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El funámbulo de Schelztorturm

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Aún recuerdo aquel ocaso cuando nos topamos con él. Nosotros tan torpes en tierra; y él, tan grácil en su ingravidez. Caía el sol pero mantenía el equilibrio. Como un funámbulo eterno. Eterno en su equilibrio, en su sencillo empeño por vencer la gravedad, en convertirse en estatua. O en contraluz. Un contraluz al atardecer. Un ocaso atravesado por una flecha, como atravesada está la vieja torre de Schelztorturm, una de las más emblemáticas de Esslingen. Viajan así en el tiempo y en el espacio: la torre, la flecha y el funámbulo. Sólo yo partiré para reencontrarme con mi propio ser, ese que dejé a miles de kilómetros de distancia, que es donde ahora estoy, escribiendo estas torpes palabras sobre aquella tarde, sobre aquel ocaso, sobre aquella flecha, sobre aquella torre atravesada. Y me doy cuenta de que el funámbulo, ese que desafía tiempo y espacio, soy yo.


La fuente mágica

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La mágica fuente despertó. Atravesada por el sol, el agua bailaba al compás de la música. Inventada coreografía de improvisados pasos. Un, dos, tres, un, dos, tres. El empeño del hombre por embellecer lo mundano, por humanizar la deshumanizada ciudad. Contraluces líquidos. Inestables cuerpos de chorros tambaleantes. Parábolas imperfectas de perfectas imperfecciones. Hipérboles. Geometrías acuosas. Mapas de la fugacidad. Estudios arquitectónicos de la gravidez. Física del instante. Poética de la mortalidad. Deja escapar este momento para dar sentido al siguiente. Todo se descompone paralizado. Por eso aumento la velocidad al máximo y congelo la escena: los chorros se convierten en gotas; los bailes, en quietud. Catedrales de cristales brillantes. La música muere. No tiene sentido una fuente congelada. Como no tiene sentido mi cámara a mi alma anclada. ¿Cómo hablar sin palabras? ¿Cómo sentir con imágenes? ¿Cómo expresarlo todo con la mirada? «¡De mil maneras!», me digo. «¡De mil maneras!» Y me marcho sin dejar de mirar al sol, que me deja ciego y loco, que me ha enseñado una vieja lección.


Pato a contraluz

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Hace poco, en las charlas-coloquio que realizamos en la Sala La Espiral, comentábamos las múltiples posibilidades que brinda una ciudad como Aranjuez a la hora de hacer fotografías. Un servidor expuso cómo el fotógrafo curioso intenta ir más allá de las típicas instantáneas que vemos en las postales y que nos muestran prácticamente siempre las mismas tomas generales del paisaje de Aranjuez, sin muchas pretensiones artísticas. Más allá de esa visión estandarizada de encuadres manidos hay un universo de posibilidades aprovechando la arquitectura, la geometría, las intensas luces, los cambiantes colores, los habitantes y sus costumbres, los animales y su entorno… para hacer tomas diferentes, únicas, personales. Nuestro colega, el Fotógrafo Luis Centurión, hacía referencia a algo que le suele pasar al fotógrafo que se ve obligado a fotografiar siempre los mismos lugares cuando se va a dar un paseo: el hastío a salir con la cámara y no toparse con nuevos estímulos. Pero él mismo nos hacía ver que los estímulos están ahí y que hay que provocarlos, incluso crearlos. Madrugar nos puede dejar regalos como este contraluz en pleno amanecer sobre el Río Tajo a su paso por Aranjuez, en la presa del Palacio. Un buen ejemplo de cómo un lugar visitado y fotografiado hasta la saciedad puede seguir estimulándonos fotográficamente. El color, la luz, el ambiente, los encuadres… nos dan mil posibilidades para ser siempre creativos y originales. Para buscar esa imagen que llame la atención y no se quede en una simple postal marchitada con el tiempo.


Musa

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Parado en el tiempo, sólo un recuerdo. Anclado en la distancia, un error. Perdido en tu mente, un mal sueño. Rogándole a la noche, un perdón. Hierbe en el aire el sabor de tus promesas. Mezclado con mi vida, tu locura. Alquimistas de lo imposible convirtiendo nuestros pies en las raíces de nuestra casa. Llueve sobre nosotros el sabor diez años a tu lado. Nieva sobre la madrugada el calor de tus abrazos. Si no llega la primavera, quiero congelarme pegado a tu cintura. Pero si tenemos que despedirnos, nada mejor que morir de amor dando besos a la Luna. Y cantar una canción sin principio, pero con final:

Era mentira lo que me decían:
el amor viene y va.
Tú me has dispensado medicina
que no se receta en ningún bar.

Tus besos, caramelos;
en mi boca, agua del mar
es como sabe el silencio,
es como escuece tu soledad.

Estoy gritándole a la noche
que no se enfade con la Luna.
En la vida hay mil razones,
en la mía tú eres musa.


Demostración empírica de un boceto autodestruido

Voy cayendo sin control, ladera abajo, rebozando de barro y piedras este cuerpo mortal que se niega a morir. Me dejo vencer por la inmisericorde gravedad. Soy la manzana de la humanidad abollando su piel en caída libre. Soy la prueba empírica que desobedece fórmulas y teoremas. Prácticamente soy una teoría abstracta. Teóricamente soy un cero a la izquierda. Un boceto inacabado que se autodestruye antes de haber nacido. Y caigo, y caigo, y caigo… Y en mi caída precipitada no siento nada. Y en mi caída rodada la Tierra deja de girar. Mido el eje sobre el que doy vueltas. Pero varía a cada giro. Falla la teoría; otra vez. Sólo al chocar contra una gran piedra, que detiene el experimento físico sin premeditación, todo tiene sentido. Tumbado en el suelo, sintiendo en el pecho una gran bomba explotar una y otra vez, recuerdo que no existe la gravedad. Somos bombas que explotan, flotando en medio de un mar negro de estrellas cuya existencia nadie conoce más allá de un año luz de nosotros. Llevamos siglos dudando de su existencia, pero quizá sean “ellos” los que realmente dudan de la nuestra.
Siento la espalda destrozada. Las piernas estiradas, llenas de moratones. Ambos zapatos han salido disparados; estoy descalzo. Los brazos, inertes, abiertos en cruz. Soy una gran cruz tirada en el suelo. No me puedo levantar. El cielo es un techo demasiado alto para pintarlo esta noche. Alcánzame una escalera o tendré que volver a ver cómo se va apagando poco a poco, con su infinita luz negra de estuco brillante. Ladeo la cabeza y me sorprende el sol, como un dios olvidado por una Iglesia demasiado prepotente, yéndose sin hacer ruido, por entre las ramas de un árbol seco que parece saludarme con un corazón resplandeciente. Quizá sea sólo un delirio. Al menos sé que esta tarde no he caído: he ascendido sin darme cuenta. Este boceto tiene que terminar de autodestruirse para poder volver a nacer.

Quizá mañana ya no recuerde nada.