El mar de Alcázar

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La Mancha tiene mar. Tiene, en realidad, muchos mares: unos subterráneos, inmensos, esquilmados, maltratados… Pero todavía vivos: sus acuíferos. Y otros, superficiales: lagunas aquí y allí, en terrenos llanos, maravillosamente llanos, pues no toda belleza tiene que ser montaña. Ni todo mar, el tópicamente imaginado. Aquí el mar es salado, pero apenas cubre la cintura. Se expande, eso sí, allende el horizonte. Y juega con la luz, tiñendo sus aguas de azules, añiles y rojos según el sol asciende o desciende. Permite en su interior una rica vida ignorada, pero increíblemente sofisticada, que atrae a científicos que llegan para investigarla. Alcázar tiene tres de esos mares y ha aprendido a quererlos. Poco a poco, con el tiempo. Pues no es fácil apreciar una joya sin pulir si no es con esmero. Lo ha hecho, y ahora la muestra a los visitantes más dispuestos, más curiosos, los que no sólo buscan árboles sin ton ni son, playas tópicas, paisajes idealizados y obcecados en la postal barata. Alcázar tiene una joya única y sabe mimarla. Ahora es cuestión de saber mirarla.

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