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Amanece

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La conciencia tranquila

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Simetría

 


Sinsentido (2)

Todas las palabras escritas. La tenacidad de mis errores guarecidos. El segundero que no se detiene. Las películas en la estantería. El periódico y el café de la mañana temprano. Las canciones cantadas sin público ni ropa en mi bañera. Los tropiezos en el mismo escalón. Prepararme la cena sin receta. Los hijos de papel que no llegaron.  El naranja de este indómito atardecer sureño. Tu fe en mi. La errónea ortografía de mi cuerpo. “Verspertine” y “Dark Side of the Moon”. Spa-Francorchamps y Monza. Cicely y Roslyn. La confianza que por error entregué. Las campanas tubulares que nunca tañí. Mi amor por la gramática cada vez que escribo algo. Los cursos a medias. La leche entera. Mi sobrevalorada amistad. Los ríos que me enseñaron a nadar. La vida en la que aprendí a naufragar. La sangre que corre por mis venas sin destino ni motivo. Esta entrada. Todas las salidas cerradas.

Todo forma parte del mismo sinsentido que se oculta debajo de mi almohada. Y que poco a poco va abriendo los ojos.

[All in all it’s just another brick in the wall]


Descomponiendo trazos

Sé que voy a perder antes de haber jugado.
Mi destino es ocultarme cada noche en tu regazo.
Más que componer relatos, descompongo en trazos
lo que dije ayer, lo que he soñado.

Miro alrededor, con mis ojos de bicho raro,
que sin condena, cárcel ni perdón se siente ya apresado.
Y calmar mi desazón con lo único que queda claro:
Qué fácil es rimar mi boca con tus labios.

Nadie nunca podrá entender estos ojos llorados.
Nunca nadie podrá leer esta mirada perdida.
No hay presente, mañana ni pasado.
Siempre es el mismo día que al oído me grita.

Seré el puntal de tu risa cuando a plomo caiga.
Pero es la sombra de su tristeza, no te engaño,
La que hunde mis cimientos y parte el forjado
de mis costillas, de mi alegría, de mi sangrante herida.

No sé si volveré a esta ciudad maldita.
Donde las negras sombras confunden árboles
con el perfil de rascacielos asonantes.
Siempre supe que lo que ven mis ojos es mentira.

Llevo seiscientas noches sin dormir.
Me quedan seiscientos días sin vivir.
Y guardo seiscientos sueños por cumplir.

Juego en tu regazo los trazos de lo que he soñado. 
Raro es estar apresado en el claro de tus labios. 
Llorados mis ojos, perdida mi mirada, el pasado me grita. 
Que caiga el engaño del forjado de mi sangrante herida. 
La ciudad maldita de los árboles asonantes es mentira. 
Dormir, vivir y sueños cumplir me cuesta seiscientos días. 


Atardecer apagado

Esta vez me pillo los dedos.
Esta vez me muerdo los labios.
Esta vez me trago el silencio.
Esta vez me quedo a tu lado.

Esta vez me mata la pena.
Esta vez ni tanto ni calvo.
Esta vez no importa mi condena.
Esta vez te sigo esperando.


Imagen fantasma

El romper de las olas contra la solitaria playa competía en intensidad con la fuerza del viento del Atlántico. Cada atisbo de realidad parecía querer desaparecer con cada brillo del horizonte, como una fuente de oro, derramando litros y litros de luz. La tarde era tan clara que se veía al ocaso llover literalmente sobre el mar. Todo se antojaba tan mágico que estaba claro que en cualquier momento me iba a despertar. Y justo entonces las nubes comenzaron a llegar para llenar un lienzo azul que fue difuminándose poco a poco con blancos y grises, casi tan lentamente como el sol dejándose caer, con nubes errantes que de su caminar me hipnoticé. E hipnotizado me olvidé del tiempo que pasé esperando en la orilla, escuchando viento y marea, respirando la calima y el aroma a salitre. Recibí el golpe de la realidad brillante, fruto de una imaginación tan rica que fue capaz de inventarlo todo, olas, playa y Atlántico, pues tan sólo estoy solo en mi cueva de grises paredes carcomida por la humedad del aire viciado que revienta mis pulmones.

Pero, sin saber cómo, al apretar el disparador en plena oscuridad, apareció esta imagen.