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Tinao

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En la Alpujarra granadina se escurren pueblos de montaña que esparcen sus casas como piezas sueltas. Se amontonan así curiosas terrazas (llamadas “tinaos”), chimeneas, puentes, callejones, escaleras… Podemos comenzar a andar y, casi sin darnos cuenta, pisar el tejado de alguna casa como si tal cosa. Esta curiosa arquitectura reina por estos pequeños pueblos y despiertan la curiosidad del urbanita.

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La Alpujarra (Bubión)

Bubión se descuelga a 1.300 metros del Parque Natural de Sierra Nevada al noroeste de la Alpujarra granadina. Cuando uno pasea por sus callejuelas tiene a menudo la impresión de estar caminando sobre los tejados; literalmente. Y es que gran parte de las casas de Bubión carece de tejado. En su lugar encontramos amplias explanadas llamadas “terraos”, construidos con launa (una arcilla compuesta de pizarra descompuesta) de los que nacen como setas las típicas chimeneas blancas. Aunque se cree que sus orígenes son romanos, fueron los árabes los que mayor impulso dieron a esta zona. Hoy somos nosotros los que pasearemos por sus encaladas calles, probablemente las más  pintorescas de cuantos pueblos hayamos visto.

Cuando uno pasea por Bubión tiene que tener en cuenta que una calle aquí puede zigzaguear por escaleras, meterse por debajo de alguna casa a través de algún hueco abierto en una pared o pasar por túneles de porches (llamados “tinaos”) durante varias decenas de metros. Y es que el concepto de calle cobra otro sentido en Bubión. La arquitectura bereber ha sobrevivido hasta nuestros días y se conserva gracias a la declaración de Conjunto Histórico-Artístico que se asoma al barranco de Poqueira, en pleno centro de La Alpujarra. Y en nuestro pasear contemplativo nos acompaña el fluir de manantiales que recorren las calles por regueros, acequias y demás canalizaciones antiquísimas. De aquí proviene el nombre de Bubión, pues el agua “bulle” por cualquier lugar, y los “bubioneros” la aprovechan para sus huertas y para sus guisos. Aún se conservan algunos lavaderos antiquísimos por donde el agua todavía transcurre, como vestigio viviente de un pasado muy lejano.

Los “tinaos” son porches que cubren algunas calles como túneles, y permiten que las casas superiores los usen como terrazas. Subiendo y bajando calles pasamos la tarde y disfrutamos del ambiente hogareño que desprende todo el conjunto. El murmullo del agua parece despedirnos mientras continuamos el viaje por la Alpujarra, descubriendo más lugares pintorescos y despertando los sentidos.


La Alpujarra

Al sur de Granada, arropada por Sierra Nevada, se abre un universo natural tapizado de contrastes. Federico García Lorca, Virginia Woolf y Antonio Gala son sólo algunos de los ilustres escritores que quedaron embelesados por sus paisajes. Es fácil: las montañas se abren y cierran en valles, barrancos y praderas siempre de intensos colores, a menudo verdes. Y por entre estos accidentados escenarios idílicos se levantan los pueblos más originales que la imaginación de sus fundadores, perdidos  en el tiempo, fueron capaces de crear. Adaptándose a la Naturaleza, y no al revés, levantaron algunos de los pueblos a mayor altitud de la Península Ibérica. Hoy son auténticos museos vivientes cuyos paseos son recomendables y placenteros; pero son museos funcionales en los que viven vecinos adaptados a su peculiar vida, casi aislados del resto del mundo en sus casas colgadas de los cerros, en escalones de terrazas visitadas por turistas asombrados. Casas blancas con pórticos, cuevas y pasadizos sobre las propias vías públicas. Casas de piedra y encaladas paredes, con tejados sin tejas que desafían a la lógica, con chimeneas que nacen como por arte de magia de la misma tierra. Un universo tan mágico que una sola entrada es insuficiente para abarcar todas sus deidades. Hoy nos quedamos a las puertas con este paisaje onírico y esta cascada que se desparrama como una arteria de agua buscando y dando la vida al mismo tiempo. Y mañana volveremos.