Entradas etiquetadas como “bosque

Incomprendida soledad

HEC_0016 (Copiar)

Como cada vez el otoño se retrasa más, acaba por juntarse con los primeros coletazos del invierno. Así, a las puertas de diciembre, todavía encuentro estampas de hojarascas entre los fríos intensos de un diciembre que da sus primeros aldabonazos. Eso propicia que la luz intensa del otoño, otrora cruda y directa, sea hoy la de un día nublado, difuminado y débil, brindándome unos colores y una iluminación casi irreal que quería aprovechar para hacer una sesión otoñal típica pero diferente, captando un ambiente pictórico. A pesar de ser fin de semana, la lluvia espanta a los turistas, y puedo recrearme a última hora del día en un jardín desierto. Ah, grandiosa soledad, qué incomprendida eres. Quien no te teme es capaz de disfrutar del silencio de tu cuerpo y la belleza de tu presencia. Estos paseos solitarios son tan evocadores e infinitamente inspiradores… Mi cámara lo sabe bien. Vamos recorriendo este paraíso de hojas secas y ausencias paladeando cada rincón. La lluvia se fue hace algunos minutos, pero una bandada de pájaros alza el vuelo estruendosamente, asustada de mi presencia, y al salir pitando de los árboles mueve sus ramas descargando el agua acumulada en ellas. Y entonces vuelve a llover sobre mí, apenas unos segundos, y lo que sorprende no es la caída de esas gotas inesperadas, casi mágicas, sino el ruido que hacen. Un ruido concentrado sólo en un círculo a mi alrededor, de pocos metros, como un corazón delator de una tierra que tiembla. Y cuando gotas, pájaros y ruido se fueron, regresa el silencio, regresa la soledad. Y se percibe de otra manera. Sólo queda mirar por el visor y seguir buscando rincones en este otoño invadido de invierno, invadido de silencio, invadido de secretos.

Secretos que no compartiré, nunca, jamás, con nadie.

Anuncios

Excusa

HEC_0077 (Copiar)

Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo. Sobre todo.

No puede ser más sencillo. La fotografía es sólo una excusa.


Recuerdos genéticos

HEC_0066_01 (Copiar)

Y era por eso que quizá estuviéramos todos equivocados. Todos, tan borregos. Todos, tan sabios. Todos, tan nuestros. Tanto, que caminábamos sin mirar atrás por la senda. La senda del viento. Esa senda que recorrieron nuestros ancestros, tan cansados, muertos y vivos al mismo tiempo, que escupían sus almas rebuznando consuelos perdidos, cuando en la aldea ya sólo quedaban los rescoldos de un fuego dormido, porque nadie se acordó de alimentarlo para que siguiera crepitando, recordándolos que todavía quedaba demasiado tiempo que quemar en las noches más oscuras y frías, y aun menos esperadas y soñadas. Todo era largo. La oscuridad, larga. La incertidumbre, larga. El hambre, larga. Era un deambular continuo esperando la tumba final, sin más alicientes que la duda de poder seguir comiendo, de poder seguir durmiendo, de poder seguir viviendo. Ese silencio eterno. Ese pasar desapercibido para ir sobreviviendo. Inadvertidos. Pero eso fue hace siglos, milenios. Hoy no queda nada de aquello. Ni bagaje ni instintos. Ni genética ni cultura. Todo está ya enterrado. Profundamente. Muy hondo. Para que nuestros genes no lo recuerden. Porque ahora somos nosotros los que recorremos esta senda del viento. Y por eso hacemos todo el ruido que podemos. Gritamos, cantamos, reímos… Que se nos oiga bien. El silencio nos mata. Afán de protagonismo. ¡Ya estamos aquí! Y se acabó la paz. Y era por eso que quizá estuviéramos todos equivocados y seguíamos andando, tanto sin mirar atrás como aun sin mirar hacia dentro. Pero siempre, por supuesto, cargando sangre, piel, vísceras, excrementos y miedos sobre nuestros mismos huesos.


Imagen

Salón de los Reyes Católicos

HEC_0222 (Copy) (2)


Saliendo del túnel

… Poco a poco.


Cuesta arriba

Siempre le había parecido que el mundo estaba al revés, que el camino estaba cuesta arriba. Pero…

¿Y si era él el inclinado?


El árbol caído

Nadie hará leña de este árbol caído; es de carne.