mayo de 2013) o grandes leyendas del blues (B. B. King, 14 de mayo de 2015). Junto a los obituarios y pésames de todos estos grandísimos personajes he leído aquello de “¡Vaya racha!”. Pero ¿no os parece que esa “racha” ya dura demasiado tiempo?
Grandes genios ha habido siempre. Y siempre se han ido muriendo. Lo que pasa es que quizá nosotros ni siquiera vivíamos para enterarnos o simplemente no existía “Facebook” para compartir la noticia, que es lo que está propiciando este egocentrismo histórico: creer que nuestra época es la más importante de todas, que nuestro presente tiene más trascendencia que la de nuestros padres. Pero, ciertamente, es falso: nos guste o no, los grandes genios de la historia, ya sean científicos o artistas, deportistas o escritores, se han ido muriendo a lo largo de las décadas, los siglos, sin importarles si nosotros vivíamos o no. ¡Qué maleducados! ¡Qué ninguneo! Asumámoslo: no ha habido año, ni siquiera un mes, en el que alguien relevante no dejara su cuerpo inerte en algún lugar para formar parte del recuerdo colectivo. Van aquí sólo algunos escasos ejemplos escogidos al azar para comprobar que esa “racha”, ese “breve período de tiempo”, se mantiene al menos desde hace treinta y cinco años: John Lennon, 1980; Bob Marley, 1981; Carl Orff, 1982, Luis Buñuel, 1983; Julio Cortázar, 1984; Orson Welles, 1985; Enrique Tierno Galván, 1985; Rita Hayworth, 1987; Enzo Ferrari, 1988; Salvador Dalí, 1989; Dámaso Alonso, 1990; Freddy Mercury, 1991; Isaac Asimov, 1992; Federico Fellini, 1993; Kurt Cobain, 1994; Fangio, 1995; Rafaela Aparicio, 1996; Narciso Yepes, 1997; Frank Sinatra, 1998: Joaquín Rodrigo, 1999; Tito Puente, 2000; George Harrison, 2001; Camilo José Cela, 2002; Charles Bronson, 2003; Luis Cuenca, 2004; Rosa Parks, 2005; Rocío Dúrcal, 2006; José Luis Coll, 2007; Charlton Heston, 2008; Michael Jackson, (Antonio Vega, para mí, más importante) 2009; José Saramago, 2010; Amy Winehouse, 2011; Eve Arnold, 2012; Nelson Mandela, 2013, Gabriel García Márquez, 2014.
Hoy 30 de mayo de 2015 se cumplen veinte años de la muerte del gran Antonio Flores, compositor e intérprete español que nos dejó muy pronto, a los 33 años. Entonces Internet no estaba tan extendido y desde luego no existía “Facebook”. Muchos jóvenes que hoy dicen “¡Vaya racha llevamos!” ni siquiera habían nacido. Los que sí, sabemos que estas “rachas” duran eternamente: nuestra época no es más especial que cuando murió Cervantes o Einstein o Tales de Mileto o Dalí. No queremos ser agoreros, pero cuando nos dejen (porque tarde o temprano nos dejarán) Stephen Hawking, Harrison Ford, Mario Vargas Llosa, Woody Allen o Clint Eastwood no nos llevemos las manos a la cabeza y muy sorprendidos digamos aquello de “¡Vaya racha llevamos!”. Dejemos de ser protagonistas y no nos llevemos el drama al terreno personal, no nos autoimpongamos el luto como si fuésemos nosotros las víctimas, intentando parecer desvalidos, huérfanos, al borde del precipicio final, arrebatándoles el protagonismo a nuestros muertos ilustres. Seamos más humildes y tengamos más respeto por nuestros genios y sus vidas. La mejor manera que se me ocurre es recordar el epitafio del grandísimo José Luis Sampedro (1917-2013): “Que ustedes lo pasen bien”.

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Un jarro de agua fría

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 La Comunidad de Madrid destina en 2013 para Educación 605 millones de euros menos que hace cuatro años. La caída del gasto ha afectado a todas las etapas educativas.

 La consejera de Educación, Lucía Figar, confesó en marzo que en el curso 2012- 2013 había 3.500 profesores menos que antes de la crisis. Ello provocó la eliminación del 10% de los desdobles de lengua y el 17% en matemáticas, el 38% de las horas de tutoría, el 50% de las de biblioteca y el 78% de las actividades extraescolares y complementarias y de dos tercios de las aulas de enlace para alumnos extranjeros. El recorte se ha consolidado este año: sólo en Primaria, este curso se elimina un centenar de plazas de docente.

 Madrid es, con datos oficiales, la comunidad que más empleos públicos ha destruido en Sanidad y Educación. La Consejería ya no repone las bajas de docentes hasta pasados 15 días, lo que hace que los alumnos se queden sin profesor durante semanas y obliga al resto de la plantilla a hacerse cargo de más grupos.

 La precariedad alcanza a los enfermeros, técnicos, fisioterapeutas, educadores e integradores sociales escolares. Educación no renovará a los que sumen más de 24 meses continuados trabajando para la Administración con contratos por obra y servicio para evitar tener que ofrecerles un puesto fijo o fijo-discontinuo.

 Las becas generales de libros y comedor fueron eliminadas el curso pasado.

 Gran parte de la sanidad madrileña (seis hospitales) está en proceso de privatización. 

 117.000 empleos se han perdido en Madrid en el último año. La mitad de los parados de larga duración tiene más de 45 años. Los nuevos contratos son contratos sin derechos, a media jornada y con importantes recortes salariales y sociales. El sector industrial (históricamente clave en la economía de millones de familias madrileñas) se abandona paulatinamente. 

 Los presupuestos del área de Las Artes del Ayuntamiento de Madrid se han reducido este año en 23 millones de euros (un 20,4% menos que en 2012). El año anterior el recorte fue de 12,3 millones de euros. Esto se ha traducido en salas de conciertos sin música, cines y teatros cerrados, librerías históricas clausuradas…

Madrid 2020 tenía el presupuesto más bajo de las candidatas. Y aun así quedaban por gastar 1.660 millones de euros más. Sólo la candidatura de Madrid 2020 ha costado un total de 25 millones de euros (11 de ellos públicos). El 100% de esos millones es hoy ya puro despilfarro, pues no ha redundado en nada.

¿Para quién ha sido un jarro de agua fría?

Información elaborada con datos de 20 Minutos. La información, El país, Economía digital, Expansión, El mundo, La vanguardia y El boletín. 


Ofertas

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Entre los reflejos del escaparate, las últimas ofertas comerciales languidecían ante las miradas despreciativas de los viandantes invernales. La moda se hacía cada vez más prescindible cuando el frío inundaba pieles amoratadas echadas sobre las frías aceras. Y aun así siguieron las almas con la cabeza alta subiendo y bajando las escaleras, sin apoyarse en la barandilla de hierro que dividía el mundo en dos: el de los que suben y el de los que bajan. El de los que ascienden y el de los que descienden. Pero todos doblando sus rodillas.
Los arcos de la plaza pública son buen cobijo cuando el techo de los sueños de uno está sembrado de mil estrellas; cuando las cajas de cartón son la cama perfecta, y los periódicos de antes de ayer se convierten en colchas nórdicas. La mano de un habitante de la calle pende sobre una página manchada de grasa, porque anteriormente le ha servido de mantel, y tapa parcialmente una palabra, dejando visible sólo su inicio: “Bár”. En su sueño liviano se da la vuelta y su mano cambia de postura dejando entrever el final de la misma palabra, que se convierte en ironía: “Cenas.” A su lado desfilan actores que fingen no verle, que fingen no pasar hambre ni miedos ni vergüenzas ni odios ni venganzas ni humillaciones… Es la clase media que fue la media en las clases.
“Ofertas” persiste en el escaparate, y quienes se asoman a él ignoran que son ellos los artículos en rebajas. Es decir; los artículos rebajados: “Oferta: llévese a este currito y no tendrá que indemnizarle si le despide”. “Este becario no le rechistará y trabajará gratis para usted”. “Horas extra, fines de semana, festivos… El trabajador todoterreno del siglo XXI no tiene vida privada y cobrará siempre lo mismo”. “No hace falta que dé de alta a este inmigrante, está como loco por dar de comer a sus hijos”. “Hágale un contrato por diez horas a este chico y sólo cotizará una al día”. “Esta mujer plenamente preparada trabajará por la mitad de dinero que un hombre más incompetente que ella.” A cada reflejo en el cristal, una historia oculta. Una “oferta” más que suma valor añadido a las “rebajas”. El problema no es que la crisis desaparezca, sino que se transforme en nuestra realidad cotidiana. Y en eso están.

“Ofertas” se lee en el escaparate de la calle de las escaleras, por la que pasa nuestra sociedad viéndose reflejada en sus cristales. Pero al final todas las ofertas deben caducar.


Cortarse el pelo para perder peso

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En los últimos años en que la crisis nos golpea a todos con más o menos fuerza, se está asentando en nuestra sociedad la conciencia de que, puestos a salvarse, primero “los de aquí”. Literalmente. Es decir: en cuanto a ayuda humanitaria, la prioridad la tiene el español. Argumento esgrimido, defendido y puesto en práctica por políticos, sobre todo, y sus secuaces instalados en las columnas de opinión de publicaciones conservadoras o reaccionarias. Lo triste es que es una posición que está adoptando peligrosamente un cierto bando de la población de a pie tradicionalmente sensibilizada con las buenas causas, y ahora intoxicada por intereses de terceros. El resultado: hoy está mal visto ser solidario. Los reaccionarios nos llaman “buenistas” por no llamarse a sí mismos racistas, xenófobos o fascistas. Siempre es más fácil ridiculizar “al otro” que mirar la negrura de nuestra alma para seguir durmiendo con la conciencia tranquila.
“Lo primero que aparece en mi sueño”, asegura José María Vera, director general de Intermón Oxfam en España, “es que rompamos la confrontación en la que algunos líderes políticos y de opinión nos quieren colocar: ahora toca a los de aquí.” Para José María, el asunto está claro: “Quieren enfrentar a pobres contra pobres”. Es una táctica envenenada de retórica que posibilita que, mientras nosotros (víctimas de la crisis que ellos han fabricado) nos peleamos, ellos siguen haciendo sus políticas de recortes, desmantelando del Estado del Bienestar, acabando con la conciencia solidaria asentada en nuestra sociedad desde hace décadas… para seguir siendo unos pocos los ricos, los que se comen el pastel mientras nos tiran las migajas, por las que nos pelearemos como hermanos alentados por sus propios padres.
Los políticos del siglo XXI han conseguido, excusándose en esta maldita crisis estafa, derrumbar conceptos antaño inamovibles. Y encima atacan a los solidarios acusándoles de “buenismos”; es decir: dan la vuelta a la tortilla para no reconocer que son ellos, en definitiva, las defecaciones humanas que abochornan a nuestra sociedad, para poder dormir tranquilos con sus ideas inhumanas, insolidarias y egoístas. Eso sí que es una crisis: una crisis ética y cultural, que nos distancia y nos pone más trabas para progresar como pueblo multicultural y evolucionado, es decir: civilizado. 
No es nueva la creencia de que primero hay que arreglar la casa propia para luego ayudar al vecino. En realidad se ha esgrimido dicha política insolidaria desde hace décadas. ¿Por qué? Porque todos sabemos perfectamente que una mancha de humedad siempre habrá en esta casa, porque es imposible arreglar completamente un hogar tan grande. Eso les permite a los egoístas justificar su egoísmo eternamente. ¿Dónde nos han llevado después de tantos años? Somos seis millones de parados. No es culpa del inmigrante que huye porque la alternativa era morir de hambre o de las guerras. Es culpa de los de aquí: Bárcenas, Caso GIL (1.000 millones de euros públicos), Nueva Rumasa, Caso Zamora, Caso Malaya, Caso Gürtel (160 millones), Caso Petroria (44 millones), Caso Nóos… Todos españoles, y bien españoles. Ellos son el problema. Sumen todo el dinero estafado a las arcas públicas y verán que la enfermedad no viene de fuera, sino que está enquistada en aquellos que se consideran muy patriotas, que quieren defender “lo nuestro” frente al extranjero y luego nos dan lecciones morales. Valientes hipócritas.
En dos años, el Gobierno español ha recortado un 70% la ayuda oficial al desarrollo. Somos el país que más ha recortado esta partida, según Intermón Oxfam. Afortunadamente, los datos dicen que España (sus habitantes) no es menos solidaria: pese a los continuos mensajes xenófobos y racistas de los dirigentes, nuestro pueblo sigue estando concienciado: los Bancos de Alimentos han visto incrementados los donativos un 20% cada año. Cando se producen crisis de hambruna concretas, como recientemente en Etiopía, Kenia y Somalia, el pueblo se vuelca: Intermón Oxfam batió su récord de recaudación al conseguir seis millones de euros en 2011. Y cada vez más gente da la espalda a la banca tradicional y prefiere meter sus ahorros en la banca ética, que creció un 35% en la primera mitad de 2012.
El gobierno español justificó el recorte de partida presupuestaria a la ayuda a los países pobres asegurando que, o hacía eso, o recortaba las ayudas a servicios sociales en España. “¿Es la solidaridad un lujo que sólo podemos permitirnos cuando sobra el dinero?”, se pregunta Anna Argemí, periodista de la ONG Intermón Oxfam. “¿O es una obligación ética de la que deberían beneficiarse tanto los pobres de aquí como los que viven en los países en desarrollo?” España fue un país en vías de desarrollo hasta hace bien poco. A principios de los años 80 recibíamos ayuda internacional y teníamos un PIB por habitante inferior al de Argentina o Venezuela. Pero eso se nos ha olvidado. O hacemos que se nos ha olvidado. Hemos sido receptores de ayuda oficial extranjera como país en vías de desarrollo y ahora nos negamos hacer lo propio con quienes nos necesitan. “El problema”, asegura la Federación Catanala de ONG para la Paz, “es que la clase política piense que hace falta sacrificar la cooperación para encontrar una salida a nuestros males.” Otra falacia: lo que España destina a ayuda humanitaria a otros países sería insuficiente si se destinase a solucionar los problemas internos, pero resulta fundamental para evitar las muertes de miles de personas fuera de nuestras fronteras. Jeremy Hobbs, director general de Oxfam Internacional, pone un ejemplo muy gráfico: recortar el presupuesto destinado a ayuda humanitaria y destinarlo a solucionar la crisis interna es “como cortarse el pelo para perder peso”.


Libertad (sólo cada cuatro años)

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[Política] Es injusto para con los países que aún luchan, trabajan y anhelan una libertad de prensa y de expresión efectivas, porque todavía están bajo dictaduras o regímenes represores que sufren millones de personas desamparadas y que nosotros no podemos hoy ni concebir. Pero a uno se le encoje el corazón y el alma ante situaciones vividas en España, país teóricamente libre en el que uno puede protestar y hablar en libertad. Craso error: la política empleada en los últimos años contra quienes osamos a levantar la voz es cada vez más totalitaria, fascista y vergonzosa. Cada vez más valientes salen a la calle para gritar y denunciar pacíficamente injusticias como la corrupción que campa a sus anchas en el sector político, el abuso de la banca a los ciudadanos, las reformas laborales que aumentan el paro y la precariedad de los que sí somos afortunados por tener trabajo (y obligan al exilio a miles de jóvenes), la privatización (la palabra “externalización” no existe; esterilización, sí) de la sanidad y la educación, y mil atropellos más que ningún ciudadano ha votado y que supone un retroceso de décadas en nuestra evolución como país. Son protestas legítimas, pacíficas e incluso fiesteras. Pero molestan. Molestan porque se airea la mierda de esta política corrupta. Así que han inventado una manera de dar la sensación de libertad, de país democrático y civilizado: dejar que se produzcan las manifestaciones y luego denunciar a los manifestantes de forma individual por absurdos como “alteración del orden público”, “agitación y animación al desorden” o “hacer ruido sin motivos”. El último episodio lo protagonizan los llamados “preferentistas”, un numeroso grupo de ciudadanos (principalmente jubilados) que invirtió el dinero de su vida en acciones de alto riesgo bancario engañados por los bancos responsables. Se han quedado sin dinero y sin derecho a protestar: la Subdelegación del Gobierno de Pontevedra ha continuado una campaña iniciada hace semanas por la que todo aquel que ose a protestar en la calle porque le han robado está expuesto a ser infractor de casi todo: “tocar el claxon sin motivo justificado”, “no llevar el cinturón de seguridad” (a peatones), “colocar mesas y sillas en un paso de peatones” (en una zona peatonal)… Una anciana de 81 años que necesita andador lee incrédula su denuncia por “coacción”… Hay quien acumula dos mil euros en multas. “¿Dónde estábais mientras nos robaban la vida?”, pregunta un afectado indignado ante la pasividad administrativa hacia las grandes estafas y la severidad hacia los pequeños (supuestos) infractores. Es más fácil apalear la cabeza de los ancianos que atacar a la banca y la política, claro. Esa es la valentía de nuestras “fuerzas de seguridad”.
Durante una de las últimas protestas contra los recortes sociales, el que suscribe acudió a un piquete pacífico y, desde la retaguardia, grababa discretamente con mi teléfono móvil en silencio. No tardó en personarse un “agente” para pedirme que dejara de grabar y le acompañara. Le hice caso tras pedirle el número de placa. Me identifiqué y guardé silencio hasta que acabó de filiarme, y le dije que no había problemas, que yo era completamente cooperante. Cuando terminó y me dejó ir, le pregunté el motivo de mi filiación. Su respuesta: “Estabas calentando el ambiente”. ¿Qué hace el ciudadano de a pie ante mentiras así? Está indefenso, expuesto a que, si le da la gana al agente (si ha dormido mal o si no ha follado esa noche) le lleve a la comisaria más cercana donde se le imputará cualquier mentira de la que será harto difícil defenderse. ¡Esa es nuestra libertad!
Estamos ante una persecución en toda regla para que nos estemos calladitos en casa mientras los bancos se llevan nuestro dinero por comisiones abusivas y las financiaciones de nuestros queridos partidos políticos es más dudosa que las profecías mayas. El objetivo de todo esto es claro: que cuando se convoque la próxima manifestación porque nos quitan más derechos sociales, o dan otro bocado al Estado de Bienestar, nos lo pensemos dos veces antes de salir a la calle, acordándonos de lo que le pasó a aquella peligrosa anciana de 81 años con andador, a aquel jubilado que tiene que pagar multas por “hacer ruido” en una manifestación o del que perdió tres puntos del carné de conducir por no llevar el cinturón de seguridad. El alcalde de una de las ciudades donde han tenido lugar estos hechos, tranquilamente, vomita desde su despacho silencioso y tranquilo: “No creo que se sancione a nadie sin motivos. Será cuestión de recurrir.” Todos sabemos que la justicia es rápida y el ciudadano no tiene nada que perder cuando se enfrenta a las fuerzas de seguridad y a los políticos. Y también sabemos que existe el ratoncito Pérez, los Tres Reyes Magos y su puta madre en bragas.

¡Ah! No olvidéis votar A o B en las próximas elecciones. Los políticos esperan vuestra “confianza”. Así el sistema funciona. Somos como las olimpiadas: se acuerdan de nosotros para montar su fiesta y luego nadie hace deporte en cuatro años.


La crisis es un gatillazo

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El Alcázar de Sevilla es una maravillosa obra de arte. Puede servir para muchas metáforas. Pero no para justificar una crisis ideada, organizada, perpetrada y mantenida para sacar adelante ideas y proyectos que no tendrían cabida de ninguna otra manera que no fuera aprovechando la vulnerabilidades de un pueblo muerto de hambre. Al contrario de lo que dicen para que nos estemos calladitos aguantando sus impertinencias y tropelías, las grandes obras no se levantan piedra sobre piedra, sino piedra junto a piedra, todos unidos, todos apoyándonos unos en otros. No pisándonos unos encima de otros para lograr intereses personales, políticos o comerciales. No dejando abajo las piedras y levantando encima de ellas necias estatuas ineptas e inútiles. Porque, debajo, las piedras también sienten. Y, aunque les moleste hasta la rabia de épocas pretéritas, en pleno siglo XXI esas piedras siempre menospreciadas también pueden hablar. Y si se mueven, las estatuas se tambalean. Eso es lo que les da miedo. Por eso aplastarlas es mejor que dejarlas opinar o, más peligroso todavía, rebelarse. Si su plan es que las piedras aplastadas se sacrifiquen para que las estatuas sigan lustrosas, si es lo único que se les ocurre y no tienen un “plan b”… quizá el arquitecto no reúna las cualidades suficientes para esta empresa común; o quizá su empresa no sea común. Porque los ladrillos, las piedras y hasta el cemento han demostrado sobradamente estar bien preparados para aguantar la lluvia, la nieve, el sol y hasta sus mentiras. Pero las estatuas  de porcelana o yeso son frágiles, muy frágiles.

No es una crisis; es un gatillazo: nos están jodiendo por encima de nuestras posibilidades.


Pantalla gigante

Me dicen que ayer el Ayuntamiento de mi ciudad instaló una pantalla gigante para ver un acontecimiento deportivo histórico (todos sabemos cuál, pero intentaré no decirlo explícitamente). Siempre ha habido clases, incluso en el deporte, donde hasta el “rey” es el único que manda. No quiero hacer de esta una entrada “facilona” sobre la omnipresencia del fútbol y dármelas de “listillo”. Lo de ayer fue fantástico deportivamente, el fruto de unos grandes profesionales que hacen bien su trabajo luchando por los colores de nuestro país. Profesionales muy patriotas, eso sí, que luego se llevan el dinero a paraísos fiscales. Puedo apelar pues a que necesitamos una vía de escape para olvidarnos de nuestros problemas diarios y dar rienda suelta a nuestra alegría. Pero a uno no deja de llamarle la atención esta desigualdad no sólo mediática, sino social: todo el mundo me habla sobre Italia, sobre Alemania, sobre Portugal… Y cuando uno se emociona al creer que están intentando mantener una conversación sobre la difícil situación económica actual, el interlocutor sonríe y espeta un “No, hombre: ¡el jusbol!”. Y se acabó. Lo peor de todo, lo que ya este año ha acabado por irritarme, es que cuando dejo claro que no sólo no me interesa el fútbol, sino que ni lo entiendo ni he visto un partido en más de una década, les da igual: siguen hablándome de CR, de Iniesta, del Bosque… Este año incluso me han increpado que aunque no me guste, debería verlo, pues es un acontecimiento histórico. Por esa regla de tres no entiendo por qué los bares no se llenan de tertulias sobre cuál ha sido el último premio nobel, el reciente descubrimiento sobre “la partícula de Dios”, la futura gran exposición conjunta del Prado y el Louvre, los estudios sobre el cambio climático en un exoplaneta o el descubrimiento del cráter más antiguo de nuestro planeta. Entre otras de las miles de cuestiones interesantes e históricas que cada día suceden y que pasan ante nosotros sin prestarles la más mínima atención.
Para mí hoy no hay motivos para celebrar nada. Somos uno de los países más contaminantes de Europa, más racista, más inmovilista, más xenófobo, con más fracaso escolar y más inculto. Que no se me malinterprete: no odio este país; tenemos grandes cualidades, pero de ahí a gritar como energúmenos engreídos “yo soy español, español, español” por la calle hay un trecho. Siempre me inculcaron que el deporte debe servir para ennoblecer a la gente, para enseñar valores como la deportividad, la amistad, la rivalidad sana, la educación y el respeto. Pero escuchando los comentarios que inevitablemente me llegan en mi puesto de trabajo, me da la impresión de que estamos en guerra; en guerra contra todos. “Los demás” son el enemigo: hay que aplastar a los franceses, humillar a los portugueses, destruir a los italianos y acabar con los alemanes. Niños, jóvenes y adultos unidos por la misma sed de venganza, por la misma rabia acumulada, por la misma ira. ¿Esto es deporte?
Mientras, las mismas empresas que hoy regalan camisetas rojas y banderas, las mismas que lucen logotipos en sus latas de refrescos, ofrecen televisores de plasma, coches o comida rápida a precios especiales; los mismos políticos que estos días comercian con los colores y la pasión de este país… son los mismos culpables de los más de cinco millones de parados que inundan nuestras calles. Ellos sí que han ganado esta vez. Y es que mientras nuestros ayuntamientos pongan pantallas gigantes y conviertan nuestros cánticos de lucha en cánticos patrióticos, seguiremos siendo mansos; y ya se sabe: pueblo manso…