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Un arte sin público

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Estaré a más de cien metros de altura sobre la ciudad alemana de Ulm. Hemos ascendido por unas escaleras interiores de caracol infernales, por donde sólo cabe una persona, apenas también sus pensamientos en la cabeza. Todavía nos quedan algunos metros más de ascenso, por escaleras todavía más infernales, todavía más estrechas, todavía más emocionantes. No hay apenas descansillos, no hay apenas respiros; sólo, un par de pequeños miradores por donde la gente contempla impresionantes vistas no sólo de la ciudad a sus pies, sino de toda la comarca. Y es que estamos en la iglesia más alta del mundo. Podemos admirar un impresionante paisaje de decenas de kilómetros a la redonda. Pero yo me fijo en estas dos esculturas. Y pienso en su autor; en su escultor. En el mimo y dedicación que puso, en su empeño por conseguir tanto detalle para una obra que nadie vería a no ser que se encaramara a la fachada a cien metros de altura. Como estas, otras figuras se asoman por todo el edificio, a diferentes alturas, todas imposibles de alcanzar. Y todas, con admirables detalles y realistas acabados. Pienso, ya en casa, que esas patas musculosas, esas uñas perfectas, esos ojos vivientes… siguen allí, aguantando la lluvia y el sol, sin nadie que los mire, sin nadie que los admire. Y pienso si el arte tiene sentido sin público, igual que estas palabras sin lectores.

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El funámbulo de Schelztorturm

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Aún recuerdo aquel ocaso cuando nos topamos con él. Nosotros tan torpes en tierra; y él, tan grácil en su ingravidez. Caía el sol pero mantenía el equilibrio. Como un funámbulo eterno. Eterno en su equilibrio, en su sencillo empeño por vencer la gravedad, en convertirse en estatua. O en contraluz. Un contraluz al atardecer. Un ocaso atravesado por una flecha, como atravesada está la vieja torre de Schelztorturm, una de las más emblemáticas de Esslingen. Viajan así en el tiempo y en el espacio: la torre, la flecha y el funámbulo. Sólo yo partiré para reencontrarme con mi propio ser, ese que dejé a miles de kilómetros de distancia, que es donde ahora estoy, escribiendo estas torpes palabras sobre aquella tarde, sobre aquel ocaso, sobre aquella flecha, sobre aquella torre atravesada. Y me doy cuenta de que el funámbulo, ese que desafía tiempo y espacio, soy yo.


Imagen

Getsemani

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De tal pájaro…

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Mesita de madera

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Los días de lluvia no deben impedirnos salir a la calle o al campo a hacer fotografías. Pero si no tenemos ganas de echarnos la cámara al hombro y salir a pasear, en casa también podemos encontrar buenos temas e instantáneas. Ya hemos visto en otras entradas cómo objetos cotidianos cobran una dimensión especial si sabemos jugar con la iluminación, el tiempo de exposición y encuadres originales (Silla de mimbre, La complejidad de lo sencillo). Este es otro ejemplo: una pequeña mesita de te árabe que descansa en el salón de mi casa. Colocada para que la luz natural ilumine una de sus caras y deje a oscuras su aledaña, nos muestra los pequeños y magníficos detalles artesanales de su madera. A través de ciertas ventanitas vemos la pared que hay detrás que, al ser de tonos anaranjados, tenía el tono perfecto para servir de telón de fondo sin resaltar demasiado. Si hubiera sido blanca o de cualquier otro color, habría fastiadiado la toma con un protagonismo cromático indeseado. No fue el caso, y esa tarde pude saciar mi sed fotográfica sin tener ni que calzarme.


Se buscan personajes para llenar escenarios

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En ocasiones uno se encuentra con lugares que le reactivan la mente. Y entonces toma una imagen como esta: simple, de contraste alto y ángulo marcado para reflejar la pequeñez de uno mismo frente a construcciones populares antiquísimas, casi eternas. Los tejados de las casas apiñadas, como cuerpos que se buscan entre sí para darse calor ante las condiciones ambientales gélidas, apenas dejan un resquicio al cielo, cuya figura se convierte en un rayo blanco que atraviesa el pueblo. Y entonces uno quiere llenar ese sugerente escenario de personajes. E intenta escribir sobre una anciana que vivió toda su vida encaramada a ese balcón negro en el que colgaba a partes iguales mudas, penas y supersticiones, todas negras también, por hacer juego y enfatizar su dramatismo. El párroco del pueblo, hombre de mediana edad y recio caminar, pasea por la calle y maldice al leer en el periódico una noticia llegada de la capital, ese “estercolero de perversión desenfrenada”. Un niño que juega al escondite con sus amigos se pierde la merienda por su empeño obsesivo en ganar, que acaba llevándole a la medianoche oculto en el pajar de las afueras, para disgusto de sus padres y medio pueblo, que lo buscan incesantemente hasta hallarlo dormido como un angelito inocente al alba de otro día nublado. El librero de la plaza, anciano de cuerpo y joven de mente, cambia al atardecer las etiquetas de sus libros sabiendo que volverán a pasar otro año más en las mismas estanterías, y que él pasará otro año haciendo malabares con sus facturas, viendo pasearse por su tienda muchos curiosos pero pocos clientes. El cartero echa sobres por debajo de las puertas y miradas furtivas a las mozas por encima de las verjas… Y así, uno a uno, casi sin darme cuenta, desfilan ante mí gentes inventadas que luchan por nacer de mi cabeza. Quiero darles vida a todas, pero todas mueren arrugadas cuando arrugo el papel. Porque persiste letal en mi desastrosa cabeza esa extraña sensación de “esto no es lo suficientemente bueno”. Y es una pena para ellos, mis hijos nonatos, que paradójicamente se mueren por mi maldita indecisión sin haber vivido un sólo día bidimensional en las páginas de mis ensayos. Quizá será sólo cuestión de seguir buscando y asumir de una maldita vez que el fracaso es una posibilidad. Porque el valiente no es quien salta a una piscina, sino quien asume que puede estar vacía.

Pero al menos saltó.


Palabras ajenas: ignorancia

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“El instante que le niegan a escuchar y aprender es el mismo que jamás podría yo perder con él. Ya no contesto, no tengo ganas de explicar que uno se calla cuando se ignora la verdad.”

“Un día y otro”, de Antonio Vega Tallés.
Ilustraciones: Antonio Vega Tallés.
Fotografía de la composición: “La Retina”.