[MIL PALABRAS] ¡No, gracias!

Uno de los requisitos de las comedias televisivas actuales parece ser presentar situaciones rocambolescas de la forma más dantesca y estridente posible. Aun apreciando su sabor de distracción rápida y efectiva para pasar el rato sin pensar en demasía, teleseries como “Cómo conocí a vuestra madre”, “The Big Bang Theory” o las españolas más vistas como “Aída” o “Ancla 2” presentan en sus personajes estereotipos exagerados hasta el ridículo, que es lo que, en su patetismo, causa situaciones grotescas que dan pie a la risa (casi siempre, enlatada). Sin querer menospreciar el talento de sus guionistas y la nueva narración del siglo XXI, que con sus muchos defectos y algunas virtudes no dejan de ser productos de entretenimiento sin más pretensiones, me resulta curiosa la comparación con la que para mí es la serie más estimulante jamás creada: “Doctor en Alaska” (“Northen Exposure”, originalmente). Y fíjense en que no uso la manida y absurda expresión “la mejor serie”, ni siquiera “una de las mejores” (que tanto gusta a los críticos sabihondos), sino “estimulante”; es decir, según la Real Academia: “Que aviva el tono vital.”
“Doctor en Alaska” (emitida de 1990 a 1995) fue creada para rellenar los huecos dejados por las series “de prestigio” en la CBS durante el verano, y eso les dio toda la libertad creativa a sus responsables. Pero el éxito de la primera temporada fue tal que la serie “de relleno” se convirtió en una “de culto”. Narra los a menudo frustrados intentos de Joel Fleischman, un doctor neoyorquino urbanita, por adaptarse a un pequeño pueblo perdido en Alaska, donde ha acabado engañado por un contrato leonino, rodeado de lo que más detesta en lo profundo de su ser: la Naturaleza, la tranquilidad y sus pueblerinos habitantes. Es una comedia. Las situaciones cotidianas pueden ser tan curiosas como una caravana de mujeres llegadas de todo el país, que acuden a la llamada de un joven que desprende feromonas como si fuera un oso en celo; la caída de un satélite de la Nasa que aplasta al novio de una joven que se siente gafe (van cuatro novios muertos…); la celebración de un divorcio por todo lo alto (“Quiero que celebres mi divorcio; significa mucho para mí”); el descubrimiento de un agua que invierte el comportamiento de hombres y mujeres; o árboles que hablan (“Bueno, no son voces; más bien, como gruñidos”). Pero no hay risas enlatadas; ni si quiera recursos sonoros para acrecentar el patetismo de las escenas (como cortinillas o fanfarrias). Todo lo contrario: se muestra de una manera natural, incluso científica: no hay barbaridad que Joel no intente explicar cabalmente para evitar así caer en la más absoluta locura de un lugar que le tiene martirizado (en una ocasión encuentra un mamut y sueña con que la fama le saque del lugar, pero no le da tiempo a avisar a los científicos: un lugareño se le adelanta y lo cocina). Desgraciadamente el doblaje español echa por tierra numerosas escenas (no por los actores de doblaje, magníficos, sino por pésimas traducciones), y se pierde gran parte de los matices cómicos.
Pero esa tremenda sutileza original (muchos dirán que no es sutileza, sino aburrimiento), que sólo podrán saborear los espectadores más inteligentes en episodios de casi cincuenta minutos (cuando lo normal hoy es que una comedia no pase de los veinte, con escenas rápidas y chispeantes), hizo que paradójicamente la serie fuera premiada varias veces en la categoría de “drama”. Para desternillo de sus creadores. Tal era la naturalidad de actores y guionistas, que presentaban la más disparada locura como algo normal. La comedia pasaba casi desapercibida, confundida con la tragedia, casada con el humor negro o el costumbrismo rural. Como cuando un anciano al que el médico le pide que piense en su futuro (un andador para su maltrecha espalda), lo interpreta a su manera y se pega un tiro en la cabeza (pero antes se arregla, se perfuma y deja una cara botella de vino para quien encuentre su cadáver en la cama de su casa); o cuando pagan al médico con treinta kilos de grasa de ballena (“¡Es algo sagrado para ellos! ¡Deberías estar agradecido!”); o cuando un personaje se sale de su guion en pleno duelo y dice: “Dejémoslo; los espectadores son lo suficientemente inteligentes como para saber que no nos vamos a matar entre nosotros. Pasemos a la siguiente escena”. Todo, en realidad, guardaba un secreto: una extraña filosofía, un canto a la vida, a las diferentes culturas, a ver el mundo desde mil perspectivas distintas, con tolerancia y comprensión, con humor y amor, sin el odio y la indignación que hoy parece inundarlo todo. Una forma de aceptar las manías, las locuras, los defectos y los aciertos de los demás, siempre que no sean perniciosos, para intentar comprendernos a nosotros mismos y, siempre, con la sana intención de aprender. Y todo con personajes aparentemente simples por fuera, sin complejidades, sin las exageraciones que hoy tanto gustan, pero con una riqueza inmensa que posibilitará que la serie se desarrolle sin verse forzada, como ocurre en las actuales, que a la tercera temporada todo parce artificioso.
No es de extrañar que los críticos y “expertos” confundieran “Doctor en Alaska” con un drama. Aunque tenía partes dramáticas (como todas las comedias), prevalecía el humor. Me encanta, pues, la escena en la que Joel le pregunta a un cinéfilo joven indio de la zona, ante otro hecho dantesco: “Pero ¿habías visto algo así en algún lugar?” Y el chico, Ed, contesta: “Sí: James Bond”. Joel le replica: “Eso es la ficción. ¡Busca en la realidad!” Ed sentencia lapidariamente con una amplia sonrisa, tras pensar un inteligente segundo: “¡No, gracias!”

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