La única frontera

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El problema no es acogerlos o no acogerlos. No hay opción: no dejaríamos morir en el mar a un náufrago. Es nuestra obligación moral. Lo contrario sería omisión de socorro. Eso está penado en las carreteras. ¿Por qué no en las fronteras? El problema no es ese. El problema no es que millones de personas huyan de sus países. El problema es que quieran huir; que necesiten huir; que no tengan otra opción. Por eso el problema no es acogerlos o no. El problema es conseguir que no tengamos que hacerlo. Construir un mundo en el que una familia no tenga que abandonar su tierra obligatorialmente. Porque ellos no son el problema; ellos no quieren huir. Ellos aman su tierra. Pero su tierra está contaminada de odio, muerte, terror, horror… Y no les queda otra opción. Por eso el problema no es acogerlos o no acogerlos. El problema es construir un mundo en el que todo el mundo pueda quedarse a vivir en su propia casa sin temor a que, en cualquier momento, salte por los aires. Que las migraciones sean opcionales. Que buscarse la vida en otro país sea para mejorarla, no para salvarla. Que los monstruos no vayan comiéndose países, apoderándose de sus culturas y transformándolas en agujeros negros; lugares donde nadie apegado a la vida, a la paz, a la felicidad quiera poner sus pies. Evitar que el mal gane al bien. Así de simple. Que nadie quiera abandonar su barrio, su cultura, sus aceras, sus calles, sus edificios, sus fiestas… porque no tiene otro remedio. El reto no es acoger refugiados; el reto es que nunca jamás los vuelva a haber. Y que la única frontera inquebrantable del mundo sea un tejado bajo el cielo.

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