Viajes

La Alpujarra (Bubión)

Bubión se descuelga a 1.300 metros del Parque Natural de Sierra Nevada al noroeste de la Alpujarra granadina. Cuando uno pasea por sus callejuelas tiene a menudo la impresión de estar caminando sobre los tejados; literalmente. Y es que gran parte de las casas de Bubión carece de tejado. En su lugar encontramos amplias explanadas llamadas “terraos”, construidos con launa (una arcilla compuesta de pizarra descompuesta) de los que nacen como setas las típicas chimeneas blancas. Aunque se cree que sus orígenes son romanos, fueron los árabes los que mayor impulso dieron a esta zona. Hoy somos nosotros los que pasearemos por sus encaladas calles, probablemente las más  pintorescas de cuantos pueblos hayamos visto.

Cuando uno pasea por Bubión tiene que tener en cuenta que una calle aquí puede zigzaguear por escaleras, meterse por debajo de alguna casa a través de algún hueco abierto en una pared o pasar por túneles de porches (llamados “tinaos”) durante varias decenas de metros. Y es que el concepto de calle cobra otro sentido en Bubión. La arquitectura bereber ha sobrevivido hasta nuestros días y se conserva gracias a la declaración de Conjunto Histórico-Artístico que se asoma al barranco de Poqueira, en pleno centro de La Alpujarra. Y en nuestro pasear contemplativo nos acompaña el fluir de manantiales que recorren las calles por regueros, acequias y demás canalizaciones antiquísimas. De aquí proviene el nombre de Bubión, pues el agua “bulle” por cualquier lugar, y los “bubioneros” la aprovechan para sus huertas y para sus guisos. Aún se conservan algunos lavaderos antiquísimos por donde el agua todavía transcurre, como vestigio viviente de un pasado muy lejano.

Los “tinaos” son porches que cubren algunas calles como túneles, y permiten que las casas superiores los usen como terrazas. Subiendo y bajando calles pasamos la tarde y disfrutamos del ambiente hogareño que desprende todo el conjunto. El murmullo del agua parece despedirnos mientras continuamos el viaje por la Alpujarra, descubriendo más lugares pintorescos y despertando los sentidos.

Anuncios

Fin del camino

“Se acabaron las palabras. Se rompieron los espejos desangrando la verdad. Algo se quebró dentro de mi y no hay vuelta atrás. Yo me iré. En el último minuto todo puede suceder. Decir adiós antes de que se aproxime el final. Yo me iré. Hoy palpita extraño mi corazón. Y decir adiós antes de que se aproxime…”

Es hora de cerrar los ojos. ¿Para siempre?


Manzanares, cruce de caminos

La Mancha forjó pueblos empedrados, resecos por el implacable sol, peinados por los vientos de la llanura y anclados en el tiempo por sus costumbres y regios edificios. Manzanares es encrucijada de caminos, y lo fue incluso antes de que naciera, cuando las calzadas romanas atravesaban sus tierras y, más tarde, cuando la Mesta lo usaba para el pasto de su ganado. Hoy Manzanares sigue siendo un cruce de caminos importante en la “Llanura manchega” o “Mancha baja”. No nos cansamos de caminar por las tierras y pueblos de La Mancha, y hoy toca detenernos en Manzanares.

(más…)


San Carlos del Valle

El viajero que camina con los ojos abiertos nunca dejará de sorprenderse. Y así, tras descubrir villas y ciudades magnificadas y soberbias, llega al sureste de la provincia de Ciudad Real, en pleno Campo de Montiel, y atraviesa viejas carreteras cuyo asfalto podría catalogarse como monumento histórico. Es la única manera de llegar a lugares adonde nadie iría, si no fuera atraído por las maravillas que le han contado otros viajeros que, como él, se aventuraron por tierras infinitas y secas. Y, de una u otra manera, nunca se defrauda.

Llegando al pequeño pueblo de San Carlos del Valle, la extraña, original y característica silueta de su iglesia se recorta en el cielo y crea una inédita sensación, como si esa construcción estuviera fuera de lugar, fuera de espacio, fuera de tiempo. La Plaza Roja rusa queda demasiado lejos, piensa el viajero, hasta que entra en las solitarias calles de San Carlos del Valle y descubre que está ante uno de los mejores exponentes del barroco final de la provincia: la Iglesia del Cristo del Valle. Este “Bien de interés cultural” con categoría de “Monumento” (1993) preside una de las plazas más hermosas de toda Castilla-La Mancha.

Rodeado de otras ilustres villas, como Manzanares, Valdepeñas, Villanueva de los Infantes o Villahermosa, San Carlos del Valle suele pasar desapercibida en las guías turísticas. No tiene grandes accesos ni ofrece las posibilidades de ocio propias de una ciudad. Pero sus mil doscientos habitantes a buen seguro se saben orgullosos de su pequeño pero importante patrimonio arquitectónico. El constante flujo de peregrinos para rogar al Cristo del Valle animaron a la Corona a construir, en el Siglo XVI, una ermita levantada sobre la antigua de Santa Elena, para darles cobijo. Es la versión oficial, pero más de una fuente cree que la intención verdadera era crear una construcción emblemática para la Corona Española, para demostrar su poderío. Sería una de las explicaciones para justificar la abundante presencia de símbolos cultos y paganos (o populares) mezclados en la decoración de la nueva iglesia, como las cuatro figuras grotescas que sorprenden al observador, custodiando las cuatro esquinas de la cúpula, debajo de las cuatro torres (abajo a la derecha, una de ellas).

Para cuando la obra de la nueva iglesia hubo finalizado (durante el reinado de Felipe V), la población estable aumentó tanto que se precisó una reordenación del casco urbano. Pablo de Olavide la realizó ya durante el mandato de Carlos III, dando forma a un plano rectangular u ortogonal que hoy rige las calles de la pequeña población. Y es que Carlos III quiso repoblar la zona con campesinos, y el trazado rectilíneo de los caminos de los campos de labranza dio origen al trazado de sus calles, con dos partes diferenciadas atravesadas por la calle principal (hoy carretera CR-644). Esta reordenación asumió el fuerte papel del atrio de la iglesia, adosada a ésta, que se convirtió en la Plaza Mayor de la localidad, y constituye una de las más hermosas y pintorescas de toda la comunidad, sin nada que envidiar a otras famosas como Villanueva de los Infantes o Almagro.

Las plazas mayores manchegas tienen su propia personalidad: no son grandes monumentos soberbios, sobrios o impresionantes en sí mismos; son pequeños lugares donde la población se reúne día a día, dándole vida y asumiendo otros papeles populares de vez en cuando, como corrales de comedias, plazas de toros, mercados y demás atractivos ociosos y funcionales. La arquitectura popular de La Mancha tiende a usar maderas y piedras de forma hábil y decorativa al mismo tiempo, algo que quizá en aquélla época no parecía reseñable, pero cuya conservación hoy en día supone el último reducto de una arquitectura ya en desuso, que alegra la vista de los paseantes y supone un gozo en su contemplación.

La Plaza Mayor de San Carlos del Valle sorprende por su excelente conservación, su estructura de columnas toscanas sosteniendo galerías de dinteles, zapas y balaustres de madera. Al fondo de la plaza, presidiéndola, el Ayuntamiento, diferente al resto de la plaza (ver fotografía superior), con balcón corrido voladizo sobre ménsulas de madera.

No es población de paso; las carreteras principales ni siquiera están cerca. Si alguien va a San Carlos del Valle lo hace convencido. Quizá por eso no existe sobreexplotación, ni turística ni urbanística, y por eso aún se conserva el aroma a historia, a pueblo anclado en sus propias tradiciones, y los tractores, los perros despreocupados y algún que otro vecino solitario son los únicos personajes que nos encontramos. La visita es sencilla, pequeña pero enriquecedora; como el propio San Carlos del Valle, que dejamos atrás rumbo a nuestro próximo destino. Por el retrovisor se va desdibujando la silueta de la Iglesia del Cristo del Valle, estampada contra un cielo gris invernal del que empiezan a descolgarse las primeras gotas.

Localización en Google Maps 

[Texto y fotografías: La Retina de Cristal]
[Información para la elaboración de los textos: folletos editados por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Información aportada por la oficina de turismo de Manzanares. Web oficial “Turismo Castilla-La Mancha”. SIGPAC.]


Sierra de Segura

El pase de diapositivas requiere JavaScript.


Las Tablas de Daimiel

Tablas de agua. Tablas de silencio y bullicio al mismo tiempo. Tablas de paz y naturaleza. Tablas de dolor, rabia e impotencia. Tablas del cielo en La Tierra. Tablas que hablan de un pasado de sobreexplotación, pero también de un futuro de conservación. Tablas que se desparraman queriendo adueñarse de la extensa planicie manchega. Tablas, no de madera, sino de Daimiel. ¿Quién quiere clavos?

[RECUERDA: Pinchando las fotografías, se amplían]

¿Qué es una tabla?
Lo primero que se pregunta el viajero es: ¿por qué “Tablas”? Todo el mundo conoce o ha oído hablar de las Tablas de Daimiel (Ciudad Real, Castilla-La Mancha), pero pocos saben qué es una tabla fluvial. Una tabla de río es una zona pantanosa por la que uno o varios ríos se ensanchan hasta casi desaparecer su curso, debido a la poca pendiente del terreno. Pero, desgraciadamente, pocas tablas quedan ya. Las de Daimiel podrían considerarse el último reducto y ejemplo de las que antaño inundaban gran parte de la hoy llamada paradógicamente “La Mancha seca”. (más…)


La Mezquita de Córdoba

Una mezquita que no mira a la Meca. Una mezquita donde está prohibido el culto musulmán. Una mezquita que llaman “catedral.” Pero una mezquita única en el mundo. Córdoba guarda en el corazón de su ciudad una joya arquitectónica que diferentes religiones y culturas se  han ido pasando hasta llegar a nuestros días con prácticamente toda su belleza. Un colorido bosque de arcos que se despliega ante nosotros para darnos la bienvenida, independientemente de nuestro credo. ¿Qué mejor lugar para darnos la mano?

[RECUERDA: PINCHANDO EN CADA FOTO, SE AMPLÍAN]

Vista desde fuera, la mezquita de Córdoba parece una inmensa caja fuerte que guarda un gran tesoro. Sólo si nos alejamos oteamos la catedral desde fuera, construida años más tarde tras la reconquista cristiana, pues asoma desde el centro como queriendo imponerse y alzarse más alto, mimetizándose con la primigenia mezquita. Los arcos adornan las diversas fachadas, con especial importancia de sus puertas, como la del Perdón y la de Las Palmas. En el muro Este, sorprende el colorido de algunos adornos eminentemente árabes, y diversas puertas en desuso. Es sólo un aperitivo de lo que encontraremos dentro.

En el año 785 dieron inicio las primeras obras de la mezquita, levantada sobre los restos de la antigua Iglesia de San Vicente, de la que en la actualidad sólo quedan algunos cimientos y mosaicos en el subsuelo, conservados por el actual credo para demostrar el primer uso cristiano del lugar. Abd Ar-Rahman I (Abderramán I), ante la creciente población cordobesa, quiso levantar un lugar apropiado para el culto musulmán, y proyecta diez naves sustentadas por ciento treinta columnas de doble arcada, abiertas sobre un patio rectangular de setenta y cuatro metros de longitud (el Patio de los Naranjos). Las columnas, en su mayorías recicladas de construcciones romanas anteriores, soportan a su vez otro pilar superior, novedad arquitectónica en la época. Cada columna está unida a su contigua por dos arcos: uno inferior para evitar desplazamientos horizontales, y otra superior para aguantar la techumbre. El doble material empleado (piedra y ladrillo) confiere a todo el conjunto un vistoso colorido.
Es un hecho bastante desconocido por el público y muy curioso, pero aún se desconoce con total certeza por qué el primer arquitecto no orientó la mezquita a la Meca (tiene una desviación de 51º). Algunos opinan que es debido a que realmente mira a la mezquita de Damasco, origen de Abd Ar-Rahman. Pero la mayoría cree que se debe a la imposibilidad de una total orientación por el cercano río Guadalquivir. Recientemente, excavaciones arqueológicas han descubierto que la mezquita sigue el trazado originario de la ciudad, por lo que pudo adaptarse a éste, sacrificando su orientación hacia la Meca. Pero como algunas sorpresas de la Historia, quizá nunca sepamos la verdad.

El hijo de Abderramán I, Hiyam I, concluyó las obras levantando el en el año 788 el alminar original, actualmente desaparecido. Abderramán II amplía la sala de oraciones en el año 833 hacia el Guadalquivir con siete nuevas salas y la portificación del Patio de los Naranjos, sumando ochenta columnas más al “bosque” de piedra. Ello le obliga a construir un nuevo mihrab. Abderramán III derriba el alminar original y levanta una segunda torre en el mismo lugar. La sala de oraciones sufre otra ampliación añandiéndose ciento veinte columnas más, de nuevo en dirección al Guadalquivir. Almanzor lleva a cabo la última ampliación, y también la más extensa, pero se realiza hacia oriente, pues la proximidad del Guadalquivir impide seguir construyendo. Esta vez sólo utiliza un material en los arcos de la sala de oraciones, por lo que los pinta de rojo para seguir el diseño original.
En 1523, el bobispo Alonso Manrique ordena levantar la Catedral cristiana justo en el centro de la sala de oración. Con la transformación de la mezquita a catedral se dañó notablemente uno de los edificios más emblemáticos del mundo. No faltó la polémica en su día, a lo largo del siglo XVI, que precisó de la intervención de Carlos V, quien autorizó finalmente la construcción cristiana basándose en diseños góticos y renancentistas. Al poco tiempo de visitar el lugar con las obras acabadas, se dice, se lamentó profundamente hasta el punto de asegurar: “Habéis destruido lo que era único en el mundo para levantar lo que se puede ver en todas partes.” Sea como fuere, hoy podemos disfrutar de una espectacular mezcla de arquitectura, culturas y credos en un único edificio, poniendo de manifiesto la rica cultura histórica y artística de nuestro país.

El juego de luces y sombras sorprende al visitante. El silencio respetuoso lo inunda todo, ante caras de asombro y profunda admiración. La diferencia de temperatura respecto al exterior es extrema: calor, fuera; frío, dentro. El sol juega a colarse por los escasos recovecos que encuentra para llegar adentro. El misterio de la oscuridad siempre ha planeado por entre las columnas. La intervención cristiana añadió luz por ventanas y vidrieras en su parte central, más tarde tapiadas y recientemente recuperadas en una costosa rehabilitación.

 

A la mezquita sólo le falta un folleto completamente riguroso para los turistas, en vez del panfleto católico que se entrega a la entrada, con información sesgada, subjetiva y totalmente parcial. Uno comprende que está ante un templo católico, pero por muchos cimientos originarios cristianos, este podría ser un buen ejemplo de convivencia e historia, y por el notable precio de la entrada bien podrían informar de forma más exquisita a los visitantes sobre un conjunto Patrimonio de la Humanidad, en vez de barrer para casa y contar una película de “buenos” y “malos”. Eso sí que sería grandioso, y no la custodia de doscientos kilogramos que guardan en el interior.