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La nueva Retina

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Todo cambia. Pasan los años. Se renuevan los intereses. En su séptimo año, “La retina de cristal” recupera toda su esencia: la Fotografía. Con mayúscula. Una reivindicación frente a la banalización de los teléfonos inteligentes y las fotografías “tiradas”, no “pensadas”. En un mundo con demasiadas opiniones vertidas (que no meditadas), “La Retina” cierra la boca, metafóricamente, y no publicará ni una sola letra más (algún pie de foto, si acaso). Estas son nuestras últimas palabras. A partir de ahora, toda imagen valdrá más que un millón de palabras vacías.
Es hora de redescubrir nuestra obra fotográfica en todo su esplendor. A lo largo de los meses iremos catalogando todas nuestras fotografías por temas, y añadiendo las nuevas. Esta bitácora permanecerá sólo como un porfolio de un fotógrafo que, pese a todo, sigue apasionado por la magia de la Fotografía. Así que, ahora más que nunca, abran sus ojos y sueñen. Gracias.

Héctor Campos

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Sin ganas

Hoy no tengo ganas de fotografía. Apenas, de palabras. Porque hoy es uno de esos días en los que uno busca razones sin encontrarlas. Y por eso calla. Y por eso niega. Y por eso llora. ¿El motivo? Nos dejó nuestra querida amiga Pilar S-Infante. Poetisa que adoptamos en Aranjuez y que quisieron en todas partes donde dejó su huella, mimosa y grande, allá por donde fue pasando con su alma de luz y ternura, de arte y fuerza, de coraje y verdad. Hace ya algunos días que nos dejó, pero la mente de uno todavía sigue siendo infantil en muchos sentidos, y se ha negado a ni tan siquiera creerlo. Pero ella ronda la cabeza y la biblioteca de mi casa, donde reposan algunos de sus trabajos autografiados. En la conciencia, el orgullo de haberla homenajeado en vida. Parece que fue ayer cuando publicamos la entrada “Un jardín muy especial”, rindiéndonos no sólo a su talento, sino a su desinteresada calidez. “Tengo una deuda pendiente contigo”, me dejó escrito como agradecimiento. Pero Pilar jamás tuvo deudas pendientes, porque todas estaban saldadas con el regalo de haberse dejado conocer y aceptar la amistad. Pero eso sé que yo, siempre, seré su deudor. Porque ninguna fotografía ni ninguna frase mía estuvo a la altura de su persona. Y ahora, ya, es demasiado tarde. Por eso hoy no hay ganas de fotografía. Apenas, de palabras. Pero siempre, de su poesía.

Simplemente, gracias.


Ich liebe Dich

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Sólo me queda un hilo de voz
y con él he cosido mis dudas
atadas sobre el último adiós
que pende colgado de la luna.

Vuelvo a llorar sobre mojado.
Ningún verso se escribe solo.
Si al fin me dejas a un lado.
Echaré tu cierre en mi candado.

Me persigue una realidad recurrente
que mata mi pequeño sueño feliz.
No dejaré que me despierte,
intentaré cerrar tus ojos sobre mí.

Pase lo que pase me llevo lo que aprendí:
tú me enseñaste a decir: “Ich liebe Dich”.


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Backnang

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Un arte sin público

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Estaré a más de cien metros de altura sobre la ciudad alemana de Ulm. Hemos ascendido por unas escaleras interiores de caracol infernales, por donde sólo cabe una persona, apenas también sus pensamientos en la cabeza. Todavía nos quedan algunos metros más de ascenso, por escaleras todavía más infernales, todavía más estrechas, todavía más emocionantes. No hay apenas descansillos, no hay apenas respiros; sólo, un par de pequeños miradores por donde la gente contempla impresionantes vistas no sólo de la ciudad a sus pies, sino de toda la comarca. Y es que estamos en la iglesia más alta del mundo. Podemos admirar un impresionante paisaje de decenas de kilómetros a la redonda. Pero yo me fijo en estas dos esculturas. Y pienso en su autor; en su escultor. En el mimo y dedicación que puso, en su empeño por conseguir tanto detalle para una obra que nadie vería a no ser que se encaramara a la fachada a cien metros de altura. Como estas, otras figuras se asoman por todo el edificio, a diferentes alturas, todas imposibles de alcanzar. Y todas, con admirables detalles y realistas acabados. Pienso, ya en casa, que esas patas musculosas, esas uñas perfectas, esos ojos vivientes… siguen allí, aguantando la lluvia y el sol, sin nadie que los mire, sin nadie que los admire. Y pienso si el arte tiene sentido sin público, igual que estas palabras sin lectores.

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El funámbulo de Schelztorturm

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Aún recuerdo aquel ocaso cuando nos topamos con él. Nosotros tan torpes en tierra; y él, tan grácil en su ingravidez. Caía el sol pero mantenía el equilibrio. Como un funámbulo eterno. Eterno en su equilibrio, en su sencillo empeño por vencer la gravedad, en convertirse en estatua. O en contraluz. Un contraluz al atardecer. Un ocaso atravesado por una flecha, como atravesada está la vieja torre de Schelztorturm, una de las más emblemáticas de Esslingen. Viajan así en el tiempo y en el espacio: la torre, la flecha y el funámbulo. Sólo yo partiré para reencontrarme con mi propio ser, ese que dejé a miles de kilómetros de distancia, que es donde ahora estoy, escribiendo estas torpes palabras sobre aquella tarde, sobre aquel ocaso, sobre aquella flecha, sobre aquella torre atravesada. Y me doy cuenta de que el funámbulo, ese que desafía tiempo y espacio, soy yo.


E(i)sslingen

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Partimos en dos coches. Cuando llegamos, nos llamamos por teléfono. “¿Dónde estáis? Nosotros hemos aparcado en el centro”, nos dice el coche número dos. “Qué extraño” -pensamos-: el centro está saturado y no hay un sitio libre. “Cuando aparquemos, os llamamos”, contestamos. Tras desistir, metimos el coche en un aparcamiento y salimos a superficie. Telefonazo de los compañeros: “Estamos en un McDonals; preguntad y os esperamos aquí.” Asaltamos a un buen hombre y le preguntamos por el establecimiento de “comida” rápida. Su cara de ignorancia empezó a mosquearnos: “Aquí no hay ningún McDonals”. Miradas extrañadas y nuevo telefonazo: “Pero ¿dónde estáis?” Ellos, que comprueban su GPS y desvelan el error: “Pues en Eislingen”. Contestamos: “Bien, había que ir a Esslingen. Dad la vuelta y os esperamos.” Y risas para todo el día.

Como recompensa para los que llegamos al destino correcto, esta postal.