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Un arte sin público

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Estaré a más de cien metros de altura sobre la ciudad alemana de Ulm. Hemos ascendido por unas escaleras interiores de caracol infernales, por donde sólo cabe una persona, apenas también sus pensamientos en la cabeza. Todavía nos quedan algunos metros más de ascenso, por escaleras todavía más infernales, todavía más estrechas, todavía más emocionantes. No hay apenas descansillos, no hay apenas respiros; sólo, un par de pequeños miradores por donde la gente contempla impresionantes vistas no sólo de la ciudad a sus pies, sino de toda la comarca. Y es que estamos en la iglesia más alta del mundo. Podemos admirar un impresionante paisaje de decenas de kilómetros a la redonda. Pero yo me fijo en estas dos esculturas. Y pienso en su autor; en su escultor. En el mimo y dedicación que puso, en su empeño por conseguir tanto detalle para una obra que nadie vería a no ser que se encaramara a la fachada a cien metros de altura. Como estas, otras figuras se asoman por todo el edificio, a diferentes alturas, todas imposibles de alcanzar. Y todas, con admirables detalles y realistas acabados. Pienso, ya en casa, que esas patas musculosas, esas uñas perfectas, esos ojos vivientes… siguen allí, aguantando la lluvia y el sol, sin nadie que los mire, sin nadie que los admire. Y pienso si el arte tiene sentido sin público, igual que estas palabras sin lectores.

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Árbol de sidra

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Elogio del horizonte

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De tal pájaro…

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La cierva de Cerinea

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El caracol

Con casi tres metros de altura, y suspendido del suelo a considerablemente más altura, un caracol parece trepar por las angostas calles del centro de Sevilla. Pero es de metal; y su existencia, artificial: Chiqui Díaz la realizó para la Feria del Libro de 2008, junto con otras esculturas que representaron la exposición “Arte animalista del Mediterráneo”, promovido por la Consejería de Medio Ambiente. Pero de todas ellas, sólo este caracol se indultó. Y ahí sigue, colgado del edificio, como cuelgan o colgaron en su día otras esculturas con la misma temática en ciudades como Alcázar de San Juan (Ciudad Real), reivindicando la escultura dinámica, que se pueda mover, tocar, sentir, ver desde diferentes ángulos. Este caracol (al contrario que otras de sus obras) no se mueve; y sólo está al alcance de los vecinos del balcón aledaño. Pero sin duda deja con la boca abierta a quien pasa por esta esquina y alberga un mínimo de curiosidad e imaginación  en su cabeza.

Los demás, pasan de largo.


El poder de la imaginación

Sentado frente a la casa de su padre, un tal Miguel de Cervantes Saavedra, este personaje de bronce a tamaño real parece encandilar al gentío de Alcalá de Henares que quiera pararse a escuchar sus andanzas. Y como buen narrador de historias que no siempre se tienen por qué atener minuciosamente a la realidad, parece disfrutar tanto o más contando sus historias de caballero andante. Es fácil hacer un retrato a una estatua: nunca parpadean, están quietas y su pose siempre es la perfecta. Lo difícil es ambientar la escena acorde con la época del fotografiado. En realidad nada de lo que vemos existía cuando Cervantes aún respiraba: su casa (que vemos al fondo, ahora convertida en museo) fue destruida hace décadas, y lo que hoy vemos no es más que una reconstrucción de mediados del Siglo XX. Fiel, pero reconstrucción. Pero ¿y qué más da si ni el mismo Don Quijote merodeó en realidad por ninguna tierra manchega dispuesto a batirse en duelo con ningún molino de viento? Afortunadamente siempre nos quedará la imaginación. Y ella me hace escuchar las palabras de este extraño personaje, imaginarme su voz y su timbre contando lo que ha visto, lo que ha hecho y deshecho en sus aventuras tierra adentro.

Sin importarme que sus ojos jamás se hayan movido.