Mil palabras

[MIL PALABRAS] Quien se mueve no sale en la foto

La considerada como la primera fotografía de la historia que se conserva la realizó un ingeniero francés llamado Joseph-Nicéphore Niépce desde una ventana de su granero en Saint Loup de Varennes, en Francia, en 1826. Evidentemente, debido a los medios más que precarios (básicamente era una placa de estaño recubierta de betunes y aceites fotosensibles), el resultado (titulado Point de vue du Gras) fue un triángulo blanco rodeado de formas geométricas, que fue a lo que quedaron reducidos los edificios y los campos circundantes que Joseph veía desde su ventana. Lo que hoy sería un resultado decepcionante fue en aquellos lejanos días un prodigio que revolucionó el arte y la técnica, y precipitó la perfección de una nueva técnica llamada fotográfica, a la que aún le faltaba mucho camino que recorrer tanto en nitidez como en calidad. Para lograr la primera fotografía de la historia, esa extraña mezcla de formas y figuras casi irreconocible, Joseph necesitó una exposición de… ocho horas.
Doce años más tarde, el famoso Louis Daguerre estaba experimentando masivamente su también afamado daguerrotipo, el primer proceso fotográfico propiamente dicho desde la base de los experimentos de Niépe, con resultados mucho más vistosos. Pero seguía precisando de largos tiempos de exposición para que los rayos del sol impregnaran las placas fotosensibles que empleaba, así que eran normales las fotografías de varios minutos de exposición. Un día de 1838, en la céntrica calle parisina del Boulevard du Temple, instaló su cámara en lo alto de un edificio y encuadró el ajetreo diario urbano. Empezó la exposición y la dejó durante aproximadamente siete minutos, para que la luz hiciera su trabajo. Cuando terminó y reveló su daguerrotipo, vio satisfecho aquel paisaje de edificios, casas, aceras, árboles, ventanas… Todo perfectamente nítido. Pero no había nadie por las calles. Ni un viandante. Ni un vecino. Ni un paseante. Nadie, a pesar de que en aquella hora punta París era un hervidero de gente. Daguerre no se sorprendió, porque él lógicamente sabía lo que había pasado.
Y lo que había pasado era que, en las fotografías de larga exposición (es decir, cuando la cámara está tomando una foto durante segundos o minutos), todo objeto que se mueve se difumina hasta desaparecer completamente, tapado por el paisaje estático. Si hoy, cuando nos van a hacer una fotografía, nos piden que nos estemos quietos para no salir “movidos” en exposiciones de un tercio de segundo, en una exposición de varios minutos los objetos móviles simplemente desaparecen. Por eso la calle parisina parece desierta, pues todos los viandantes, los comerciantes, los paseantes y sus posibles mascotas, sus vehículos, incluso los pájaros… Todos estaban moviéndose. Bueno, todos menos uno: si nos fijamos en la parte inferior izquierda de la toma, justo en la esquina de la acera, vemos una figura antropomorfa borrosa. Parece tener una pierna levantada y apoyada en un cajón. Después de investigar, los expertos no albergaron duda alguna: era un hombre (con sombrero) al que un limpiabotas (tapado por un árbol) le estaba lustrando sus zapatos. Sólo él permaneció quieto durante esos minutos. Y, por eso, sólo él salió en la fotografía. De hecho, se considera el primer retrato de un ser humano de la historia. Lo que sirve de perfecto ejemplo al dicho de “quien se mueve no sale en la foto.” Pero ¿qué hay de malo en no salir en la foto? En el siglo XIX y principios del XX, que alguien le hiciera a uno una fotografía podía significar ser un personaje importante (contratar a un fotógrafo y su equipo era todo un acontecimiento) o estar muerto (pronto se desarrolló la fotografía funeraria, la manera que tenían las clases pudientes de quedarse con un recuerdo de sus muertos: fotografiándolos). Pero, en pleno siglo XXI, no tiene ningún mérito.
Fue Alfonso Guerra quien popularizó una famosa expresión cuando intentaba advertir a los posibles disidentes de su partido de la necesidad de “hacer piña”. Si no lo hacían y caían en la tentación de la disidencia, no saldrían en la foto. Es decir: se quedarían fuera. Entonces se empezó a ver a los fotógrafos, sobre todo los de prensa, como escaparates perfectos en los que mostrarse al pueblo como líderes, los jefes del pueblo. Todo el mundo quería salir en la foto, y esa idea se ha extendido hasta hoy, era en la que la publicidad gratuita de las portadas les lleva a hacer lo que sea para llamar la atención y salir en la foto, como besar niños, montar en bicicleta o despachar en una carnicería. Lo que sea por salir en la foto. Pero no se dan cuenta de que hoy lo difícil es no salir en la foto. Ejemplo: camino por mi ciudad, turística hasta la médula, y voy apartándome de encuadres improvisados y tomas furtivas. No quiero ser el anónimo protagonista de imágenes digitales que se perderán en el tiempo vete tú a saber en qué hogar y con qué fines. Como tampoco me hubiera gustado ser protagonista ni haber salido en ciertas fotos: en las Azores, por ejemplo. En África junto a un elefante muerto, por ejemplo. Paseando con un Ferrari descapotable por Valencia, por ejemplo. Dándole a una campana, sonriente, con un logotipo verde de fondo, por ejemplo.
No, definitivamente, eso de estarse quieto para salir en la foto está sobrevalorado.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 

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[MIL PALABRAS] Muy por encima del mar

Un hombre de mediana edad se despierta en la cubierta del transatlántico. Cuando abre los ojos observa la inmensidad de la piscina inmaculadamente azul en la que hace apenas una hora ha estado chapoteando. Agua dulce flotando sobre agua salada. ¡Eso es progreso! Nuestro hombre descansa ahora en la tumbona con un vaso reposado sobre su barriga, demasiado amplia, demasiado flácida. Busca sus gafas en la mesa y el camarero le advierte de que en breve se servirá la cena en el comedor de gala. Sonríe. Pero antes de asistir a tan apetitosa cita, se asoma a la barandilla para contemplar el infinito océano, tan brillante, tan precioso, tan inabarcable. De repente, un puntito negro le llama la atención. Un puntito negro que va creciendo según se va acercando. Se afana por observar y constata su peor presentimiento: es una pequeña barca perdida, tan colmada de negros que empieza a zozobrar. El hombre, estupefacto, pierde los nervios y se queda inmovilizado. Afortunadamente pronto sale de su conmoción y reacciona: busca a su alrededor, pero no hay nadie. Todos están ya en el comedor, y la cubierta se presenta desierta. Está solo para atender a esas decenas de pobres migrantes, algunos niños, bastantes bebés, que apenas tienen fuerzas para gritar y pedir ayuda. Ve cómo algunas mujeres están embarazadas. Muchos hombres parecen desvaídos, quién sabe si ya muertos. Los más jóvenes alzan las manos desesperados. El hombre sigue su búsqueda infructuosa cuando de repente aparece su mujer, una elegante señora de su misma y madura edad, de pelo cano y vestido azul largo que se bambolea al suave viento marítimo y que, ante la ausencia de su marido en el comedor, ha subido a buscarle. Cuando la ve, el hombre se agita nervioso, alza los brazos y grita, desesperado: “¡Rafaela, Rafaela! ¡Rápido, rápido!”. Ella llega corriendo a su altura y ve con horror a los hombres, ya hacinados intentando trepar inútilmente por la quilla del enorme barco. “¡Vamos, no pierdas tiempo! ¡Tírales algo!” La mujer, siguiendo las órdenes de su marido, acertó a arrojar un extintor que rebotó en la sien de uno de los desgraciados que, al caer, se llevó por delante a otros tres compañeros de viaje, regándolos de sangre. “Menos mal. Si alcanzan nuestro estatus, no podremos seguir pisándolos”, se le escapa a él. Ella sonríe y juntos acuden a la llamada de la apetitosa cena en el comedor de gala.
El barco lleno de negros volvió a convertirse en un puntito lejano, y el transatlántico siguió su rumo por encima, muy por encima del mar.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 


[MIL PALABRAS] ¡No, gracias!

Uno de los requisitos de las comedias televisivas actuales parece ser presentar situaciones rocambolescas de la forma más dantesca y estridente posible. Aun apreciando su sabor de distracción rápida y efectiva para pasar el rato sin pensar en demasía, teleseries como “Cómo conocí a vuestra madre”, “The Big Bang Theory” o las españolas más vistas como “Aída” o “Ancla 2” presentan en sus personajes estereotipos exagerados hasta el ridículo, que es lo que, en su patetismo, causa situaciones grotescas que dan pie a la risa (casi siempre, enlatada). Sin querer menospreciar el talento de sus guionistas y la nueva narración del siglo XXI, que con sus muchos defectos y algunas virtudes no dejan de ser productos de entretenimiento sin más pretensiones, me resulta curiosa la comparación con la que para mí es la serie más estimulante jamás creada: “Doctor en Alaska” (“Northen Exposure”, originalmente). Y fíjense en que no uso la manida y absurda expresión “la mejor serie”, ni siquiera “una de las mejores” (que tanto gusta a los críticos sabihondos), sino “estimulante”; es decir, según la Real Academia: “Que aviva el tono vital.”
“Doctor en Alaska” (emitida de 1990 a 1995) fue creada para rellenar los huecos dejados por las series “de prestigio” en la CBS durante el verano, y eso les dio toda la libertad creativa a sus responsables. Pero el éxito de la primera temporada fue tal que la serie “de relleno” se convirtió en una “de culto”. Narra los a menudo frustrados intentos de Joel Fleischman, un doctor neoyorquino urbanita, por adaptarse a un pequeño pueblo perdido en Alaska, donde ha acabado engañado por un contrato leonino, rodeado de lo que más detesta en lo profundo de su ser: la Naturaleza, la tranquilidad y sus pueblerinos habitantes. Es una comedia. Las situaciones cotidianas pueden ser tan curiosas como una caravana de mujeres llegadas de todo el país, que acuden a la llamada de un joven que desprende feromonas como si fuera un oso en celo; la caída de un satélite de la Nasa que aplasta al novio de una joven que se siente gafe (van cuatro novios muertos…); la celebración de un divorcio por todo lo alto (“Quiero que celebres mi divorcio; significa mucho para mí”); el descubrimiento de un agua que invierte el comportamiento de hombres y mujeres; o árboles que hablan (“Bueno, no son voces; más bien, como gruñidos”). Pero no hay risas enlatadas; ni si quiera recursos sonoros para acrecentar el patetismo de las escenas (como cortinillas o fanfarrias). Todo lo contrario: se muestra de una manera natural, incluso científica: no hay barbaridad que Joel no intente explicar cabalmente para evitar así caer en la más absoluta locura de un lugar que le tiene martirizado (en una ocasión encuentra un mamut y sueña con que la fama le saque del lugar, pero no le da tiempo a avisar a los científicos: un lugareño se le adelanta y lo cocina). Desgraciadamente el doblaje español echa por tierra numerosas escenas (no por los actores de doblaje, magníficos, sino por pésimas traducciones), y se pierde gran parte de los matices cómicos.
Pero esa tremenda sutileza original (muchos dirán que no es sutileza, sino aburrimiento), que sólo podrán saborear los espectadores más inteligentes en episodios de casi cincuenta minutos (cuando lo normal hoy es que una comedia no pase de los veinte, con escenas rápidas y chispeantes), hizo que paradójicamente la serie fuera premiada varias veces en la categoría de “drama”. Para desternillo de sus creadores. Tal era la naturalidad de actores y guionistas, que presentaban la más disparada locura como algo normal. La comedia pasaba casi desapercibida, confundida con la tragedia, casada con el humor negro o el costumbrismo rural. Como cuando un anciano al que el médico le pide que piense en su futuro (un andador para su maltrecha espalda), lo interpreta a su manera y se pega un tiro en la cabeza (pero antes se arregla, se perfuma y deja una cara botella de vino para quien encuentre su cadáver en la cama de su casa); o cuando pagan al médico con treinta kilos de grasa de ballena (“¡Es algo sagrado para ellos! ¡Deberías estar agradecido!”); o cuando un personaje se sale de su guion en pleno duelo y dice: “Dejémoslo; los espectadores son lo suficientemente inteligentes como para saber que no nos vamos a matar entre nosotros. Pasemos a la siguiente escena”. Todo, en realidad, guardaba un secreto: una extraña filosofía, un canto a la vida, a las diferentes culturas, a ver el mundo desde mil perspectivas distintas, con tolerancia y comprensión, con humor y amor, sin el odio y la indignación que hoy parece inundarlo todo. Una forma de aceptar las manías, las locuras, los defectos y los aciertos de los demás, siempre que no sean perniciosos, para intentar comprendernos a nosotros mismos y, siempre, con la sana intención de aprender. Y todo con personajes aparentemente simples por fuera, sin complejidades, sin las exageraciones que hoy tanto gustan, pero con una riqueza inmensa que posibilitará que la serie se desarrolle sin verse forzada, como ocurre en las actuales, que a la tercera temporada todo parce artificioso.
No es de extrañar que los críticos y “expertos” confundieran “Doctor en Alaska” con un drama. Aunque tenía partes dramáticas (como todas las comedias), prevalecía el humor. Me encanta, pues, la escena en la que Joel le pregunta a un cinéfilo joven indio de la zona, ante otro hecho dantesco: “Pero ¿habías visto algo así en algún lugar?” Y el chico, Ed, contesta: “Sí: James Bond”. Joel le replica: “Eso es la ficción. ¡Busca en la realidad!” Ed sentencia lapidariamente con una amplia sonrisa, tras pensar un inteligente segundo: “¡No, gracias!”


[MIL PALABRAS] El “Libro Árbol”

La idea ya de por sí me pareció tan poética que me atrapó inmediatamente: de las páginas de un libro surgen raíces, vida bajo la tierra que la atraviesa hasta formar un ser vivo vegetal. Un árbol que brota de un libro. Una idea romántica que rompe el tradicional y negativo concepto de los libros como devoradores de bosques, quizá, el único aspecto verdaderamente negativo de las ediciones en papel. El “Libro árbol” se presenta por parte de sus autores como “un libro que se planta”, cuyas páginas han sido confeccionadas con materiales reciclados y tintas biodegradables, y cuyas tapas contienen semillas. Así que, si lo depositamos en un agujero lo suficientemente profundo, lo tapamos y abonamos, lo regamos y cuidamos, al cabo del tiempo nacerá un jacarandá, especie autóctona de Argentina. ¿No es hermoso?
A principio de los años 90 fuimos pocos los niños que convencimos a nuestros padres para que nos compraran esos cuadernos cuyas hojas no eran blancas, como las impolutas de nuestros compañeros (gracias al cloro), sino marrones, ásperas, rugosas, débiles e increíblemente caras. Lo hacíamos porque alguien (no existía Internet) nos había dicho que esos toscos cuadernos eran ecológicos, porque las hojas estaban hechas de otras hojas, de periódicos, de cartones… Es decir: de papel reciclado. Era difícil encontrarlos en las papelerías del pueblo; casi nadie los tenía. Pero nosotros, de una u otra manera, sentíamos que estábamos haciendo “algo” por la Naturaleza, aunque fuera a costa de la economía paterna y unos borrones que les costaban un esfuerzo extra a nuestros sufridos profesores. Eran los primeros intentos por acercar la responsabilidad como consumidores a los más pequeños. Y nosotros, orgullosos, nos teníamos por ecologistas con rodilleras.
Hoy, muchos años después, la tecnología editorial ha cambiado y evolucionado enormemente hasta aliarse con la ecología (lo que otrora era llamado despectivamente “ecologista”, hoy es lo normal). No nos conformamos sólo con papel reciclado; eso es lo mínimo. Quedan absurdos los comentarios que escuché a Javier Sardá cuando, en un debate radiofónico sobre si era mejor el libro digital o el impreso, se decantaba obcecadamente por las nuevas tecnologías, despreciando el papel, simplemente porque aseguraba que arrasaba con los bosques. Si hubiera hablado de gustos, habría tenido al menos el beneficio de la subjetividad, y ahí nadie puede contradecirle, pues allá cada cual con lo que prefiera consumir. Pero no lo hizo: simplemente presentó al libro impreso como un cáncer de los bosques, sin excepción, y a las nuevas tecnologías como una alternativa eficaz. Habría que preguntarse qué tipo de recursos emplean las tabletas, libros digitales, teléfonos móviles y demás artefactos en su fabricación y, lo más triste, en su destrucción. Necesitaríamos otro artículo… Al contrario, en los últimos años cada vez es más extendida la certificación de Greenpeace (FSC, Forest Stewardship Council) dando fe de que las novedades editoriales han sido fabricadas siguiendo métodos eficientes de sostenibilidad forestal y ecología. En otras palabras: el libro nunca ha sido tan amigo de la naturaleza como hoy.
Está claro que hoy leer papel no está reñido con la ecología. La elaboración de un producto puede ser todo lo beneficiosa que quieran sus fabricantes y elijan sus consumidores. Nuestro querido “libro árbol” no está a la venta. Nunca lo estuvo. Ni siquiera tiene mucho sentido fabricar algo para ser enterrado tras un solo uso (la mejor manera de rentabilizar un libro es regalándolo, donándolo o prestándolo una vez leído, alargando su vida durante décadas). El “Libro árbol” fue sólo un experimento del que se confeccionaron a mano menos de cien ejemplares, que la editorial argentina de libros infantiles “Pequeño editor” distribuyó a algunas librerías de Buenos Aires para concienciar a los más pequeños sobre el cuidado del medio ambiente. Una manera de inculcarles la idea de que todo lo que poseen proviene de algo y tiene sus costes e impacto en la naturaleza: la leche, de la vaca (no del cartón); la manzana, del manzano (no del Hipercor); que cada libro viene de un árbol, y que cada árbol merece todo nuestro respeto. Pero, sobre todo, que la diferencia entre imposible y posible son sólo dos letras, y que lo que ayer era utópico hoy puede ser realidad. Todo depende de nuestra elección como consumidores. Y de nuestra capacidad de hacer bien las cosas; esto es, de cambiar el mundo empezando por cambiar nosotros mismos.

[MIL PALABRAS] es el artículo dominical de opinión de La Retina de Cristal. 


[MIL PALABRAS] Artículo indeterminado

La bici parece la víctima de un accidente, ahí tirada en el camino, polvorienta, con el manillar girado, imitando las posturas ridículas que adoptan los cadáveres en un choque violento. Pero no ha sido intención mía; quizá, sólo mi ímpetu. He saltado, eso es verdad. Porque este arañazo en la tierra, que alguien –quizá demasiado optimista, quizá demasiado obstinado– pueda llamar “camino” me ha recordado, de repente, un pasado remoto. Por eso la bici ahí tirada, por eso mis zapatillas llenas de polvo y prisas. Qué ironía: de repente, un día cualquiera, sin premeditación ni motivo aparente, tenemos prisa por recuperar un pasado del que habíamos aprendido a prescindir durante años. Y todo porque entre los reflejos del agua muda de la laguna y las ruinas de una casa olvidada, cuyos últimos dueños quién sabe si serán hoy ancianos o ya cenizas, estaba el árbol.
El árbol, no un árbol. No es lo mismo anteponer un artículo indeterminado que otro determinado; la diferencia es abismal. Por eso frené en seco, porque los recuerdos a veces son como barcos que llegan a puerto sin avisar, sin sirenas ni anclas, con todo el estruendo de su proa estrellándose contra el muelle desprevenido, haciéndolo añicos sin concesión. Por eso, egoísta, dejé la bici ahí tirada, traidor de mí, como una amante despechada, sabiendo que me esperará para cuando quiera reconciliarme con ella y que me regrese a la realidad. Pero mientras llegase ese momento, me adentré en la ribera serena de la laguna tranquila. Y es que esa pequeña explanada me era tan familiar como la cama en la que duermo plácidamente cada noche, como cada esquina de ese rincón tan íntimo, como el suave roce de la sábana que me cubre cuando estoy indefenso. Avivado por un olor perdido y una imagen encontrada, de repente, un torbellino de recuerdos asaltó mi mente. Apareció mi abuelo, pala en mano, terminando de tapar las ridículas raíces de un boceto de árbol. El ruido de la pala estrellándose contra la tierra emitía un sonido agradable, de trabajo reconfortante, de esperanza e ilusión. Regó alrededor del enclenque tronco, no más grueso que un palo del que parecía imposible que ninguna vida pudiera brotar. Pero él, sereno, confiado, con la experiencia de la vida en sus ojos, en su piel quemada por décadas al sol, esa piel pegada a los huesos, amoldada a las venas, esa piel tan fina como el papel de fumar… terminó su empresa con una leve sonrisa. Alzó la vista, se enjugó el sudor de la frente convirtiéndolo en una especie de barro salado, y me miró orgulloso: “Algún día, dentro de muchos años, este árbol dará sombra. Y entonces tienes que acordarte de este momento, de cuando lo plantamos. Así me recordarás siempre, porque yo ya no estaré.”
La película, mi película, terminó cuando el viento movió las ramas y rompió la pantalla gigante de mis recuerdos infantiles, consciente de que mi abuelo, de una u otra manera, había cumplido la profecía. Y entonces me giré y vi ese otro árbol. Y luego, aquel otro. Y a continuación, el de más allá. Y, de repente, ya no sabía si estaba o no en el lugar adecuado. Si era ese era el árbol o sólo un árbol. Artículo determinado o indeterminado. Árbol localizado o ilocalizable. Profecía cumplida o nieto estúpido. Deambulé confuso con el sol sobre mi espalda, haciéndome sudar copiosamente. Cada gota resbalando por mi piel, como hormigas de sal molestas repasándome el espinazo. Mis pies, confusos, tropezaban con piedras que antes no estaban, con arbustos que antes que no eran, con recuerdos que ya no volvían. El sol descendió media hora y mi espalda estaba completamente empapada. Desesperado, inútil, triste, deserté y me senté sobre una piedra que no debería yacer al lado de unos juncos que no deberían erguirse. Y el viento volvió a mover las ramas de unos árboles cercanos, dos o tres, que parecían hermanos, resguardando mi cara del implacable sol. Y, de repente, todos y cada uno de aquellos árboles los había plantado mi abuelo. Y, de repente, ya no tenía que buscarle en la sombra de un árbol perdido en mitad de algún lado.
Tan sólo tenía que mirar al sol.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 


[MIL PALABRAS] No somos tan modernos

Últimamente los publicistas se han dado cuenta de que las abreviaturas en los anuncios e incluso en los envases venden; y si incluyen emoticonos, más. Dan una imagen desenfada, informal, moderna, continuando la tendencia de los más jóvenes de usarlas en sus comunicaciones personales con sus amigos. Una jocosa crítica a esta moda contestaba así a un mensaje corto de texto (SMS): “Compro la letra ‘a’ y resuelvo”. Me hizo gracia, lo confieso. No son pocas las voces que se han alzado en contra de esta forma de comunicarse, alegando que supone un riesgo serio para nuestro idioma, nuestra forma de expresión y comunicación, e incluso perjudicará a los más jóvenes a la hora de leer un libro, escribir correctamente y aprender ortografía, con más que previsibles resultados académicos desastrosos. Pero ¿y si resulta que esa “moda” lleva instalada en nuestro lenguaje desde hace siglos? Quizá no seamos tan modernos ni innovadores como queremos creernos.
Hace unos meses me hice con un objeto que me llamó poderosamente la atención en una subasta: una carta enviada desde Aranjuez a quién sabe qué destinatario en 1798. Aquella caligrafía cuidada, esmerada, esbelta, estética y elegante me cautivó casi tanto como su contenido. Aun sin poder apreciarlo correctamente en las fotografías del anuncio, parecía tratarse de alguna misiva relacionada nada más y nada menos que con la Corte española. Cuando me llegó la ansiada carta bicentenaria y la desplegué, no entendía ni la mitad de su contenido. Parecían faltar letras, sílabas enteras. Y, en su lugar, algunos caracteres se descolgaban; otros, se elevaban. Una serie de superíndices y subíndices de lo más extraña. ¿Estaba todo en clave? En absoluto. Presto a conocer el contenido exacto de aquella carta, empecé a investigar cómo eran las misivas de la época. Me llevé una enrome sorpresa cuando varias fuentes me indicaron que en aquella época era normal abreviar las palabras con toda clase de signos, incluso en las comunicaciones cultas, como parecía ser el caso, donde hablaban de generales, infantas, reyes… Encontré una especie de diccionario donde se recogían y explicaban las abreviaturas más comunes. Así, General pasaba a ser Gen.l; Amigo, Amº; Vuestra merced, Vm.; porque, p.r q.e: para, p.a: Infanta, Inf.ª; por, p.r: Corte, C; y verdadero, verd.o. De repente, como si hubiera descifrado un código mágico, toda la carta recobró su significado, tan sugerente e interesante que alimentó mi imaginación con otra época lejana, pero extrañamente unida a la actual en la necesidad de abreviar el lenguaje en las comunicaciones. Lo siento, publicistas: no somos tan modernos.
Las abreviaturas como tales surgieron en el medievo y se extendieron no sin revuelo (Felipe el Hermoso tuvo que regularlas en los documentos oficiales en Francia por su abuso). Luego llegó el telegrama, que escandalizó a los lingüistas. Salvador Gutiérrez Ordóñez (Académico y Catedrático de Lingüística en la Universidad de León) recuerda: «La gente se llevaba las manos a la cabeza con el telegrama y se decía: ‘¿Adónde vamos a parar? ¡Esto va a estropear el idioma!’». Sin embargo, han pasado los años, las décadas, y hemos de reconocer que el español formal no ha sufrido una especial invasión de abreviaturas (curiosamente sí de extranjerismos), y que usarlas no es ni tan moderno ni tan peligroso. La clave, una vez más, no está en evitar algo a toda costa, sino saber cuándo ha lugar. Porque nadie se pondría a contar chistes en un velatorio ni vestiría de etiqueta en un partido de fútbol, en la playa, etc. Perdón: etcétera.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 


[MIL PALABRAS] El corazón de Plutón

El pasado 13 de julio, como estaba anunciado, vimos las primeras imágenes reales y detalladas de Plutón (hasta entonces sólo teníamos borrosas esferas difuminadas). De todos los planetas del Sistema Solar, este pequeño escurridizo era el único al que todavía no habíamos podido fotografiar en condiciones. En pleno siglo XXI es tan maravilloso que el ser humano siga siendo capaz de desvelar misterios astronómicos tan próximos que recuerdo aquellos días de EGB, cuando los profesores nos hablaban del Sistema Solar, y nosotros nos conformábamos con los dibujos de vivos colores, idealizaciones irreales, que ilustraban nuestros libros de texto. Gracias a ellos, para nosotros el sistema solar era una especie de serie de dibujos animados con planetas de colorines, estrellas brillantes y asteroides dignos de películas de Steven Spielberg, lo que no hacía más que aumentar nuestra curiosidad y fascinación.
La nave “New Horizons” que nos ha enviado las impresionantes primeras imágenes de Plutón partió de La Tierra en enero de 2006. Entonces el cuerpo celeste era considerado el noveno y más pequeño planeta del Sistema Solar. Sin embargo, durante el viaje de la “New Horizons”, la Unión Astronómica Internacional resolvió que Plutón dejaba de ser un planeta como La Tierra o Saturno, y le rebajaba a la condición de “planeta enano”, como tantos otros anónimos que pululan nuestros confines. Y es que las nuevas investigaciones confirmaron que Plutón no cumplía una de las premisas necesarias para considerarlo un planeta: tener una atracción gravitaroria suficiente como para limpiar su órbita de polvo y otros objetos menores. Así pues, el objetivo de la “New Horizons” seguía siendo el mismo, pero curiosamente había perdido parte de su prestigio. Nos habían “robado” ese noveno planeta que tanto nos excitaba de pequeños, aunque a los científicos les daba igual: seguía siendo muy interesante para investigar.
Desde luego no fueron pocas las quejas de los más profanos sobre la degradación de Plutón: ¡era injusto! Nos gusta tanto indignarnos… Tantos años aprendiendo que el Sistema Solar tenía nueve planetas que pasar a tener sólo ocho nos parecía tan escueto… Sin embargo, si cambiásemos la definición de lo que es un planeta para adecuarla a las características de Plutón, como muchos pidieron, tendríamos que dar la bienvenida al Sistema Solar a numerosos pseudoplanetas más, alguno incluso más grande que Plutón. Nuestro sistema planetario tendría, entonces, quince, dieciséis, veinte planetas, según fuéramos descubriendo tantos y tantos “planetas enanos”. Llamarle “planeta” a Plutón era más una idealización que una teoría científica sostenible. Pero nos resulta tan difícil desechar las costumbres que intentamos evitarlo como sea. Las imágenes de la “New Horizons” quizá no sean las de un planeta propiamente dicho, pero en el fondo qué más da: se trata de un gran logro para la Humanidad. No son pocos los que ya han creído ver una especie de mancha blanca en su hemisferio sur bien parecida a la representación simbólica humana de un corazón. Desde luego es sólo una coincidencia, pero no deja de ser una entrañable metáfora, como el último intento de mantener un vínculo difícil y complejo entre nosotros. Al menos lo has intentado, pequeño Plutón.

[MIL PALABAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal.