[MIL PALABRAS] Artículo indeterminado

La bici parece la víctima de un accidente, ahí tirada en el camino, polvorienta, con el manillar girado, imitando las posturas ridículas que adoptan los cadáveres en un choque violento. Pero no ha sido intención mía; quizá, sólo mi ímpetu. He saltado, eso es verdad. Porque este arañazo en la tierra, que alguien –quizá demasiado optimista, quizá demasiado obstinado– pueda llamar “camino” me ha recordado, de repente, un pasado remoto. Por eso la bici ahí tirada, por eso mis zapatillas llenas de polvo y prisas. Qué ironía: de repente, un día cualquiera, sin premeditación ni motivo aparente, tenemos prisa por recuperar un pasado del que habíamos aprendido a prescindir durante años. Y todo porque entre los reflejos del agua muda de la laguna y las ruinas de una casa olvidada, cuyos últimos dueños quién sabe si serán hoy ancianos o ya cenizas, estaba el árbol.
El árbol, no un árbol. No es lo mismo anteponer un artículo indeterminado que otro determinado; la diferencia es abismal. Por eso frené en seco, porque los recuerdos a veces son como barcos que llegan a puerto sin avisar, sin sirenas ni anclas, con todo el estruendo de su proa estrellándose contra el muelle desprevenido, haciéndolo añicos sin concesión. Por eso, egoísta, dejé la bici ahí tirada, traidor de mí, como una amante despechada, sabiendo que me esperará para cuando quiera reconciliarme con ella y que me regrese a la realidad. Pero mientras llegase ese momento, me adentré en la ribera serena de la laguna tranquila. Y es que esa pequeña explanada me era tan familiar como la cama en la que duermo plácidamente cada noche, como cada esquina de ese rincón tan íntimo, como el suave roce de la sábana que me cubre cuando estoy indefenso. Avivado por un olor perdido y una imagen encontrada, de repente, un torbellino de recuerdos asaltó mi mente. Apareció mi abuelo, pala en mano, terminando de tapar las ridículas raíces de un boceto de árbol. El ruido de la pala estrellándose contra la tierra emitía un sonido agradable, de trabajo reconfortante, de esperanza e ilusión. Regó alrededor del enclenque tronco, no más grueso que un palo del que parecía imposible que ninguna vida pudiera brotar. Pero él, sereno, confiado, con la experiencia de la vida en sus ojos, en su piel quemada por décadas al sol, esa piel pegada a los huesos, amoldada a las venas, esa piel tan fina como el papel de fumar… terminó su empresa con una leve sonrisa. Alzó la vista, se enjugó el sudor de la frente convirtiéndolo en una especie de barro salado, y me miró orgulloso: “Algún día, dentro de muchos años, este árbol dará sombra. Y entonces tienes que acordarte de este momento, de cuando lo plantamos. Así me recordarás siempre, porque yo ya no estaré.”
La película, mi película, terminó cuando el viento movió las ramas y rompió la pantalla gigante de mis recuerdos infantiles, consciente de que mi abuelo, de una u otra manera, había cumplido la profecía. Y entonces me giré y vi ese otro árbol. Y luego, aquel otro. Y a continuación, el de más allá. Y, de repente, ya no sabía si estaba o no en el lugar adecuado. Si era ese era el árbol o sólo un árbol. Artículo determinado o indeterminado. Árbol localizado o ilocalizable. Profecía cumplida o nieto estúpido. Deambulé confuso con el sol sobre mi espalda, haciéndome sudar copiosamente. Cada gota resbalando por mi piel, como hormigas de sal molestas repasándome el espinazo. Mis pies, confusos, tropezaban con piedras que antes no estaban, con arbustos que antes que no eran, con recuerdos que ya no volvían. El sol descendió media hora y mi espalda estaba completamente empapada. Desesperado, inútil, triste, deserté y me senté sobre una piedra que no debería yacer al lado de unos juncos que no deberían erguirse. Y el viento volvió a mover las ramas de unos árboles cercanos, dos o tres, que parecían hermanos, resguardando mi cara del implacable sol. Y, de repente, todos y cada uno de aquellos árboles los había plantado mi abuelo. Y, de repente, ya no tenía que buscarle en la sombra de un árbol perdido en mitad de algún lado.
Tan sólo tenía que mirar al sol.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 

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