Archivo para septiembre, 2015

Contra la soledad

HEC_0027 (2) (Copiar)

Sueños lentos y aviones veloces que viajan al sol. Compitiendo por el ver el preciso momento en que empieza a amanecer. Por ahora y de momento no me he cansado de viajar. No busco remedio contra la soledad.

“Sueños lentos y aviones veloces”, de Izal.

Anuncios

Sueño

HEC_0028 (Copiar)

Doble exposición sin retoque fotográfico.


La única frontera

HEC_0068_01 (Copiar)

El problema no es acogerlos o no acogerlos. No hay opción: no dejaríamos morir en el mar a un náufrago. Es nuestra obligación moral. Lo contrario sería omisión de socorro. Eso está penado en las carreteras. ¿Por qué no en las fronteras? El problema no es ese. El problema no es que millones de personas huyan de sus países. El problema es que quieran huir; que necesiten huir; que no tengan otra opción. Por eso el problema no es acogerlos o no. El problema es conseguir que no tengamos que hacerlo. Construir un mundo en el que una familia no tenga que abandonar su tierra obligatorialmente. Porque ellos no son el problema; ellos no quieren huir. Ellos aman su tierra. Pero su tierra está contaminada de odio, muerte, terror, horror… Y no les queda otra opción. Por eso el problema no es acogerlos o no acogerlos. El problema es construir un mundo en el que todo el mundo pueda quedarse a vivir en su propia casa sin temor a que, en cualquier momento, salte por los aires. Que las migraciones sean opcionales. Que buscarse la vida en otro país sea para mejorarla, no para salvarla. Que los monstruos no vayan comiéndose países, apoderándose de sus culturas y transformándolas en agujeros negros; lugares donde nadie apegado a la vida, a la paz, a la felicidad quiera poner sus pies. Evitar que el mal gane al bien. Así de simple. Que nadie quiera abandonar su barrio, su cultura, sus aceras, sus calles, sus edificios, sus fiestas… porque no tiene otro remedio. El reto no es acoger refugiados; el reto es que nunca jamás los vuelva a haber. Y que la única frontera inquebrantable del mundo sea un tejado bajo el cielo.


Rincón detrás de la iglesia

HEC_0052 (Copiar)


Campanas a vuelo

HEC_0061 (Copiar)


Churrigueresco

HEC_0026 (Copiar)

José Benito está indignado. La Gaceta de Madrid ha publicado que su estilo es churrigueresco. Algo que sería un insulto si no fuera porque Juan Benito precisamente se apellida Churriguera y ese es su estilo. Aun así, el arquitecto ha salido a la calle y, a voces, ha buscado a Juan de Goyeneche, editor y periodista, para que enmiende la ofensa. Le encuentra delante del Palacio de Goyeneche. Es decir, su palacio. El palacio que preside la plaza de la ciudad que él ha fundado a las afueras de Madrid, recuperando el nombre de su patria navarra: Nuevo Baztán. Ambos discuten mientras el arquitecto habla de las maravillas de su obra, su fachada, sus líneas, su magnificencia… Pero Goyeneche se despista un momento, mira mi cámara, se acerca y me señala ofuscado: “Pero ¿qué es eso, señor? ¿Qué son esas extrañas lentes que me apuntan?” “Brujería”, le contesto metiéndome en mi personaje improvisado. “¡Te estás quedando con mi alma!”, responde asustado mientras se acerca Churriguera, que ha seguido su discurso ajeno a nuestro duelo. “Pero señor, ¿con quién habla?” “Con un señor que tiene un extraño artefacto”. “¡Pero si aquí no hay nadie! Está usted delirando.” Y los dos ilustres prosiguen su divertido diálogo que he interrumpido con mi anacronismo. Afortunadamente las artes escénicas tienen estos pequeños genios llamados actores. Bravo por ellos. Bravo por los churriguerescos.


[MIL PALABRAS] Quien se mueve no sale en la foto

La considerada como la primera fotografía de la historia que se conserva la realizó un ingeniero francés llamado Joseph-Nicéphore Niépce desde una ventana de su granero en Saint Loup de Varennes, en Francia, en 1826. Evidentemente, debido a los medios más que precarios (básicamente era una placa de estaño recubierta de betunes y aceites fotosensibles), el resultado (titulado Point de vue du Gras) fue un triángulo blanco rodeado de formas geométricas, que fue a lo que quedaron reducidos los edificios y los campos circundantes que Joseph veía desde su ventana. Lo que hoy sería un resultado decepcionante fue en aquellos lejanos días un prodigio que revolucionó el arte y la técnica, y precipitó la perfección de una nueva técnica llamada fotográfica, a la que aún le faltaba mucho camino que recorrer tanto en nitidez como en calidad. Para lograr la primera fotografía de la historia, esa extraña mezcla de formas y figuras casi irreconocible, Joseph necesitó una exposición de… ocho horas.
Doce años más tarde, el famoso Louis Daguerre estaba experimentando masivamente su también afamado daguerrotipo, el primer proceso fotográfico propiamente dicho desde la base de los experimentos de Niépe, con resultados mucho más vistosos. Pero seguía precisando de largos tiempos de exposición para que los rayos del sol impregnaran las placas fotosensibles que empleaba, así que eran normales las fotografías de varios minutos de exposición. Un día de 1838, en la céntrica calle parisina del Boulevard du Temple, instaló su cámara en lo alto de un edificio y encuadró el ajetreo diario urbano. Empezó la exposición y la dejó durante aproximadamente siete minutos, para que la luz hiciera su trabajo. Cuando terminó y reveló su daguerrotipo, vio satisfecho aquel paisaje de edificios, casas, aceras, árboles, ventanas… Todo perfectamente nítido. Pero no había nadie por las calles. Ni un viandante. Ni un vecino. Ni un paseante. Nadie, a pesar de que en aquella hora punta París era un hervidero de gente. Daguerre no se sorprendió, porque él lógicamente sabía lo que había pasado.
Y lo que había pasado era que, en las fotografías de larga exposición (es decir, cuando la cámara está tomando una foto durante segundos o minutos), todo objeto que se mueve se difumina hasta desaparecer completamente, tapado por el paisaje estático. Si hoy, cuando nos van a hacer una fotografía, nos piden que nos estemos quietos para no salir “movidos” en exposiciones de un tercio de segundo, en una exposición de varios minutos los objetos móviles simplemente desaparecen. Por eso la calle parisina parece desierta, pues todos los viandantes, los comerciantes, los paseantes y sus posibles mascotas, sus vehículos, incluso los pájaros… Todos estaban moviéndose. Bueno, todos menos uno: si nos fijamos en la parte inferior izquierda de la toma, justo en la esquina de la acera, vemos una figura antropomorfa borrosa. Parece tener una pierna levantada y apoyada en un cajón. Después de investigar, los expertos no albergaron duda alguna: era un hombre (con sombrero) al que un limpiabotas (tapado por un árbol) le estaba lustrando sus zapatos. Sólo él permaneció quieto durante esos minutos. Y, por eso, sólo él salió en la fotografía. De hecho, se considera el primer retrato de un ser humano de la historia. Lo que sirve de perfecto ejemplo al dicho de “quien se mueve no sale en la foto.” Pero ¿qué hay de malo en no salir en la foto? En el siglo XIX y principios del XX, que alguien le hiciera a uno una fotografía podía significar ser un personaje importante (contratar a un fotógrafo y su equipo era todo un acontecimiento) o estar muerto (pronto se desarrolló la fotografía funeraria, la manera que tenían las clases pudientes de quedarse con un recuerdo de sus muertos: fotografiándolos). Pero, en pleno siglo XXI, no tiene ningún mérito.
Fue Alfonso Guerra quien popularizó una famosa expresión cuando intentaba advertir a los posibles disidentes de su partido de la necesidad de “hacer piña”. Si no lo hacían y caían en la tentación de la disidencia, no saldrían en la foto. Es decir: se quedarían fuera. Entonces se empezó a ver a los fotógrafos, sobre todo los de prensa, como escaparates perfectos en los que mostrarse al pueblo como líderes, los jefes del pueblo. Todo el mundo quería salir en la foto, y esa idea se ha extendido hasta hoy, era en la que la publicidad gratuita de las portadas les lleva a hacer lo que sea para llamar la atención y salir en la foto, como besar niños, montar en bicicleta o despachar en una carnicería. Lo que sea por salir en la foto. Pero no se dan cuenta de que hoy lo difícil es no salir en la foto. Ejemplo: camino por mi ciudad, turística hasta la médula, y voy apartándome de encuadres improvisados y tomas furtivas. No quiero ser el anónimo protagonista de imágenes digitales que se perderán en el tiempo vete tú a saber en qué hogar y con qué fines. Como tampoco me hubiera gustado ser protagonista ni haber salido en ciertas fotos: en las Azores, por ejemplo. En África junto a un elefante muerto, por ejemplo. Paseando con un Ferrari descapotable por Valencia, por ejemplo. Dándole a una campana, sonriente, con un logotipo verde de fondo, por ejemplo.
No, definitivamente, eso de estarse quieto para salir en la foto está sobrevalorado.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal.