Entradas etiquetadas como “molinos de viento

Tus gigantes

HEC_0064 (Copy)

El viaje era ameno. La cámara, entre las manos. Quizá algún detalle se pudiera rescatar de un camino más que conocido, pero no por ello menos estimulante. Cristales por todas partes: en los espejos de la réflex, en su objetivo Sigma, en las ventanas del coche, en sus retrovisores… Lo vemos todo a través de cristales. La realidad, filtrada. Se levanta un monte poblado de árboles en cuya cima descansan tres gigantes. Sus brazos, tendidos, girando, bailando. El coche, veloz, atravesando la autovía. Una velocidad rápida de obturador para intentar congelar el momento y evitar estelas. Se cuela un poste eléctrico en la parte inferior, y afortunadamente se queda centrado. La suerte también es un factor. El cerro, oscuro, a contraluz, víctima de la escasa luminosidad de una mañana sin sol recién nacida. Tomar una fotografía a más de cien kilómetros por hora y conseguir centrar la composición, sin que dé la sensación de velocidad, es un reto. Y luego, en el revelado, discriminar los elementos para crear protagonistas, oscureciendo lo superfluo y destacando lo importante. Ese cielo enmarañado de blancos, negros y grises es perfecto para resaltar los cuerpos cilíndricos de los molinos de viento. Vemos sus ventanas y sus puertas. Pero no vemos el bosque del cerro, devorado por la negrura de las sombras. Un efecto enfatizado a propósito para llevar la vista del observador hasta lo alto, hasta los molinos, hasta sus aspas, para que cada uno se enfrente a sus demonios, a sus gigantes particulares que sólo existen en la imaginación de cada cual.

Y quizá dentro de alguna de esas diminutas ventanas alguien nos mira a nosotros.

Anuncios

Imagen

¿A quién temen los gigantes?

IMG (Copy)


Reflexión sobre la fidelidad

Todo era casi igual: el viento soplando incesante, en su interminable viaje que nunca tiene destino, que nunca tiene descanso, que nunca tiene sentido; la tierra que pisaba, tan estéril y seca que no dejaba violarse por vegetación alguna; incluso las nubes, después de cuatro décadas, parecían los mismos algodones esponjosos e inmaculadamente blancos, como si fueran un lienzo pintado a mano que quedó fijado por siempre sobre un horizonte tan lejano como su infancia.
Y allí arriba, en el vulnerable sueño de quien tiene los ojos despiertos, comprendió lo que había perdido al ver el paisaje de su niñez intacto, casi primigenio, casi como imaginaba en sus sueños. Comprendió que había sido vencido por el paso de los días, silenciosos, que crearon una montaña a su espalda que pesaba unas mil toneladas. Comprendió que cielo y tierra estaban más cerca en ese pequeño trozo de mundo. Comprendió que los brazos de madera por los que jugaba a trepar unos metros antes de caer al suelo, aprendiendo una de las principales lecciones de la vida sin darse cuenta, seguían ahí, aunque ahora quietos, ahora mudos, ahora muertos.
Y comprendió finalmente que él era quien había incumplido la promesa de ser amigos eternos. Y quizá por eso los molinos quedaron quietos, mudos y muertos. Pero fieles hasta el infierno.


Consuegra, los brazos del viento

Entrecortados en los horizontes manchegos se alzan estos gitantes que una vez temió un maravilloso loco literario y que hoy siguen desafiando al hombre que los creó: los molinos de viento de Consuegra (Toledo) son unos de los mejor conservados de España. Más que adornos, estas máquinas de ingeniería ecológica son hoy estandartes que una vez echaron un pulso al viento, al tiempo y al progreso; y ganaron.

[RECUERDA: PINCHANDO EN CADA FOTO, SE AMPLÍA]

El molino, eje de la industria manchega
“Molino de viento, poco trabajo y mucho dinero.” Con este curioso lema, la industria castellano-manchega pretérita prefirió la fidelidad de un viento fuerte y constante a las siempre traidoras, esporádicas y escasas aguas fluviales. La Mancha no es tierra a la que encomendar el futuro de la región a sus ríos, siempre a expensas de las terribles sequías. Así que el castellano-manchego se dispuso a seguir la tónica europea y lenvantó molinos de viento por doquier. Los pocos cerros y oteros en medio de las llanuras interminables fueron los mejores amplificadores del viento para las aspas de estos gigantes de mampostería encalada. Campo de Criptana, Mota del Cuervo o Alcázar de San Juan cuentan con algunos de los molinos más famosos de España. Y Consuegra, también. Hoy vamos a visitar sus molinos y a pasear por algunas de sus tranquilas calles.

Consuegra abraza con mimo y cariño el Cerro Calderico. La población se desparrama a sus pies y es contemplada por la figura de sus doce molinos de viento, blancos y radiantes, y su castillo del siglo X. Fue aquí, en este cerro, donde tuvo lugar el primer asentamiento íbero en el siglo VI antes de Cristo. Y es que no podía haber mejor lugar estratégico: desde aquí arriba se divisan varias decenas de kilómetros en todas direcciones. La llanura manchega cobra aquí su máxima expresión, y nos sentimos dominadores sobre unas tierras infinitas. O, al menos, privilegiados observadores. Son las mismas vistas que contemplan desde hace siglos los doce molinos de viento que hoy visitamos. Doce supervivientes de los trece originales, que hoy albergan diferentes museos (de vinos, artesanía toledana, fotografías, etc.).

Espectaculares vistas desde el Cerro Calderico

Espectaculares vistas desde el Cerro Calderico

Abajo: el mástil o pértiga de madera servía para girar la parte superior del molino y sus aspas, buscando la mejor dirección y efectividad del viento dominante.

Espectaculares vistas desde el Cerro Calderico

La senda de Gregorio Prieto es sólo un pequeño arañazo en el terreno rugoso e irregular. Pero su nombre tiene mucho peso en la región, y aún más en el mundo de la pintura, pues era él pintor de la generación del 27, nacido en la cercana Valdepeñas. La senda que lleva su nombre es poco accesible y práctica, pero una piedra grabada recuerda el nombre del pintor en unas tierras cuyos molinos inspiraron algunos de sus trabajos.

Bajamos por fin del cerro Calderico para adentrarnos por las las calles de la ciudad. En la plaza del ayuntamiento llama la atención la balconada del edificio de los “corredores”, del siglo XVII. En su interior hallamos ahora el museo provincial arqueológico. La plaza de España, auntiguo foro romano, es el punto de encuentro de la ciudad donde tienen lugar muchas actividades públicas, todo presidido por el ayuntamiento renacentista (levantado en 1670). Llaman la atención la torre del reloj y su arco sobre el paseo peatonal, todo típicamente toledano.

El Amarguillo parece arrastrar su triste nombre por entre las tierras resecas de la comarca. Río triste de triste cauce, a penas visible a su paso por Consuegra, aunque partiendo la población en dos ha obligado la construcción de varios puentes para unir ambos barrios. Hoy es un cauce prácticamente seco, una rambla ancha reconvertida en algunos puntos en jardín, con fuentes más generosas en su cantar acuático, aunque artificial. En la otra orilla, asomado al Amarguillo, se sitúa la Iglesia de San Juan (1567), con la típica estética tradicial de cruz latina con una torre dividida en cuatro cuerpos simétricos, estilo propio del castellano-mudejar. Muy cerca de aquí, en la calle Vertedera Baja, encontramos un escudo de piedra del apellido Cervantes.

Dejamos atrás Consuegra y sus molinos. La llanura vuelve a acogernos para regresar a casa, acompañados por el ruido del viento golpeando el parabrisas. Quizá mirando por el retrovisor nos traicione la vista y creamos ver fornidos brazos donde, en verdad, sólo hay aspas. Pero ¿qué hay de malo en dejarse llevar, aunque sólo sea una vez, por la tan menospreciada imaginación?