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[MIL PALABRAS] Desnudos

Es curioso que cuando uno comete un error tratando de hablar en inglés, por ejemplo, se le remarca ese fallo casi como hubiera cometido un homicidio con premeditación y alevosía. Igualmente ocurre cuando uno yerra en geografía, en una fórmula matemática o en algún hecho histórico (fechas, reyes, guerras…). Todo el mundo, afortunadamente, comparte sus conocimientos profesionales o aficionados, en las áreas que cada uno respectivamente domina: arquitectura, arqueología, urbanismo, medicina… Pero cuando uno, con la mejor intención del mundo, intenta hacerle ver a su interlocutor (siempre que haya confianza) su incorrecto uso del español, por pura e inocente voluntad de compartir conocimientos, poco menos se le suele tachar de repelente. La misma perplejidad tuvo que percibir Álex Grijelmo, pues escribió en su imprescindible “Defensa apasionada del idioma español” (“Punto de Lectura”): “Quienes hacen gala de un uso eficaz del idioma se ven a menudo descalificados como cursis o sabihondos. Se les critica por sus virtudes.” Lo escribió hace casi veinte años, y el asunto no sólo no ha mejorado, sino que se ha agravado.
Es de común conocimiento que censurar el habla de alguien, por muy mal que lo haga, es sinónimo de mala educación. No podemos ir corrigiendo a las personas con las que no tenemos confianza. Pero, en una actualidad en la que se incide reiteradamente en que hay que formarse y prepararse al máximo nivel, la lengua queda al margen de dichas recomendaciones por algún misterioso motivo. Y eso que es habitual que alguien nos ilustre con lecciones interesantes sobre el campo que conoce en profundidad: historiadores que comparten algún acontecimiento para que comprendamos mejor nuestro presente; biólogos que explican el funcionamiento de nuestro cuerpo para sacarnos de un error; nutricionistas que desmitifican creencias falsas… Pero ¡ay de alguien censure el mal uso de una palabra o explique cuándo es necesaria una tilde! Eso es de mal gusto, e incluso se le discute severamente la aseveración, aun sin haberse documentado. Y eso, dice Grijelmo, a pesar de que uno ni siquiera pretenda alcanzar niveles elitistas, sino de humilde conversador que intenta mantener una charla distendida pero, al mismo tiempo, enriquecedora: “Cualquier aficionado al tenis desea golpear la bola con estilo y quedar bien ante los espectadores del barrio (…). Las modas sociales (…) incitan al culto de todas las apariencias: la ropa, la casa, la decoración… Excepto de la apariencia que mana de lo más profundo de nuestro intelecto: el idioma.” Y es que parece que el esfuerzo está bien visto en cualquier ámbito, excepto en el habla o en la escritura. Y no sólo eso: uno ha de tener respeto por la experiencia y los conocimientos de todos los profesionales que le rodean; pero al lingüista, o simplemente al que muestra amor por algo tan bello como es nuestro idioma, se le tacha de pedante. Se menosprecian sus conocimientos, como si los suyos no tuvieran importancia o fueran absurdos, fatuos, inútiles, incluso objeto de mofas y burlas.
No se trata de ser sosos o rancios. Todo idioma deja margen para que cada uno pueda demostrar su personalidad, tanto en el habla como en la escritura. Hay mil maneras de construirnos nuestro propio estilo con palabras. Podemos perfectamente ser originales y expresivos sin recurrir a errores o imprecisiones. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la decoración o con la moda textil. Y como con la ropa, hay ciertas tendencias que no son elegantes y resultan desastrosas: ponerse chanclas con un traje es patético. Ajustarse un vestido con zapatillas deportivas arruina el conjunto. Pero con el español ocurre algo curioso: es como si cada uno sintiera libertad para vestirse con su propia moda, con sus propias reglas, como quien cambia de camisa o pantalones, sin tener que atenerse a ningún patrón ni norma, sin mostrar respeto por el profesional que ha dedicado horas a estudiar y aprender. Somos así de creativos y orgullosos. Auténticos adalides de nuestra propia forma de hablar y escribir, libres de cambiar o romper cuanto nos guste o disguste. Sin ser conscientes de que, en esta curiosa moda de las palabras, de ser el más independiente, el más creativo, el más rompedor, el más innovador… también se corre el riesgo de ser hortera, cutre, desentonado, estridente, chabacano o vulgar. Y lo peor de todo: también hay quien se cree originalmente vestido estando verdaderamente desnudo.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de “La Retina de Cristal”. 

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[MIL PALABRAS] No somos tan modernos

Últimamente los publicistas se han dado cuenta de que las abreviaturas en los anuncios e incluso en los envases venden; y si incluyen emoticonos, más. Dan una imagen desenfada, informal, moderna, continuando la tendencia de los más jóvenes de usarlas en sus comunicaciones personales con sus amigos. Una jocosa crítica a esta moda contestaba así a un mensaje corto de texto (SMS): “Compro la letra ‘a’ y resuelvo”. Me hizo gracia, lo confieso. No son pocas las voces que se han alzado en contra de esta forma de comunicarse, alegando que supone un riesgo serio para nuestro idioma, nuestra forma de expresión y comunicación, e incluso perjudicará a los más jóvenes a la hora de leer un libro, escribir correctamente y aprender ortografía, con más que previsibles resultados académicos desastrosos. Pero ¿y si resulta que esa “moda” lleva instalada en nuestro lenguaje desde hace siglos? Quizá no seamos tan modernos ni innovadores como queremos creernos.
Hace unos meses me hice con un objeto que me llamó poderosamente la atención en una subasta: una carta enviada desde Aranjuez a quién sabe qué destinatario en 1798. Aquella caligrafía cuidada, esmerada, esbelta, estética y elegante me cautivó casi tanto como su contenido. Aun sin poder apreciarlo correctamente en las fotografías del anuncio, parecía tratarse de alguna misiva relacionada nada más y nada menos que con la Corte española. Cuando me llegó la ansiada carta bicentenaria y la desplegué, no entendía ni la mitad de su contenido. Parecían faltar letras, sílabas enteras. Y, en su lugar, algunos caracteres se descolgaban; otros, se elevaban. Una serie de superíndices y subíndices de lo más extraña. ¿Estaba todo en clave? En absoluto. Presto a conocer el contenido exacto de aquella carta, empecé a investigar cómo eran las misivas de la época. Me llevé una enrome sorpresa cuando varias fuentes me indicaron que en aquella época era normal abreviar las palabras con toda clase de signos, incluso en las comunicaciones cultas, como parecía ser el caso, donde hablaban de generales, infantas, reyes… Encontré una especie de diccionario donde se recogían y explicaban las abreviaturas más comunes. Así, General pasaba a ser Gen.l; Amigo, Amº; Vuestra merced, Vm.; porque, p.r q.e: para, p.a: Infanta, Inf.ª; por, p.r: Corte, C; y verdadero, verd.o. De repente, como si hubiera descifrado un código mágico, toda la carta recobró su significado, tan sugerente e interesante que alimentó mi imaginación con otra época lejana, pero extrañamente unida a la actual en la necesidad de abreviar el lenguaje en las comunicaciones. Lo siento, publicistas: no somos tan modernos.
Las abreviaturas como tales surgieron en el medievo y se extendieron no sin revuelo (Felipe el Hermoso tuvo que regularlas en los documentos oficiales en Francia por su abuso). Luego llegó el telegrama, que escandalizó a los lingüistas. Salvador Gutiérrez Ordóñez (Académico y Catedrático de Lingüística en la Universidad de León) recuerda: «La gente se llevaba las manos a la cabeza con el telegrama y se decía: ‘¿Adónde vamos a parar? ¡Esto va a estropear el idioma!’». Sin embargo, han pasado los años, las décadas, y hemos de reconocer que el español formal no ha sufrido una especial invasión de abreviaturas (curiosamente sí de extranjerismos), y que usarlas no es ni tan moderno ni tan peligroso. La clave, una vez más, no está en evitar algo a toda costa, sino saber cuándo ha lugar. Porque nadie se pondría a contar chistes en un velatorio ni vestiría de etiqueta en un partido de fútbol, en la playa, etc. Perdón: etcétera.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 


La ética no está reñida con la ortografía

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Es una pena que una frase interesante quede eclipsada por semejante falta ortográfica. Hay quien tiene algo interesante que decir, pero ya sea por prisas, por despiste, por falta de atención o por pura ignorancia lo expresa incorrectamente. Y entonces el interés suscitado ante una idea llega a dañar los ojos. Porque sin duda muchas crisis tienen más de ética que de economía. Pero habrá (y no “habrán”) crisis hasta que lo entendamos. Algo parecido le pasó al músico Carlos Goñi cuando en su genial disco “Sur” cantó: “Sé que ya no ‘habrán’ más mañanas.” Es el mismo error: confundir el sustantivo pospuesto al verbo ‘haber’ como si fuese el sujeto, cuando en realidad estamos ante una frase impersonal (“Habrá mañanas” se convertiría en “Las habrá”). Escribir el verbo ‘haber’ en tercera persona del plural es un fallo bastante evidente, pues estas frases carecen de sujeto (crisis y mañanas son complementos directos), por lo que la concordancia en plural no afecta al verbo ‘haber’. Así pues, tuvo que escribirse: “Habrá crisis hasta que haya ética” y “Sé que ya no habrá más mañanas”. Ni ‘crisis’ ni ‘mañana’ son sujetos de sus respectivas frases, pero sí son protagonistas del presente de nuestra sociedad, que busca reglas en el mercado más justas, igualitarias, solidarias y sociales. Y, mientras buscamos esas alternativas, habrá faltas de ortografía hasta que entendamos la importancia de cuidar nuestro lenguaje, que es con el que expresamos nuestras protestas, propuestas y soluciones.


[MIL PALABRAS] Campañas y vilipendios

Me hace mucha gracia ese texto que circula por internet que asegura abogar por una campaña para mejorar la ortografía, y nos explica las diferencias entre haber y a ver, o entre iba e IVA, o entre haya y halla. Me hace gracia cómo se comparte como si fuera la panacea a la pésima situación actual que sufre nuestra malograda ortografía. Me hace gracia porque se trata de un texto lleno de errores gramaticales, donde se usa pésimamente la puntuación e incluso se emplea una palabra (click) que no existe en nuestro diccionario (sí aparece clic). ¡Qué contradicción para una campaña por una mejor ortografía!
Una buena campaña por una mejor ortografía no es compartir un texto que sólo aspira a saciar a ególatras, sino leer libros y quitarnos de encima la soberbia que nos impide acudir al diccionario. Lo peor de todo no es que uno pueda cometer algún error gramatical, que es normal, sino que se vean a diario en los más serios y profesionales medios de comunicación, fruto del trabajo de universitarios ciertamente bien preparados pero, por lo visto, con muy poco respeto por su propio oficio, tan bonito y a la vez tan vilipendiado. Muchos de ellos intentan mejorar, aprender, corregir y avanzar. ¡Bravo por ellos! Pero otros, sencillamente, parece que se empeñan en negar al diccionario, e inventan su propio lenguaje como si tuvieran autoridad para ello. Como muchos expertos ya se atreven a enunciar, rompiendo un tabú que hasta ahora parecía férreo, estudiar un oficio no implica estar preparado para ejercerlo. El talento y la motivación no se compran en las aulas.
Una buena campaña por una mejor ortografía es pensar, cuando nos encontremos con cierto término del que dudemos, si somos capaces de definirlo con nuestras propias palabras. Si no es así, lo mejor es acudir a la RAE. Quizá nos llevemos una sorpresa. Esa sí es una buena campaña por una buena ortografía. Lo demás es pedantería. Que, por cierto, no es lo mismo que prepotencia. Una pista: http://www.rae.es


Excusa

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Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo.

No puede ser más sencillo. La fotografía es sólo una excusa.