Escenas

Churrigueresco

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José Benito está indignado. La Gaceta de Madrid ha publicado que su estilo es churrigueresco. Algo que sería un insulto si no fuera porque Juan Benito precisamente se apellida Churriguera y ese es su estilo. Aun así, el arquitecto ha salido a la calle y, a voces, ha buscado a Juan de Goyeneche, editor y periodista, para que enmiende la ofensa. Le encuentra delante del Palacio de Goyeneche. Es decir, su palacio. El palacio que preside la plaza de la ciudad que él ha fundado a las afueras de Madrid, recuperando el nombre de su patria navarra: Nuevo Baztán. Ambos discuten mientras el arquitecto habla de las maravillas de su obra, su fachada, sus líneas, su magnificencia… Pero Goyeneche se despista un momento, mira mi cámara, se acerca y me señala ofuscado: “Pero ¿qué es eso, señor? ¿Qué son esas extrañas lentes que me apuntan?” “Brujería”, le contesto metiéndome en mi personaje improvisado. “¡Te estás quedando con mi alma!”, responde asustado mientras se acerca Churriguera, que ha seguido su discurso ajeno a nuestro duelo. “Pero señor, ¿con quién habla?” “Con un señor que tiene un extraño artefacto”. “¡Pero si aquí no hay nadie! Está usted delirando.” Y los dos ilustres prosiguen su divertido diálogo que he interrumpido con mi anacronismo. Afortunadamente las artes escénicas tienen estos pequeños genios llamados actores. Bravo por ellos. Bravo por los churriguerescos.


Guantanamera

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El hombre cantaba:

(…) Mi verso es de un verde claro
y de un carmín encendido.
Mi verso es un ciervo herido
que busca en el monte amparo (…)


Tres niveles

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Lo que me gusta de esta fotografía es la mirada de la joven sentada en la barandilla en la azotea de la Casa Milá, oteando el horizonte de la preciosa ciudad de Barcelona. Y, como siempre, lo mejor es que no fue premeditado. Frente a un enjambre de turistas intentando fotografiar cómo Gaudí hizo coincidir una de sus escultóricas chimeneas con su obra insigne, la Sagrada Familia, un servidor desistió ante la imposibilidad de hacerse un hueco y obtener una imagen limpia. Me retiré del agolpamiento y desplegué el teleobjetivo para enmarcar la escena desde lejos. Si no puedes evitar elementos superfluos y molestos, lo mejor es integrarlos en la composición. Con esa idea quise inmortalizar esas ansias turísticas de gente variada. Entonces esa muchacha también se retiró del tumulto y se sentó en la barandilla mirando al lado opuesto con un aire pensativo que me encantó. Ese contraste entre el barullo del fondo y la tranquilidad ajena de la chica está presidido por la Basílica “gaudiniana” por excelencia al fondo, todavía asediada por las grúas de sus obras. Tres niveles diferentes en una sola imagen. Si me hubiera resignado a sacar la fotografía típica, me habría llevado a casa sólo una de las miles de imágenes idénticas que todo el mundo hace. De esta manera me llevo mi propia experiencia de ese momento único. Una imagen mucho más sugerente, rica y original. Y es que es mejor aprovechar hasta los inconvenientes para dar siempre un paso adelante.


Sombras pegadas a personas

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Suben y bajan las sombras. Están pegadas a personas. Personas olvidadas por las piedras. Las veo ir y venir, subir y bajar, desde mi atalaya, desde mi escondite. Bárbaro francotirador. Id. Cada paso que dais. Volved. Cada peldaño que ignoráis. Suben y bajan las sombras. Se queda la luz que dejáis. Los pasos. Las señales. No volveréis. Y yo me quedaré en mi atalaya, mirando vuestras idas y venidas. Esperando nuevas sombras pegadas a personas.


Parapetada

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Escena en Trujillo

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Más que el ocaso

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Lo más llamativo de todo no era el cielo naranja tragándose al sol entre nubes fluorescentes, muy cerca del cerro del Otero, más allá de la última de las casas del pueblo, donde las calles se transformaban ya en caminos. Ni siquiera, los reflejos que estampaban los últimos rayos del día en el lago Negro, donde los pescadores iban dejando sus puestos a los cazadores furtivos de cangrejos. Lo más llamativo ni siquiera era el oro imposible de los rizos de Inés, que estrenaba corte de pelo aquél viernes, saliendo de la peluquería con la cabeza bien alta y una sonrisa a mitad de camino entre la burla y el orgullo, paseando su coquetería por delante de los mozos del pueblo y de las viudas que la censuraban con miradas recias. Lo más llamativo, al menos para mí, era el rojo poderoso de los tiestos que presidían los ventanucos de la casa de Miranda, la hija de la panadera, que los había estado regando con más fe que eficacia durante el último verano, y que los había recuperado para envidia de su vecina, Lola Yomasquetú. Era un rojo tan intenso que se veía desde el otro lado de la plaza, y para mí era como una bandera izada de sana soberbia, de inocua venganza, de maravillosa cabezonería. Un rojo que justificaba toda el agua empleada día a día, todos los mimos y todo el empeño por continuar una empresa por la que nadie daba un gramo de abono. Por eso, cuando aquella tarde asomé por la esquina del Recio y vi aquel rojo resplandeciente, di la espalda al ocaso naranja, al lago Negro y a los rizos de Paula y me deleité con el empeño y éxito de aquella mujer y sus flores rojas, a la que todos los entendidillos habían dado tantos consejos y tan pocas soluciones.
Y nunca nadie más volvió a subestimarla.