relato

Silencio

HEC_0032 (Copiar) Había tardado demasiado tiempo en responderme. Tanto, que nunca lo hizo. Aunque yo ya sabía su respuesta. Aquella tarde, tan fría, tan real, el empedrado de las calles encauzaba el agua de la lluvia en ríos retorcidos que bajaban de la montaña y se perdían con su murmullo juguetón pueblo abajo. Ríos sucios, grises, casi negros, arrastrando toda la porquería de las aceras, purificándolas para nuevas pisadas. Como un rito. Como un grito. Caminamos tanto tiempo que las casas nos miraban con recelo. En este mundo tan acelerado que se ofende si uno no forma parte de su frivolidad, pasear sin rumbo parece una osadía. Dimos la vuelta en el cobertizo de Damián, cerca de la casa de sus padres, que volaba sobre el Pasadizo del Calvo, ese trozo de arquitectura popular sacado de una postal antigua. Allí fue donde Alberto me dejó sin la respuesta que yo ya sabía. Allí fue donde descubrí que él nunca pisaría mis palabras y que, lo más importante, una respuesta también puede estar hecha de silencios.

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