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El nuevo Riópar Viejo

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Desde la Edad del Bronce, las tierras de Riópar Viejo (Albacete, Castilla-La Mancha) estuvieron siempre habitadas. Por aquí pasaron los iberos y los romanos, más tarde los visigodos y, después, llegaron los árabes. Pero poco a poco sus habitantes se fueron marchando hacia el valle. Y en 1996 murió su último vecino. El pueblo, colgado en un pequeñísimo otero a 1150 metros de altitud, murió. Sus calles se vaciaron. Y ahí podría haber acabado la historia de este peculiar enclave, con su iglesia cristiana con elementos islámicos, su castillo árabe, sus fuentes de agua cristalina despeñándose por los riscos, sus impresionantes vistas sobre las sierras de Alcazar y Segura. Pero no fue así: en 1999 los vecinos decidieron regresar a aquellas calles que les vieron crecer para recuperar las construcciones y darles funcionalidad: las viviendas fueron rehabilitadas y gran parte de ellas se convirtieron en casas rurales. La vida regresó a Riópar Viejo de forma sostenible, respetando la arquitectura tradicional, para demostrar que La Mancha es mucho más que una planicie reseca, pueblos de meseta y campos de labranza.
Podría haber puesto cualquier imagen de las espectaculares vistas de las sierras pobladas de densos bosques, donde los picos rascan las nubes, o de la Iglesia de cinco siglos de antigüedad. Pero prefiero rescatar esta modesta ventana, perfecto ejemplo de la arquitectura popular, donde la piedra y la madera conforman un conjunto funcional y fotogénico. La madera transversal superior, como una viga que resiste el peso del tiempo. El banco del suelo, como descansadero de almas que llegan y van, recuerdo de todas las que una vez aquí se sentaron y permitieron que el pasado sea hoy un presente.

Y las piedras del suelo, simbolizando todas las pisadas que todavía quedan por dar.

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Tus gigantes

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El viaje era ameno. La cámara, entre las manos. Quizá algún detalle se pudiera rescatar de un camino más que conocido, pero no por ello menos estimulante. Cristales por todas partes: en los espejos de la réflex, en su objetivo Sigma, en las ventanas del coche, en sus retrovisores… Lo vemos todo a través de cristales. La realidad, filtrada. Se levanta un monte poblado de árboles en cuya cima descansan tres gigantes. Sus brazos, tendidos, girando, bailando. El coche, veloz, atravesando la autovía. Una velocidad rápida de obturador para intentar congelar el momento y evitar estelas. Se cuela un poste eléctrico en la parte inferior, y afortunadamente se queda centrado. La suerte también es un factor. El cerro, oscuro, a contraluz, víctima de la escasa luminosidad de una mañana sin sol recién nacida. Tomar una fotografía a más de cien kilómetros por hora y conseguir centrar la composición, sin que dé la sensación de velocidad, es un reto. Y luego, en el revelado, discriminar los elementos para crear protagonistas, oscureciendo lo superfluo y destacando lo importante. Ese cielo enmarañado de blancos, negros y grises es perfecto para resaltar los cuerpos cilíndricos de los molinos de viento. Vemos sus ventanas y sus puertas. Pero no vemos el bosque del cerro, devorado por la negrura de las sombras. Un efecto enfatizado a propósito para llevar la vista del observador hasta lo alto, hasta los molinos, hasta sus aspas, para que cada uno se enfrente a sus demonios, a sus gigantes particulares que sólo existen en la imaginación de cada cual.

Y quizá dentro de alguna de esas diminutas ventanas alguien nos mira a nosotros.


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¿A quién temen los gigantes?

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Dónde está Don Quijote

La crisis acecha implacable. La gente busca en los contenedores de basura cuando ayer veía su televisión de plasma sentada en su sofá de Ikea. No hay duda de que es más fácil que nunca caer de clase social. El capitalismo implacable lo posibilita. Pero desgraciadamente algunos “elementos” aprovechan este dramático hecho para acabar con aprendizajes inculcados durante generaciones. “Es que estamos en crisis”; y todo vale. ¿Todo? Porque queremos; porque nos dejamos engañar. Y no debemos olvidar que todo cómplice es igualmente culpable.
Don Quijote de La Mancha era un perturbado. Pero tenía en alta estima la justicia. Luchaba desde la peculiar perspectiva y la peligrosa valentía que dan unos sesos fritos por la locura. Pero sus valores no eran muy diferentes a los que nos inculcaron a los chavales que crecimos en los años 80 (y seguramente a muchas otras generaciones): solidaridad, igualdad, respeto, tolerancia… “Hay que ayudar a los que menos tienen”, “Todos somos iguales”, “Los más necesitados precisan nuestra comprensión”. Es tristemente estremecedor cómo estas palabras y frases hoy están vacías, e incluso sirven de mofa a terceros cuando uno los pronuncia. No sólo están vacías, sino que son despreciadas y ridiculizadas. “Es que estamos en crisis”, y quitamos la ayuda a los más necesitados. “Es que estamos en crisis”, y de repente el extranjero es la causa de todos nuestros males. “Es que estamos en crisis”, y la sanidad pública ya no es tan pública; ni tan solidaria. “Es que estamos en crisis”,  y de repente nos deshumanizamos; mejor dicho: nos deshumanizan. “Es que estamos en crisis”, y se acabaron los argumentos. Resulta que ahora los valores más básicos, esos que nos diferencian del resto del mundo (y de los animales), son los culpables de esta situación. Y somos tan tontos que nos lo creemos. Y ya no somos nunca más Don Quijote.
El sol se oculta en La Mancha. Las inmensas llanuras de tierra y campos de labor se adormecen. El color anaranjado de una día cálido llegando a su fin lo baña todo y nos sumerge en un telón casi irreal. Como si todo fuera un sueño. Pero no lo es. Como viejos fantasmas asoman las siluetas de tres molinos que quizá rondara Don Quijote. Miles de trabajadores se acuestan sin saber qué será de ellos. Es la incertidumbre de la clase media, de la clase trabajadora. Una clase que pese a todo siempre ha sido tradicionalmente solidaria para con quienes tienen incluso menos que ella. Pero nos están engañando, y ya  incluso cuestionamos nuestros propios valores: nos ponen unos contra otros, y mientras nos peleamos ellos siguen ganando; es lo que quieren: desquiciarnos y distraernos; dirigir nuestra rabia contra otras cabezas de turco. Y por eso ya no quedan Don Quijotes que recorran esta estepa. Ya no está de moda defender al más necesitado. No está de moda ser solidario ni tolerante. Nos quedamos en casa viendo nuestra tele de plasma en nuestro sillón de Ikea, pensando sólo en nosotros, en nuestro futuro, porque “es que estamos en crisis”. Tenemos miedo a no llegar a fin de mes, pero tenemos “Spartphones” con Internet incluido, nuestros niños juegan con “tabletas”  o “iphones”, compramos banderas de España para colgarlas en los balcones… Y dormimos tranquilos esperando ser ayudados cuando lo necesitemos, pero sin ayudar a nadie por el camino; y, además, ridiculizando, siempre ridiculizando. Porque en realidad estamos convencidos de que nosotros nunca  necesitaremos a ningún Don Quijote.

Pero los molinos siguen acechando en el anaranjado atardecer cuando dormimos. Un solo golpe y quizá todo vuelva a cambiar.  ¿Quién te va a ayudar entonces? “Es que estamos en crisis”; cierto: en crisis de valores.

(Afortunadamente en realidad sí quedan Don Quijotes; y muchos. Estos son sólo algunos: Médicos sin fronteras, Intermón-Oxfam, WWF, 


Manzanares, cruce de caminos

La Mancha forjó pueblos empedrados, resecos por el implacable sol, peinados por los vientos de la llanura y anclados en el tiempo por sus costumbres y regios edificios. Manzanares es encrucijada de caminos, y lo fue incluso antes de que naciera, cuando las calzadas romanas atravesaban sus tierras y, más tarde, cuando la Mesta lo usaba para el pasto de su ganado. Hoy Manzanares sigue siendo un cruce de caminos importante en la “Llanura manchega” o “Mancha baja”. No nos cansamos de caminar por las tierras y pueblos de La Mancha, y hoy toca detenernos en Manzanares.

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La calidez oculta

   Hay en los pueblos manchegos un “no sé qué que qué sé yo”, como decía un familiar mío. Una sensación de naturalidad y de espontaneidad desprovista de intenciones ocultas. Hoy camino por pueblos de La Mancha, la comarca quijotesca por antonomasia, y huelo el humo de las chimeneas que se resisten a sucumbir al gas natural. El invierno ha llegado con toda su crudeza y no hay ambiente por las estrechas, pequeñas y empedradas calles. Las plazas son preciosas, con balconadas de maderas y edificios con varios siglos de antigüedad, de piedras marrones y naranjas; como el paisaje infinitamente ocre de sus planicies, de sus llanuras, de sus mesas. La Mancha, sus pueblos, sus costumbres… no están hechos para deslumbrar; La Mancha deslumbra de forma sencilla por sus diseños funcionales, por su arquitectura popular, por su forma de ser humilde. Trabajo duro y contacto directo con la tierra.
   Hoy como en un pequeño restaurante de un pueblo perdido del interior. “La perdiz roja” tiene aire tradicional. Y no podría ser de otra manera: sentado en mi mesa veo cómo me tuestan el pan y me asan la carne directamente en la parrilla de la chimenea que nos calienta el cuerpo y la comida al mismo tiempo. Los objetos decorativos no son “atrezzo”; son de verdad, y han sido usados mil veces hasta mostrar signos de agotamiento físico: botijos, lámparas de gas, cajas de latón, escopetas, libros… La camarera, que es también la dueña y la cocinera, no tiene dejes graciosos, ni cuenta chistes, ni habla mucho. Pero noto que su sonrisa es sincera, mirando a los ojos. Es la familiaridad sin hipocresía; la frialdad aparente de quien te recibe sin aspavientos exagerados cargados de falsedad, pero que esconde la calidez de quien te está mimando sin tan siquiera notarlo. Esa familiaridad de quien te prepara la comida como si fuera su propia casa. Y eso hay que saber apreciarlo.

Esta foto es para todos los habitantes de La Mancha, tierra adoptiva a la que siempre me sentí extrañamente unido.