Personajes

Di que es agradecida

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Dice la estatua en su pedestal: “El rey Pelayo a los visitantes de Gijón. No preguntes, viajero, qué o cuánto hace Gijón; di más bien que es agradecida, cuenta que es generosa.”
Y dicho queda.

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Henri

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Hablabas en blanco y negro. Palabras diseñadas en escalas de grises que dejabas caer al mundo, ese extraño lugar donde jugaste a ser niño indiscreto con zapatos y arrugas de hombre. El hombre invisible con su cámara de fotos que llegaba sigiloso, disparaba cauto y se iba silencioso sin que nadie se diera cuenta. Hablabas de guerra, pero no mostrabas cadáveres, casi nunca sangre. Hablabas de las desgracias ajenas, la pobreza, los desheredados, los desterrados, la miseria de gentes escupidas por una patria amarga, traidora. Banderas, todas y cada una de ellas perdían su estúpido significado, porque tú preferías el blanco y el negro. Veías lo que nadie veía, la geometría, los juegos de luces, la perfecta composición de las líneas en el visor. Esas técnicas hoy tan dramáticamente pisoteadas por tantos ineptos que se creen fotógrafos, que aprietan disparadores como quien aprieta su nalga para rascarse. Tú sabías que fotografiar es igual que el buen comer y el buen beber: sólo tienen sentido con moderación, con estilo, con degustación exquisita. Por eso tus fotografías era, son (serán), referencias para aprender este arte. Igual que Orson Welles enseñó no sólo a los directores hacer cine, sino al público a disfrutarlo, tú eres imprescindible para comprender qué es la Fotografía. Nos has ensañado la gramática, la ortografía, la sintaxis de las imágenes. Jugaste con el tiempo inventando historias quietas, poesías mudas, versos insonoros. Diste sentido al caos de este mundo y a nuestras propias vidas.

Hace diez años que nos dejaste huérfanos, pero sigues presente, siempre, más que nunca, en las cámaras más curiosas de nuestras retinas.


El escritor y el fotógrafo

El buen escritor es capaz de hacernos ver lo que no existe.
El fotógrafo sólo puede jugar a ocultar lo que ya existe.


El poder de la imaginación

Sentado frente a la casa de su padre, un tal Miguel de Cervantes Saavedra, este personaje de bronce a tamaño real parece encandilar al gentío de Alcalá de Henares que quiera pararse a escuchar sus andanzas. Y como buen narrador de historias que no siempre se tienen por qué atener minuciosamente a la realidad, parece disfrutar tanto o más contando sus historias de caballero andante. Es fácil hacer un retrato a una estatua: nunca parpadean, están quietas y su pose siempre es la perfecta. Lo difícil es ambientar la escena acorde con la época del fotografiado. En realidad nada de lo que vemos existía cuando Cervantes aún respiraba: su casa (que vemos al fondo, ahora convertida en museo) fue destruida hace décadas, y lo que hoy vemos no es más que una reconstrucción de mediados del Siglo XX. Fiel, pero reconstrucción. Pero ¿y qué más da si ni el mismo Don Quijote merodeó en realidad por ninguna tierra manchega dispuesto a batirse en duelo con ningún molino de viento? Afortunadamente siempre nos quedará la imaginación. Y ella me hace escuchar las palabras de este extraño personaje, imaginarme su voz y su timbre contando lo que ha visto, lo que ha hecho y deshecho en sus aventuras tierra adentro.

Sin importarme que sus ojos jamás se hayan movido.


Equilibrio

¿Cómo se hace para guardar a diario un equilibrio tan perfecto y sencillo, y regalar al mismo tiempo sonrisas tan naturales a un perfecto desconocido? Sigo buscando, aunque en el intento, y como un idiota frente a semejante demostración de talento, se me caiga al suelo la tapa del objetivo.


Fin del camino

“Se acabaron las palabras. Se rompieron los espejos desangrando la verdad. Algo se quebró dentro de mi y no hay vuelta atrás. Yo me iré. En el último minuto todo puede suceder. Decir adiós antes de que se aproxime el final. Yo me iré. Hoy palpita extraño mi corazón. Y decir adiós antes de que se aproxime…”

Es hora de cerrar los ojos. ¿Para siempre?


La voz de Eco

Soy como Eco, repitiendo eternamente sus palabras, buscando una respuesta que nunca llegará; buscando mi propia voz que nunca escucharé. Soy como Eco, escondida en cuevas perdidas, viendo su silueta reflejarse en el limpio espejo de las aguas del estanque, queriendo apartar sus ojos de su propia imagen. Pero no puedo, y avergonzada me escondo en bosques verdes, por entre troncos altos y esbeltos, admirando la soberbia belleza de quien tuvo y nunca tendrá, porque de parsimonia se ahoga entre la indiferencia de un pedestal demasiado alto, demasiado frío, demasiado irreal.
Y le abandono antes de que su caída mortal levante un estruendo en el bosque, resquebraje su cuerpo de mármol en mil pedazos y se hunda en el estanque medio vacío de agua, pero lleno de orgullo mortal. Yo seguiré repitiendo las últimas palabras del viento, pero buscaré otra boca que invente lo que mi boca pronuncie, y eternamente me miraré en su espejo, donde será mi propio reflejo el que contemple.
Puede que yo nunca tenga mi propia voz, pero al menos no estoy muerto.