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Almáḡra

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Escaleras

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Ostentoso

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La hora azul

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Existe un momento en el ocaso del día que supone un éxtasis para cualquier fotógrafo: dura sólo escasos minutos, pero proporciona una temperatura de color imposible de igualar en cualquier otro momento. Es la “hora azul” o la “hora mágica”: el preciso momento en que la tarde muere para dejar paso a la oscuridad absoluta. No más de quince minutos de sublimes tonos, de luz indirecta que ilumina el cielo gracias a la reflexión de los rayos solares en la atmósfera. Es ideal para paisajes y planos generales. Pero resulta casi orgásmico en determinados escenarios.
Nunca había estado en Salamanca. Este año tuve la oportunidad de patearla durante un día entero. Pero no era suficiente, y quise contemplarla de noche. Y qué mejor lugar que su famosa Plaza Mayor para esperar “la hora azul”. Llegó; y con ella, la iluminación artificial, que equilibró los colores y el contraste entre el cielo y la arquitectura bicentenaria. El resultado fueron varias tomas entre las que destaco esta: el intenso azul del cielo dando la bienvenida a la noche, los balcones dorados y la fachada roja. Quince minutos, sólo quince minutos tuve hasta que el cielo se volvió completamente negro y se acabó la magia de la “hora azul”.

Pero Salamanca siguió derrochando su propia luz. Y volveremos.


San Carlos del Valle

El viajero que camina con los ojos abiertos nunca dejará de sorprenderse. Y así, tras descubrir villas y ciudades magnificadas y soberbias, llega al sureste de la provincia de Ciudad Real, en pleno Campo de Montiel, y atraviesa viejas carreteras cuyo asfalto podría catalogarse como monumento histórico. Es la única manera de llegar a lugares adonde nadie iría, si no fuera atraído por las maravillas que le han contado otros viajeros que, como él, se aventuraron por tierras infinitas y secas. Y, de una u otra manera, nunca se defrauda.

Llegando al pequeño pueblo de San Carlos del Valle, la extraña, original y característica silueta de su iglesia se recorta en el cielo y crea una inédita sensación, como si esa construcción estuviera fuera de lugar, fuera de espacio, fuera de tiempo. La Plaza Roja rusa queda demasiado lejos, piensa el viajero, hasta que entra en las solitarias calles de San Carlos del Valle y descubre que está ante uno de los mejores exponentes del barroco final de la provincia: la Iglesia del Cristo del Valle. Este “Bien de interés cultural” con categoría de “Monumento” (1993) preside una de las plazas más hermosas de toda Castilla-La Mancha.

Rodeado de otras ilustres villas, como Manzanares, Valdepeñas, Villanueva de los Infantes o Villahermosa, San Carlos del Valle suele pasar desapercibida en las guías turísticas. No tiene grandes accesos ni ofrece las posibilidades de ocio propias de una ciudad. Pero sus mil doscientos habitantes a buen seguro se saben orgullosos de su pequeño pero importante patrimonio arquitectónico. El constante flujo de peregrinos para rogar al Cristo del Valle animaron a la Corona a construir, en el Siglo XVI, una ermita levantada sobre la antigua de Santa Elena, para darles cobijo. Es la versión oficial, pero más de una fuente cree que la intención verdadera era crear una construcción emblemática para la Corona Española, para demostrar su poderío. Sería una de las explicaciones para justificar la abundante presencia de símbolos cultos y paganos (o populares) mezclados en la decoración de la nueva iglesia, como las cuatro figuras grotescas que sorprenden al observador, custodiando las cuatro esquinas de la cúpula, debajo de las cuatro torres (abajo a la derecha, una de ellas).

Para cuando la obra de la nueva iglesia hubo finalizado (durante el reinado de Felipe V), la población estable aumentó tanto que se precisó una reordenación del casco urbano. Pablo de Olavide la realizó ya durante el mandato de Carlos III, dando forma a un plano rectangular u ortogonal que hoy rige las calles de la pequeña población. Y es que Carlos III quiso repoblar la zona con campesinos, y el trazado rectilíneo de los caminos de los campos de labranza dio origen al trazado de sus calles, con dos partes diferenciadas atravesadas por la calle principal (hoy carretera CR-644). Esta reordenación asumió el fuerte papel del atrio de la iglesia, adosada a ésta, que se convirtió en la Plaza Mayor de la localidad, y constituye una de las más hermosas y pintorescas de toda la comunidad, sin nada que envidiar a otras famosas como Villanueva de los Infantes o Almagro.

Las plazas mayores manchegas tienen su propia personalidad: no son grandes monumentos soberbios, sobrios o impresionantes en sí mismos; son pequeños lugares donde la población se reúne día a día, dándole vida y asumiendo otros papeles populares de vez en cuando, como corrales de comedias, plazas de toros, mercados y demás atractivos ociosos y funcionales. La arquitectura popular de La Mancha tiende a usar maderas y piedras de forma hábil y decorativa al mismo tiempo, algo que quizá en aquélla época no parecía reseñable, pero cuya conservación hoy en día supone el último reducto de una arquitectura ya en desuso, que alegra la vista de los paseantes y supone un gozo en su contemplación.

La Plaza Mayor de San Carlos del Valle sorprende por su excelente conservación, su estructura de columnas toscanas sosteniendo galerías de dinteles, zapas y balaustres de madera. Al fondo de la plaza, presidiéndola, el Ayuntamiento, diferente al resto de la plaza (ver fotografía superior), con balcón corrido voladizo sobre ménsulas de madera.

No es población de paso; las carreteras principales ni siquiera están cerca. Si alguien va a San Carlos del Valle lo hace convencido. Quizá por eso no existe sobreexplotación, ni turística ni urbanística, y por eso aún se conserva el aroma a historia, a pueblo anclado en sus propias tradiciones, y los tractores, los perros despreocupados y algún que otro vecino solitario son los únicos personajes que nos encontramos. La visita es sencilla, pequeña pero enriquecedora; como el propio San Carlos del Valle, que dejamos atrás rumbo a nuestro próximo destino. Por el retrovisor se va desdibujando la silueta de la Iglesia del Cristo del Valle, estampada contra un cielo gris invernal del que empiezan a descolgarse las primeras gotas.

Localización en Google Maps 

[Texto y fotografías: La Retina de Cristal]
[Información para la elaboración de los textos: folletos editados por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Información aportada por la oficina de turismo de Manzanares. Web oficial “Turismo Castilla-La Mancha”. SIGPAC.]


Que hable vuestro perro

Quien se pasa por mi casa estos días suele sorprenderse al encontrar adornos navideños, al tratarse del hogar de un ateo. Y, a parte de algunas reliquias familiares cargadas de cariño de mi cónyuge, la mayoría de los adornos están desprovistos de mensajes religiosos. Porque uno respeta profundamente la manera personal de cada uno a la hora de celebrar la Navidad, y para mí sigue siendo esa fiesta familiar sin connotación cristiana. He montado muchos belenes tradicionales en casa, con mi familia, y aun así nunca hemos rezado. Contradictorio, lo sé. Pero es que no era la ilusión por los regalos ni la tradición cristiana lo que celebrábamos… Lo que me encantaba de aquellos días de mi infancia era que toda la familia nos reuníamos bajo el mismo techo y pasábamos las navidades enteras juntos: mis abuelos, mis padres, mi hermano, mis tíos, mi prima, el perro de la familia… Todos viviendo las navidades en nuestra casa familiar de campo. Eso sí que era mágico: levantarse por las mañanas para desayunar junto a la chimenea, mientras fuera soplaba el viento arropando la laguna con niebla matutina; preparar rosquillas con mi abuela en la cocina, amasando y horneando toda la tarde sin parar; ir al bosque de pinos a recoger piñas para luego adornar centros de mesa; jugar al mediodía por el cerro junto al perro de la familia, viendo el tranquilo y solitario paisaje de lagunas y cascadas mudas; cenar todos juntos en la mesa grande del comedor, hablando y riendo toda la noche, con el resplandor de las luces de colores parpadeando. Había adornos cristianos; había nieve artificial, árbol de navidad, villancicos tradicionales, que cantábamos los más pequeños al calor de la chimenea, mientras mi padre tocaba la guitarra… Y luego, por la noche, todo se silenciaba; la casa enmudecía y sólo se escuchaba el crepitar de las ascuas de la estufa de leña del pasillo, cuyo resplandor anaranjado teñía las blancas paredes y parte de mi habitación, hasta que el sueño me vencía, esperando con toda la ilusión del mundo que volviera a amanecer para, temprano, que “Coqui” saltara sobre mi cama para despertarme y volver a empezar otro día de juegos y risas.

Todo eso tenía lugar en navidades. Unas navidades preparadas con el amor y el cariño de toda mi familia, la mayoría atea. ¿Cómo no voy a celebrarla? No voy a renegar de estos días de ilusión, porque creo que lo importante es que cada uno los viva a su manera, y así siempre podemos encontrar algo positivo. Quedarse sólo con los adornos o las luces que decoran un hogar es erróneo: cuando uno habla o conversa sin prejuicios con los habitantes descubre que cada uno, cada familia, tiene sus tradiciones, su forma de vivir esta época, y a menudo comprendemos que todas tienen algo positivo, sea cristiano o no.

Por eso, mi deseo para estas navidades es que hable vuestro perro:


Hoy es el recuerdo de mañana

De pequeños llegábamos a Madrid en tren, y ya desde ese primer momento todo era mágico: la estación de Atocha, como una inmensa boca que se traga al viajero, daba la bienvenida a nuestros entonces ojos de niños con una grandiosidad agigantada por nuestras pequeñas existencias en modestos núcleos urbanos no demasiado habitados. Y los ojos se nos llenaban de los colores de la capital; los oídos, de las melodías de los villancicos de los escaparates; las fosas nasales, del extraño aroma de Madrid, mezcla de contaminación, castañas asadas y el perfume de las tiendas más prestigiosas de Preciados. Pero era en la Plaza Mayor donde todo cobraba un significado mágico: los puestos cochambrosos se llenaban de belenes, luces no demasiado sofisticadas, muñecos de trapo, juguetes de plástico y demás sorpresas inesperadas para nuestras almas rurales. Ese lugar era mágico. Sin duda.
Hoy vuelvo a la Plaza Mayor y puedo respirar el mismo ambiente, a pesar de todo, a pesar de la crisis, de las malas noticias, de mis problemas, de mis años acumulados en la nuca… Son mis mismos ojos y la misma plaza. Pero demasiados años después. Y justo cuando creo despertar y darme cuenta de que realmente nada es lo mismo, la cara iluminada de un infante pasmado, con la boca abierta y los ojos brillantes, señalando a su madre una inmensa noria de mil destellos, me hace pensar que hoy es el recuerdo que tendrá mañana. Hoy es su infancia, la que relatará a sus hijos, a sus nietos… Y si es así, si hoy es el recuerdo mágico de un niño, no puede ser tan malo. ¿Verdad?