Archivo para diciembre, 2015

Imagen

Atardecer manchego

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Asimétrico

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Hoy me han dicho que uno de mis ojos es más torpe que el otro. Nada importante, dicen, mientras yo pienso: soy asimétrico visual. Quizá por eso veo el mundo torcido aun estando bien derecho. Quizá por eso disparo con una cámara fotográfica, pues sólo se precisa de un ojo. Imágenes bidimensionales, claro. “Disfrutando de la ausencia de la tercera dimensión”, canta Izal (una de las mejores bandas españolas actuales). Al fin y al cabo, aunque hace más de un siglo los primeros intentos fotográficos comerciales fueron tridimensionales (las estereoscopias), hoy la fotografía es puramente bidimensional. Plana. Ahí cobra su mayor valor, junto con la monocromía: jugar con las formas, las líneas, la geometría, la composición… La tercera dimensión es sólo un estorbo, e incluso el color en la mayoría de las ocasiones.
A punto de terminar el otoño, piso los sotos y las huertas históricas de Aranjuez, con sus impresionantes calles arboladas inventadas por reyes pretéritos, arquitectos soñadores y paisajistas pioneros. Se intercalan de repente elementos dispersos, alejados centenares de metros y de años: una casa de labranza abandonada y una azuda de riego decimonónica. Ya estoy buscando el ángulo. Ya estoy haciendo coincidir formas, líneas, geometrías… Y para eso cierro un ojo. Voy por la vida con un ojo guiñado. Apunto con la cámara y no me convence. Me alejo para desplegar el teleobjetivo al máximo y conseguir que los diferentes elementos, dispuestos a muy diferentes distancias, parezcan cercanos todos entre sí. Cierro el diafragma para acentuar el efecto enfocándolo todo. Y ahí está: esa puerta vacía, esos muros derruidos, esas plantas salvajes… Esa noria lejana, que mide quince metros de diámetro, se asoma tímida por el quicio y parece ahora tan pequeña, tan insignificante… Hago varias tomas: verticales, horizontales, descentrando la puerta, alejándome, acercándome… Y finalmente escojo esta. Bueno: la escoge mi ojo. No sé si el bueno o el malo.
Es la primera vez que paso un reconocimiento médico sin lograr un sobresaliente en todas las pruebas. Es la primera vez que me dicen eso de “todo genial, pero…” Quizá tenga algo que ver con que hayan aparecido extraños pelos blancos en mi cabeza, que concienzudamente he tratado de quitármelos delante del espejo creyendo que eran de la gata (“esta gata suelta más pelos…”); pero resulta que no, que son míos (“Pero… ¡si soy castaño!”). La doctora se ha reído. Yo, no tanto… También me ha dicho que la fantástica salud de mi ojo sano compensa al (ligeramente) torpe. “¡Qué solidaridad!”, pienso. Pero eso no lo digo; tampoco quiero parecer un chalado o un graciosillo.
Lo mejor de todo es que no me ha dicho cuál es el torpe y cuál el sano. Así que seguiré guiñando al azar.


Calle de la Montaña

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Siempre debería ser otoño en Aranjuez

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Está ronco el paisaje. No, no lo está. Está marchito. No, no lo está. Está triste. No, no lo está. Brilla aun con las nubes que vienen y van. Palpita aun con el frío de la soledad. Porque no todo es primavera, ni siquiera verano. Porque no sólo en vacaciones uno puede disfrutar de un lugar. El privilegio es pasear sin salir de casa. Y disponer de estos paisajes, de estos colores, de estos ramajes… Tan lejos de los lugares que salen en las guías. Porque estas tierras no son jardines, no son palacios, no son ni siquiera pueblo. Son los sotos y las huertas históricas de Aranjuez, un tesoro ignorado que algunos pocos preservan y disfrutan a partes iguales. Como nosotros esta fría mañana de noviembre, pisando sus hojas, admirando sus colores, degustando sus olores. Olores a campo y tierra, a río y vida, a humo de leña. No está ronco el paisaje, ni mudo ni sordo. Late con más fuerza que nunca. Porque siempre debería ser otoño en el Real Sitio de Aranjuez.