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Las noches susurrantes

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El peor ciego no es el que no quiere ver

Suena mi viejo piano de pared. Suena mi viejo corazón que toca techo. Suenan a la vez, y a la vez que suenan salen estrellas en el fondo del espejo. Cada punto de luz que brilla, cada viaje por el cielo, cada lágrima de luz que tiñe nuestros sueños. (Nunca) es demasiado tarde para aprender; (nunca) es demasiado pronto para morir. Y sigo caminando sin destino ni sentido. Suena mi vieja guitarra sin cuerdas. Creo que están oxidadas en el cajón. Anoche olvidé sacar la basura. Y ha cobrado vida. Y se sienta frente a mí. Y cree que es hora de sacarme a la calle. Y pienso quién tiene razón de los dos.
Suena mi viejo acordeón sin aire en sus pulmones llenos de agujeros. Suena el silencio en la casa vacía de sonidos, pero llena de aire. Y mientras todo suena me asomo a la ventana. La ciudad ya duerme, todo está en calma. Pego la frente al frío cristal y mi vaho empaña la realidad. Suena el reloj de pared, sin agujas ni péndulo, y sé que es hora de irse a dormir. Pero baja una estrella por la calle desierta, dejando su estela sobre el asfalto… Y comprendo que el peor ciego no es el que no quiere mirar, sino el que no deja ver a los demás.

Cierro la persiana y, para el mundo, ya he dejado de existir.


Hoy no es mi cumpleaños

Por muy desconfiados que seamos, hay algo que creemos desde que tenemos uso de razón: el día de nuestro nacimiento. La mayor verdad que jamás nos dirán nunca. Una verdad que nos perseguirá el resto de nuestra vida, marcando los hechos más fundamentales en nuestro caminar: la inscripción en el cole, el fin de la escolarización obligatoria, la mayoría de edad y todas sus consecuencias, el paso de las décadas y sus respectivas crisis, la jubilación (esto último no está muy claro en estos días)…
Cuando uno va creciendo y va dejando atrás la adolescencia y, poco a poco, también la juventud, el paso de los días parece tan vertiginoso que al mirar por el retrovisor se ven unas manchas de luces atravesar el viento a toda velocidad, imparables. Y entonces nos damos cuenta de que estamos inmersos, sin opción a desertar, en la única carrera cuya meta nadie quiere alcanzar; o, si acaso, lo más tarde posible. Luces de neón, luces de colores, luces como estelas que antes enganchábamos y que ahora vemos pasar casi sin poder tocar… ¿Nos hacemos mayores o maduros?
Pero pensad un momento que hubo un error: no nacisteis el día que marca vuestro carné. Algo pasó, no importa qué. ¿Qué sentido tiene padecer la crisis de los 30 si en realidad tenemos 25? ¿Qué marca en realidad nuestra edad: las patas de gallo o nuestra propia energía? Hay jóvenes de 70 y viejos de 20. Sólo hay que elegir qué edad queremos tener y si nos sentimos a gusto en ella. Y todo esto viene a cuento porque hoy, precisamente hoy, no es mi cumpleaños. Al menos, eso me han dicho. Felicidades, Alicia.