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La montaña suiza

En mitad del Jardín del Príncipe de Aranjuez, Carlos IV mandó levantar un montículo desde cuya cúspide poder observar una parte del propio jardín. Se llamó la Montaña Suiza; más adelante se cambió como “La Montaña Rusa”. Arriba, un cenador invita a la contemplación sosegada. Todo el conjunto acaba de ser rehabilitado. Y podemos volver a disfrutarlo. Disfrútenlo:

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Amanecer en la Plaza Elíptica

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Casa Sole

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“Tu hotel, Casa Sole: Calle del Capitán esquina a la de Primavera. (…) Entran directamente desde la calle a una habitación usada como salón, comedor, cuarto de estar y taller. (…) Por la pequeña ventana de la habitación se ven, cercanos, los grandes plátanos de sombra de la Calle de la Reina, ahora desnudos, y detrás los del jardín del Príncipe.”

“Real Sitio”, de José Luis Sampedro.
Ediciones Destino, 1993.

Un buen amigo me dijo una vez que no le tuviera apego demasiado exagerado a los bienes materiales. Me lo dijo cuando le informé de que habíamos puesto a la venta la casa familiar en la que me crie. “No le tengas apego a lo material. Eso no vale nada”, me dijo. Y tenía razón. El problema, como le expliqué, no era cuestión de abandonar esas paredes, esas habitaciones, esos armarios… El problema era dejar atrás aquellas Navidades familiares, aquellas aventuras vividas de crío, aquellos recuerdos con mis abuelos, aquellas historias contadas junto a la chimenea, las canciones cantadas las noches de luna llena, las estrellas miradas en las terrazas, las risas y llantos escupidos a partes iguales entre esos muros… No es cuestión de materialismo, sino de sentimentalismo. Una casa no es una casa; una casa es lo que contiene o contuvo. Es lo que recordamos de ella. Es lo que nos dejamos en su interior. Los besos, las lágrimas, los abrazos, los juegos que inventamos durante años o décadas. Una casa es todo menos un montón de ladrillos apilados.
Vive el invierno flaco estos días inusitadamente templados. Estorba el abrigo al pasear por la Calle de la Reina. Nos abrazan las últimas hojas de los plátanos; las más rebeldes, las más vigorosas. Pero van cayendo, claro, porque han de caer. Y al llover sobre mí aparto la mirada, que se estrella contra una minúscula casa en ruinas que hace esquina. Está allí arriba, en lo alto del terraplén. Como las últimas hojas, su tejado también sucumbe poco a poco, y se viene abajo desnudando sus entrañas. La chimenea parece la columna vertebral de un dinosaurio disecado. Mantiene el equilibrio como los esqueletos colgados de los museos. Pero esto ni es un museo ni está cuidado; son sólo ruinas de un pasado que se va pasando. Aquí se alojó Marta, esa muchacha a la que José Luis Sampedro dio vida en su imprescindible “Real Sitio” (1993). Hizo trampas José Luis al decir que esta pequeña casa, humilde y de gente obrera, era un hotel. Porque en realidad fue su propia casa. Aquí vivió el escritor catalán. Así que las descripciones de las estancias, las vistas y las sensaciones son reales. Y me lo imagino asomándose hoy por esa ventana, por entre las viejas persianas rajadas, mirándome extrañado apuntarle con mi cámara. “¿Qué hace ese ribereño? ¿Qué está fotografiando? ¿No ve que yo ya no existo? ¿Qué se le ha perdido en esta casa, si a sus espaldas está el Jardín del Príncipe?” Aparten ustedes la mirada del hombre en primer plano y fíjenla en ese tejado hundido, esa chimenea desnuda, esas tejas que van cayendo sobre un pueblo que va callando. Se enredan las ramas de los plátanos. Bailan entre mis pies las hojas del suelo. Se pierde bramando el sonido del viento entre mis dedos. Yo no sé si será materialismo o sentimentalismo; ya no sé si es ley de vida o simple melancolía; ya no sé si debo irme a casa o seguir fotografiando. Lo único que sé es que sólo me queda el blanco y el negro para expresar lo que siento.


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Canapé de Sabatini

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Gato en el Parterre

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Asimétrico

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Hoy me han dicho que uno de mis ojos es más torpe que el otro. Nada importante, dicen, mientras yo pienso: soy asimétrico visual. Quizá por eso veo el mundo torcido aun estando bien derecho. Quizá por eso disparo con una cámara fotográfica, pues sólo se precisa de un ojo. Imágenes bidimensionales, claro. “Disfrutando de la ausencia de la tercera dimensión”, canta Izal (una de las mejores bandas españolas actuales). Al fin y al cabo, aunque hace más de un siglo los primeros intentos fotográficos comerciales fueron tridimensionales (las estereoscopias), hoy la fotografía es puramente bidimensional. Plana. Ahí cobra su mayor valor, junto con la monocromía: jugar con las formas, las líneas, la geometría, la composición… La tercera dimensión es sólo un estorbo, e incluso el color en la mayoría de las ocasiones.
A punto de terminar el otoño, piso los sotos y las huertas históricas de Aranjuez, con sus impresionantes calles arboladas inventadas por reyes pretéritos, arquitectos soñadores y paisajistas pioneros. Se intercalan de repente elementos dispersos, alejados centenares de metros y de años: una casa de labranza abandonada y una azuda de riego decimonónica. Ya estoy buscando el ángulo. Ya estoy haciendo coincidir formas, líneas, geometrías… Y para eso cierro un ojo. Voy por la vida con un ojo guiñado. Apunto con la cámara y no me convence. Me alejo para desplegar el teleobjetivo al máximo y conseguir que los diferentes elementos, dispuestos a muy diferentes distancias, parezcan cercanos todos entre sí. Cierro el diafragma para acentuar el efecto enfocándolo todo. Y ahí está: esa puerta vacía, esos muros derruidos, esas plantas salvajes… Esa noria lejana, que mide quince metros de diámetro, se asoma tímida por el quicio y parece ahora tan pequeña, tan insignificante… Hago varias tomas: verticales, horizontales, descentrando la puerta, alejándome, acercándome… Y finalmente escojo esta. Bueno: la escoge mi ojo. No sé si el bueno o el malo.
Es la primera vez que paso un reconocimiento médico sin lograr un sobresaliente en todas las pruebas. Es la primera vez que me dicen eso de “todo genial, pero…” Quizá tenga algo que ver con que hayan aparecido extraños pelos blancos en mi cabeza, que concienzudamente he tratado de quitármelos delante del espejo creyendo que eran de la gata (“esta gata suelta más pelos…”); pero resulta que no, que son míos (“Pero… ¡si soy castaño!”). La doctora se ha reído. Yo, no tanto… También me ha dicho que la fantástica salud de mi ojo sano compensa al (ligeramente) torpe. “¡Qué solidaridad!”, pienso. Pero eso no lo digo; tampoco quiero parecer un chalado o un graciosillo.
Lo mejor de todo es que no me ha dicho cuál es el torpe y cuál el sano. Así que seguiré guiñando al azar.


Calle de la Montaña

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