[MIL PALABRAS] Muy por encima del mar

Un hombre de mediana edad se despierta en la cubierta del transatlántico. Cuando abre los ojos observa la inmensidad de la piscina inmaculadamente azul en la que hace apenas una hora ha estado chapoteando. Agua dulce flotando sobre agua salada. ¡Eso es progreso! Nuestro hombre descansa ahora en la tumbona con un vaso reposado sobre su barriga, demasiado amplia, demasiado flácida. Busca sus gafas en la mesa y el camarero le advierte de que en breve se servirá la cena en el comedor de gala. Sonríe. Pero antes de asistir a tan apetitosa cita, se asoma a la barandilla para contemplar el infinito océano, tan brillante, tan precioso, tan inabarcable. De repente, un puntito negro le llama la atención. Un puntito negro que va creciendo según se va acercando. Se afana por observar y constata su peor presentimiento: es una pequeña barca perdida, tan colmada de negros que empieza a zozobrar. El hombre, estupefacto, pierde los nervios y se queda inmovilizado. Afortunadamente pronto sale de su conmoción y reacciona: busca a su alrededor, pero no hay nadie. Todos están ya en el comedor, y la cubierta se presenta desierta. Está solo para atender a esas decenas de pobres migrantes, algunos niños, bastantes bebés, que apenas tienen fuerzas para gritar y pedir ayuda. Ve cómo algunas mujeres están embarazadas. Muchos hombres parecen desvaídos, quién sabe si ya muertos. Los más jóvenes alzan las manos desesperados. El hombre sigue su búsqueda infructuosa cuando de repente aparece su mujer, una elegante señora de su misma y madura edad, de pelo cano y vestido azul largo que se bambolea al suave viento marítimo y que, ante la ausencia de su marido en el comedor, ha subido a buscarle. Cuando la ve, el hombre se agita nervioso, alza los brazos y grita, desesperado: “¡Rafaela, Rafaela! ¡Rápido, rápido!”. Ella llega corriendo a su altura y ve con horror a los hombres, ya hacinados intentando trepar inútilmente por la quilla del enorme barco. “¡Vamos, no pierdas tiempo! ¡Tírales algo!” La mujer, siguiendo las órdenes de su marido, acertó a arrojar un extintor que rebotó en la sien de uno de los desgraciados que, al caer, se llevó por delante a otros tres compañeros de viaje, regándolos de sangre. “Menos mal. Si alcanzan nuestro estatus, no podremos seguir pisándolos”, se le escapa a él. Ella sonríe y juntos acuden a la llamada de la apetitosa cena en el comedor de gala.
El barco lleno de negros volvió a convertirse en un puntito lejano, y el transatlántico siguió su rumo por encima, muy por encima del mar.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 

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