Entradas etiquetadas como “arquitectura

Gaudí

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He visto un edificio enamorado del sol. Va vistiéndose sus luces para esparcir sus colores como perfumes por sus estancias, coqueteando con la vista de seductor, como amante despechado que busca un nuevo amor con el que resarcirse. He visto un ser vivo hecho de piedra, que mira por sus ventanas y habla por sus puertas. Me he sentido tan pequeño, tan nimio, tan insignificante. La osadía de perderme por tus genios. Aquí uno no es nadie. Aquí sólo eres tú. Tan egoísta; acaparas todas las miradas, todos los asombros, todas las envidias. Los demás somos locos, o cuerdos tontos, o viejos torpes… o necios, sólo.

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Palacio de Goyeneche

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Scaenae frons

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Pórtico de la Lavandera

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La idea del Park Güell que Antoni Gaudí contempló cuando inició las obras de este espacio único en 1900 era la ascensión de lo mundanal a lo ascético. Y para ello se sirvió de la orografía de la parte alta de Barcelona, donde imaginó una urbanización de lujo que finalmente fracasó y se reconvirtió en parque público. Un parque público colmado de viaductos, pasadizos y caminos para elevar el espíritu desde la entrada (la parte más baja) hasta el Calvario que lo culmina. Y, siempre, de la forma más bella y original posible. Este llamado pórtico de la Lavandera es uno de los muchos que cubren una distancia total de más de trescientos metros uniendo diversas partes del parque. Usa, como aquellos, un recubrimiento rústico de piedras que tapan el ladrillo más vulgar. Pero llama la atención por su inclinación. En el interior la sensación es extraña, como si las columnas realmente estuvieran rectas y fuera el resto del mundo lo que está inclinado. Es difícil hacerse un hueco entre tanto turista y sacar una imagen limpia. Tampoco quiero tomar la típica imagen con el punto de fuga en el centro. Pero no lo puedo remediar: la fuerza visual es tal que sin darme cuenta ya he hecho la foto. Al menos me encanta la luz de este atardecer, cálida y sosegada, que le da un aire diferente de tantas y tantas tomas repetidas de este rincón del planeta Tierra. Quizá, sin saberlo y con suerte, también nos hemos vuelto un poco más ascetas. Y eso tiene mérito hoy en día.


Las entrañas de la bestia

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Observen esta escalera. Obsérvenla bien. Las manchas del estuco de las pareces y el techo parecen escamas. Formas curvas, nunca rectas. Como la piel de un animal recubriendo sus órganos vitales. Miren la base de la barandilla. Esas placas de madera, todas diferentes. ¿No son las vértebras de un animal? Sí, lo son: una columna vertebral en toda regla. Ustedes no lo pueden comprobar, pero el pasamano se adapta a la perfección a la garra humana e invita a adentrarse en esa boca abierta. Fíjense bien en ese padre acompañando a su hijo. Parecen las presas de la bestia, una extraña bestia que los engulle sin que se den cuenta. ¿Jonás? Quién sabe. El animal está todavía vivo. Y su espíritu, también: Gaudí no ha muerto. Yo también seré engullido. Pero tranquilos: mi cámara me acompaña.


La belleza de lo funcional

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Parece una simple escultura, pero es la salida de una escalera en la azotea de un edificio: la Casa Milá, en Barcelona. Un baile de figuras imposibles, guerreros, fantasmas, figuras retorcidas, setas, cruces volumétricas y demás genialidades fue creado por Gaudí hace más de un siglo. Su objetivo: desterrar la horrenda manía de los arquitectos más vulgares de rematar los más bellos edificios con elementos metálicos, chimeneas anodinas y demás convencionalismos que afeaban los tejados. Para Gaudí, la azotea de un edificio era estéticamente tan importante como su fachada. Y no sólo eso: la funcionalidad imperaba. No se trataba de embellecer sin más: todos los elementos creados eran útiles, e incluso fue pionero en el ahorro energético (recubría las fachadas de sus edificios con un desván que regulaba térmicamente su interior) y el reciclaje (empleaba material de escombreras como elementos decorativos). Todavía hoy se discute sobre la inspiración de las chimeneas, las torres de ventilación y las casetas de las escaleras de sus azoteas. Qué podrían significar estas formas, que parecen caras, rostros y cabezas inquietantes, que miran al asombrado visitante, sin saber que ha caído preso de la arquitectura más sugerente y atractiva.


Luz y color

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