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[MIL PALABRAS] Quien se mueve no sale en la foto

La considerada como la primera fotografía de la historia que se conserva la realizó un ingeniero francés llamado Joseph-Nicéphore Niépce desde una ventana de su granero en Saint Loup de Varennes, en Francia, en 1826. Evidentemente, debido a los medios más que precarios (básicamente era una placa de estaño recubierta de betunes y aceites fotosensibles), el resultado (titulado Point de vue du Gras) fue un triángulo blanco rodeado de formas geométricas, que fue a lo que quedaron reducidos los edificios y los campos circundantes que Joseph veía desde su ventana. Lo que hoy sería un resultado decepcionante fue en aquellos lejanos días un prodigio que revolucionó el arte y la técnica, y precipitó la perfección de una nueva técnica llamada fotográfica, a la que aún le faltaba mucho camino que recorrer tanto en nitidez como en calidad. Para lograr la primera fotografía de la historia, esa extraña mezcla de formas y figuras casi irreconocible, Joseph necesitó una exposición de… ocho horas.
Doce años más tarde, el famoso Louis Daguerre estaba experimentando masivamente su también afamado daguerrotipo, el primer proceso fotográfico propiamente dicho desde la base de los experimentos de Niépe, con resultados mucho más vistosos. Pero seguía precisando de largos tiempos de exposición para que los rayos del sol impregnaran las placas fotosensibles que empleaba, así que eran normales las fotografías de varios minutos de exposición. Un día de 1838, en la céntrica calle parisina del Boulevard du Temple, instaló su cámara en lo alto de un edificio y encuadró el ajetreo diario urbano. Empezó la exposición y la dejó durante aproximadamente siete minutos, para que la luz hiciera su trabajo. Cuando terminó y reveló su daguerrotipo, vio satisfecho aquel paisaje de edificios, casas, aceras, árboles, ventanas… Todo perfectamente nítido. Pero no había nadie por las calles. Ni un viandante. Ni un vecino. Ni un paseante. Nadie, a pesar de que en aquella hora punta París era un hervidero de gente. Daguerre no se sorprendió, porque él lógicamente sabía lo que había pasado.
Y lo que había pasado era que, en las fotografías de larga exposición (es decir, cuando la cámara está tomando una foto durante segundos o minutos), todo objeto que se mueve se difumina hasta desaparecer completamente, tapado por el paisaje estático. Si hoy, cuando nos van a hacer una fotografía, nos piden que nos estemos quietos para no salir “movidos” en exposiciones de un tercio de segundo, en una exposición de varios minutos los objetos móviles simplemente desaparecen. Por eso la calle parisina parece desierta, pues todos los viandantes, los comerciantes, los paseantes y sus posibles mascotas, sus vehículos, incluso los pájaros… Todos estaban moviéndose. Bueno, todos menos uno: si nos fijamos en la parte inferior izquierda de la toma, justo en la esquina de la acera, vemos una figura antropomorfa borrosa. Parece tener una pierna levantada y apoyada en un cajón. Después de investigar, los expertos no albergaron duda alguna: era un hombre (con sombrero) al que un limpiabotas (tapado por un árbol) le estaba lustrando sus zapatos. Sólo él permaneció quieto durante esos minutos. Y, por eso, sólo él salió en la fotografía. De hecho, se considera el primer retrato de un ser humano de la historia. Lo que sirve de perfecto ejemplo al dicho de “quien se mueve no sale en la foto.” Pero ¿qué hay de malo en no salir en la foto? En el siglo XIX y principios del XX, que alguien le hiciera a uno una fotografía podía significar ser un personaje importante (contratar a un fotógrafo y su equipo era todo un acontecimiento) o estar muerto (pronto se desarrolló la fotografía funeraria, la manera que tenían las clases pudientes de quedarse con un recuerdo de sus muertos: fotografiándolos). Pero, en pleno siglo XXI, no tiene ningún mérito.
Fue Alfonso Guerra quien popularizó una famosa expresión cuando intentaba advertir a los posibles disidentes de su partido de la necesidad de “hacer piña”. Si no lo hacían y caían en la tentación de la disidencia, no saldrían en la foto. Es decir: se quedarían fuera. Entonces se empezó a ver a los fotógrafos, sobre todo los de prensa, como escaparates perfectos en los que mostrarse al pueblo como líderes, los jefes del pueblo. Todo el mundo quería salir en la foto, y esa idea se ha extendido hasta hoy, era en la que la publicidad gratuita de las portadas les lleva a hacer lo que sea para llamar la atención y salir en la foto, como besar niños, montar en bicicleta o despachar en una carnicería. Lo que sea por salir en la foto. Pero no se dan cuenta de que hoy lo difícil es no salir en la foto. Ejemplo: camino por mi ciudad, turística hasta la médula, y voy apartándome de encuadres improvisados y tomas furtivas. No quiero ser el anónimo protagonista de imágenes digitales que se perderán en el tiempo vete tú a saber en qué hogar y con qué fines. Como tampoco me hubiera gustado ser protagonista ni haber salido en ciertas fotos: en las Azores, por ejemplo. En África junto a un elefante muerto, por ejemplo. Paseando con un Ferrari descapotable por Valencia, por ejemplo. Dándole a una campana, sonriente, con un logotipo verde de fondo, por ejemplo.
No, definitivamente, eso de estarse quieto para salir en la foto está sobrevalorado.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 

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[MIL PALABRAS] Y la Luna

Cuando todo parece oscuro y el día a día nos aplasta con toda su fuerza, algunos alzamos la mirada al cielo y encontramos, resplandeciente, la Luna. Esa luz blanquecina reconforta en las noches más largas. La compañera de nuestro planeta también lo es de las almas más románticas, esas que encuentran belleza a casi cuatrocientos mil kilómetros de distancia. La ciencia ficción ha situado en ella colonias humanas, pequeñas ciudades y comunidades permanentes. Hoy lo hace la ciencia, a secas. Es prácticamente un proyecto a medio plazo. Prometer la Luna ya no es una mera demostración de amor.
Entrevistan a Pedro Duque, el primer astronauta español. Responde completamente convencido que habrá humanos viviendo allí en relativamente poco tiempo. Era lo esperado. Tarde o temprano sabemos que pasará. Será un hito importante para la Humanidad. Pero el problema llega cuando le piden que profundice sobre el tema: “Haremos tareas como extracción de minerales, utilización de recursos… Habrá una notable explotación de minería. Y si hay rentabilidad económica, se acelerará” [El País Semanal, nº2.016]. Si Pedro tiene razón, ¿verán nuestros bisnietos los monstruosos agujeros de las minas canadienses de Diavik o las rusas de Mirny, las destrozadas tierras áridas alemanas de la mina de Garzweiler o el dantesco panorama de las minas chilenas de Chuquicamata cuando miren a la Luna? ¿Ese es el futuro que le tenemos preparado a nuestro único satélite tras inspirar a artistas y locos a lo largo de siglos? Pedro va más allá y habla de construir centrales nucleares para explotar lo máximo posible todos los recursos y abastecer a La Tierra. Me pregunto si dentro de cien años empezarán a crearse asociaciones ecologistas que protesten contra la sobreexplotación del Mar de la Tranquilidad, la urbanización del Lago de la Felicidad, pidan que no haya vertidos residuales en la Bahía del Amor ni que destruyan el cráter Tycho. Lo pienso. Lo creo. Y tiemblo.
Cuando era pequeño me gustaba rastrear la superficie lunar con el telescopio que me regalaron a los diez años. Era mágico: desde la terraza de mi casa veía esos paisajes desérticos, intactos, vírgenes, bellos, evocadores… Saber que todo eso estaba ahí y que el ser humano era incapaz de alterarlo era una gran lección de humildad y, al mismo tiempo, reactivaba nuestra imaginación. Hoy, ya mayor, me pregunto qué verán nuestros descendientes: ¿minas a cielo abierto, asfalto, centrales nucleares…? Si la Humanidad necesita explotar el satélite de su planeta para subsistir es que definitivamente no sólo ha fracasado como especie, sino que es una auténtica plaga para el universo. Sólo puedo evadirme con música. Esta vez, Rosana canta: “No me pidas que te dé la Luna / porque es la eterna rosa / que regalan los amantes / con el aire de la boca. Y si el amor se nos rompe (…) el mundo amanecería repleto de lunas rotas.” ¿Cuánto tardaremos en romperla? Afortunadamente no estaré para verlo.

[Suerte a los futuros ecologistas lunares. Aquí, en el pasado, todavía hay quien niega el calentamiento global.]


[MIL PALABRAS] Campañas y vilipendios

Me hace mucha gracia ese texto que circula por internet que asegura abogar por una campaña para mejorar la ortografía, y nos explica las diferencias entre haber y a ver, o entre iba e IVA, o entre haya y halla. Me hace gracia cómo se comparte como si fuera la panacea a la pésima situación actual que sufre nuestra malograda ortografía. Me hace gracia porque se trata de un texto lleno de errores gramaticales, donde se usa pésimamente la puntuación e incluso se emplea una palabra (click) que no existe en nuestro diccionario (sí aparece clic). ¡Qué contradicción para una campaña por una mejor ortografía!
Una buena campaña por una mejor ortografía no es compartir un texto que sólo aspira a saciar a ególatras, sino leer libros y quitarnos de encima la soberbia que nos impide acudir al diccionario. Lo peor de todo no es que uno pueda cometer algún error gramatical, que es normal, sino que se vean a diario en los más serios y profesionales medios de comunicación, fruto del trabajo de universitarios ciertamente bien preparados pero, por lo visto, con muy poco respeto por su propio oficio, tan bonito y a la vez tan vilipendiado. Muchos de ellos intentan mejorar, aprender, corregir y avanzar. ¡Bravo por ellos! Pero otros, sencillamente, parece que se empeñan en negar al diccionario, e inventan su propio lenguaje como si tuvieran autoridad para ello. Como muchos expertos ya se atreven a enunciar, rompiendo un tabú que hasta ahora parecía férreo, estudiar un oficio no implica estar preparado para ejercerlo. El talento y la motivación no se compran en las aulas.
Una buena campaña por una mejor ortografía es pensar, cuando nos encontremos con cierto término del que dudemos, si somos capaces de definirlo con nuestras propias palabras. Si no es así, lo mejor es acudir a la RAE. Quizá nos llevemos una sorpresa. Esa sí es una buena campaña por una buena ortografía. Lo demás es pedantería. Que, por cierto, no es lo mismo que prepotencia. Una pista: http://www.rae.es