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Ruta del Cares


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Vega de Comeya

Vega de Comeya


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Arco de piedra

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Enol

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Siempre debería ser otoño en Aranjuez

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Está ronco el paisaje. No, no lo está. Está marchito. No, no lo está. Está triste. No, no lo está. Brilla aun con las nubes que vienen y van. Palpita aun con el frío de la soledad. Porque no todo es primavera, ni siquiera verano. Porque no sólo en vacaciones uno puede disfrutar de un lugar. El privilegio es pasear sin salir de casa. Y disponer de estos paisajes, de estos colores, de estos ramajes… Tan lejos de los lugares que salen en las guías. Porque estas tierras no son jardines, no son palacios, no son ni siquiera pueblo. Son los sotos y las huertas históricas de Aranjuez, un tesoro ignorado que algunos pocos preservan y disfrutan a partes iguales. Como nosotros esta fría mañana de noviembre, pisando sus hojas, admirando sus colores, degustando sus olores. Olores a campo y tierra, a río y vida, a humo de leña. No está ronco el paisaje, ni mudo ni sordo. Late con más fuerza que nunca. Porque siempre debería ser otoño en el Real Sitio de Aranjuez.


El mar de Alcázar

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La Mancha tiene mar. Tiene, en realidad, muchos mares: unos subterráneos, inmensos, esquilmados, maltratados… Pero todavía vivos: sus acuíferos. Y otros, superficiales: lagunas aquí y allí, en terrenos llanos, maravillosamente llanos, pues no toda belleza tiene que ser montaña. Ni todo mar, el tópicamente imaginado. Aquí el mar es salado, pero apenas cubre la cintura. Se expande, eso sí, allende el horizonte. Y juega con la luz, tiñendo sus aguas de azules, añiles y rojos según el sol asciende o desciende. Permite en su interior una rica vida ignorada, pero increíblemente sofisticada, que atrae a científicos que llegan para investigarla. Alcázar tiene tres de esos mares y ha aprendido a quererlos. Poco a poco, con el tiempo. Pues no es fácil apreciar una joya sin pulir si no es con esmero. Lo ha hecho, y ahora la muestra a los visitantes más dispuestos, más curiosos, los que no sólo buscan árboles sin ton ni son, playas tópicas, paisajes idealizados y obcecados en la postal barata. Alcázar tiene una joya única y sabe mimarla. Ahora es cuestión de saber mirarla.

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Pretéritas promesas

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Ha vuelto a arder el cielo. Restos de nubes brillaron a lo lejos. Todos lo hemos visto. Esta tarde ha sido sólo un juego. Juego de viento, de arena, de sal, de hierbas… de pájaro en mano, de cientos volando. Juegos de guerra, entre presente y pasado, entre pasado y futuro, entre futuro y humanos. ¿Quién sale ganando? ¿Quién sale perdiendo? ¿Quién se atreve, si acaso, a decir que ha luchado?
Ha vuelto a arder el cielo y nos hemos quedado a verlo. Líneas rectas, infinitas, tan firmes como nuestros pasos sobre un suelo enfangado. Nosotros nos vamos, pero se quedan las huellas de nuestros zapatos. Ya no estamos presentes, ya no somos pasado, ya no quedan quimeras; sólo somos el futuro de nuestras pretéritas promesas.

Ha vuelto a arder el cielo y no recuerdo si me he quemado.