[MIL PALABRAS] El “Libro Árbol”

La idea ya de por sí me pareció tan poética que me atrapó inmediatamente: de las páginas de un libro surgen raíces, vida bajo la tierra que la atraviesa hasta formar un ser vivo vegetal. Un árbol que brota de un libro. Una idea romántica que rompe el tradicional y negativo concepto de los libros como devoradores de bosques, quizá, el único aspecto verdaderamente negativo de las ediciones en papel. El “Libro árbol” se presenta por parte de sus autores como “un libro que se planta”, cuyas páginas han sido confeccionadas con materiales reciclados y tintas biodegradables, y cuyas tapas contienen semillas. Así que, si lo depositamos en un agujero lo suficientemente profundo, lo tapamos y abonamos, lo regamos y cuidamos, al cabo del tiempo nacerá un jacarandá, especie autóctona de Argentina. ¿No es hermoso?
A principio de los años 90 fuimos pocos los niños que convencimos a nuestros padres para que nos compraran esos cuadernos cuyas hojas no eran blancas, como las impolutas de nuestros compañeros (gracias al cloro), sino marrones, ásperas, rugosas, débiles e increíblemente caras. Lo hacíamos porque alguien (no existía Internet) nos había dicho que esos toscos cuadernos eran ecológicos, porque las hojas estaban hechas de otras hojas, de periódicos, de cartones… Es decir: de papel reciclado. Era difícil encontrarlos en las papelerías del pueblo; casi nadie los tenía. Pero nosotros, de una u otra manera, sentíamos que estábamos haciendo “algo” por la Naturaleza, aunque fuera a costa de la economía paterna y unos borrones que les costaban un esfuerzo extra a nuestros sufridos profesores. Eran los primeros intentos por acercar la responsabilidad como consumidores a los más pequeños. Y nosotros, orgullosos, nos teníamos por ecologistas con rodilleras.
Hoy, muchos años después, la tecnología editorial ha cambiado y evolucionado enormemente hasta aliarse con la ecología (lo que otrora era llamado despectivamente “ecologista”, hoy es lo normal). No nos conformamos sólo con papel reciclado; eso es lo mínimo. Quedan absurdos los comentarios que escuché a Javier Sardá cuando, en un debate radiofónico sobre si era mejor el libro digital o el impreso, se decantaba obcecadamente por las nuevas tecnologías, despreciando el papel, simplemente porque aseguraba que arrasaba con los bosques. Si hubiera hablado de gustos, habría tenido al menos el beneficio de la subjetividad, y ahí nadie puede contradecirle, pues allá cada cual con lo que prefiera consumir. Pero no lo hizo: simplemente presentó al libro impreso como un cáncer de los bosques, sin excepción, y a las nuevas tecnologías como una alternativa eficaz. Habría que preguntarse qué tipo de recursos emplean las tabletas, libros digitales, teléfonos móviles y demás artefactos en su fabricación y, lo más triste, en su destrucción. Necesitaríamos otro artículo… Al contrario, en los últimos años cada vez es más extendida la certificación de Greenpeace (FSC, Forest Stewardship Council) dando fe de que las novedades editoriales han sido fabricadas siguiendo métodos eficientes de sostenibilidad forestal y ecología. En otras palabras: el libro nunca ha sido tan amigo de la naturaleza como hoy.
Está claro que hoy leer papel no está reñido con la ecología. La elaboración de un producto puede ser todo lo beneficiosa que quieran sus fabricantes y elijan sus consumidores. Nuestro querido “libro árbol” no está a la venta. Nunca lo estuvo. Ni siquiera tiene mucho sentido fabricar algo para ser enterrado tras un solo uso (la mejor manera de rentabilizar un libro es regalándolo, donándolo o prestándolo una vez leído, alargando su vida durante décadas). El “Libro árbol” fue sólo un experimento del que se confeccionaron a mano menos de cien ejemplares, que la editorial argentina de libros infantiles “Pequeño editor” distribuyó a algunas librerías de Buenos Aires para concienciar a los más pequeños sobre el cuidado del medio ambiente. Una manera de inculcarles la idea de que todo lo que poseen proviene de algo y tiene sus costes e impacto en la naturaleza: la leche, de la vaca (no del cartón); la manzana, del manzano (no del Hipercor); que cada libro viene de un árbol, y que cada árbol merece todo nuestro respeto. Pero, sobre todo, que la diferencia entre imposible y posible son sólo dos letras, y que lo que ayer era utópico hoy puede ser realidad. Todo depende de nuestra elección como consumidores. Y de nuestra capacidad de hacer bien las cosas; esto es, de cambiar el mundo empezando por cambiar nosotros mismos.

[MIL PALABRAS] es el artículo dominical de opinión de La Retina de Cristal. 

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