Archivo para agosto, 2015

[MIL PALABRAS] Desnudos

Es curioso que cuando uno comete un error tratando de hablar en inglés, por ejemplo, se le remarca ese fallo casi como hubiera cometido un homicidio con premeditación y alevosía. Igualmente ocurre cuando uno yerra en geografía, en una fórmula matemática o en algún hecho histórico (fechas, reyes, guerras…). Todo el mundo, afortunadamente, comparte sus conocimientos profesionales o aficionados, en las áreas que cada uno respectivamente domina: arquitectura, arqueología, urbanismo, medicina… Pero cuando uno, con la mejor intención del mundo, intenta hacerle ver a su interlocutor (siempre que haya confianza) su incorrecto uso del español, por pura e inocente voluntad de compartir conocimientos, poco menos se le suele tachar de repelente. La misma perplejidad tuvo que percibir Álex Grijelmo, pues escribió en su imprescindible “Defensa apasionada del idioma español” (“Punto de Lectura”): “Quienes hacen gala de un uso eficaz del idioma se ven a menudo descalificados como cursis o sabihondos. Se les critica por sus virtudes.” Lo escribió hace casi veinte años, y el asunto no sólo no ha mejorado, sino que se ha agravado.
Es de común conocimiento que censurar el habla de alguien, por muy mal que lo haga, es sinónimo de mala educación. No podemos ir corrigiendo a las personas con las que no tenemos confianza. Pero, en una actualidad en la que se incide reiteradamente en que hay que formarse y prepararse al máximo nivel, la lengua queda al margen de dichas recomendaciones por algún misterioso motivo. Y eso que es habitual que alguien nos ilustre con lecciones interesantes sobre el campo que conoce en profundidad: historiadores que comparten algún acontecimiento para que comprendamos mejor nuestro presente; biólogos que explican el funcionamiento de nuestro cuerpo para sacarnos de un error; nutricionistas que desmitifican creencias falsas… Pero ¡ay de alguien censure el mal uso de una palabra o explique cuándo es necesaria una tilde! Eso es de mal gusto, e incluso se le discute severamente la aseveración, aun sin haberse documentado. Y eso, dice Grijelmo, a pesar de que uno ni siquiera pretenda alcanzar niveles elitistas, sino de humilde conversador que intenta mantener una charla distendida pero, al mismo tiempo, enriquecedora: “Cualquier aficionado al tenis desea golpear la bola con estilo y quedar bien ante los espectadores del barrio (…). Las modas sociales (…) incitan al culto de todas las apariencias: la ropa, la casa, la decoración… Excepto de la apariencia que mana de lo más profundo de nuestro intelecto: el idioma.” Y es que parece que el esfuerzo está bien visto en cualquier ámbito, excepto en el habla o en la escritura. Y no sólo eso: uno ha de tener respeto por la experiencia y los conocimientos de todos los profesionales que le rodean; pero al lingüista, o simplemente al que muestra amor por algo tan bello como es nuestro idioma, se le tacha de pedante. Se menosprecian sus conocimientos, como si los suyos no tuvieran importancia o fueran absurdos, fatuos, inútiles, incluso objeto de mofas y burlas.
No se trata de ser sosos o rancios. Todo idioma deja margen para que cada uno pueda demostrar su personalidad, tanto en el habla como en la escritura. Hay mil maneras de construirnos nuestro propio estilo con palabras. Podemos perfectamente ser originales y expresivos sin recurrir a errores o imprecisiones. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la decoración o con la moda textil. Y como con la ropa, hay ciertas tendencias que no son elegantes y resultan desastrosas: ponerse chanclas con un traje es patético. Ajustarse un vestido con zapatillas deportivas arruina el conjunto. Pero con el español ocurre algo curioso: es como si cada uno sintiera libertad para vestirse con su propia moda, con sus propias reglas, como quien cambia de camisa o pantalones, sin tener que atenerse a ningún patrón ni norma, sin mostrar respeto por el profesional que ha dedicado horas a estudiar y aprender. Somos así de creativos y orgullosos. Auténticos adalides de nuestra propia forma de hablar y escribir, libres de cambiar o romper cuanto nos guste o disguste. Sin ser conscientes de que, en esta curiosa moda de las palabras, de ser el más independiente, el más creativo, el más rompedor, el más innovador… también se corre el riesgo de ser hortera, cutre, desentonado, estridente, chabacano o vulgar. Y lo peor de todo: también hay quien se cree originalmente vestido estando verdaderamente desnudo.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de “La Retina de Cristal”. 


Colección “Músicos”

Carlos Núñez:

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Chambao: 

_DSC0044_2 (Copiar) _DSC0051_3 (Copiar)Delinqüentes:
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La oreja de Van Gogh:

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El sueño de Morfeo:

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Los secretos:

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Revólver:

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Colección “Hojas”

_DSC00740001 (Copiar) _HEC00030001 (Copiar) Eclipse (Copiar) HEC_0073-2 (Copiar) HEC_0075 (Copiar) HEC_0101 (Copiar) HEC_0163 (Copiar) HEC_00610001 (Copiar) HEC_00640001 (Copiar)


[MIL PALABRAS] Muy por encima del mar

Un hombre de mediana edad se despierta en la cubierta del transatlántico. Cuando abre los ojos observa la inmensidad de la piscina inmaculadamente azul en la que hace apenas una hora ha estado chapoteando. Agua dulce flotando sobre agua salada. ¡Eso es progreso! Nuestro hombre descansa ahora en la tumbona con un vaso reposado sobre su barriga, demasiado amplia, demasiado flácida. Busca sus gafas en la mesa y el camarero le advierte de que en breve se servirá la cena en el comedor de gala. Sonríe. Pero antes de asistir a tan apetitosa cita, se asoma a la barandilla para contemplar el infinito océano, tan brillante, tan precioso, tan inabarcable. De repente, un puntito negro le llama la atención. Un puntito negro que va creciendo según se va acercando. Se afana por observar y constata su peor presentimiento: es una pequeña barca perdida, tan colmada de negros que empieza a zozobrar. El hombre, estupefacto, pierde los nervios y se queda inmovilizado. Afortunadamente pronto sale de su conmoción y reacciona: busca a su alrededor, pero no hay nadie. Todos están ya en el comedor, y la cubierta se presenta desierta. Está solo para atender a esas decenas de pobres migrantes, algunos niños, bastantes bebés, que apenas tienen fuerzas para gritar y pedir ayuda. Ve cómo algunas mujeres están embarazadas. Muchos hombres parecen desvaídos, quién sabe si ya muertos. Los más jóvenes alzan las manos desesperados. El hombre sigue su búsqueda infructuosa cuando de repente aparece su mujer, una elegante señora de su misma y madura edad, de pelo cano y vestido azul largo que se bambolea al suave viento marítimo y que, ante la ausencia de su marido en el comedor, ha subido a buscarle. Cuando la ve, el hombre se agita nervioso, alza los brazos y grita, desesperado: “¡Rafaela, Rafaela! ¡Rápido, rápido!”. Ella llega corriendo a su altura y ve con horror a los hombres, ya hacinados intentando trepar inútilmente por la quilla del enorme barco. “¡Vamos, no pierdas tiempo! ¡Tírales algo!” La mujer, siguiendo las órdenes de su marido, acertó a arrojar un extintor que rebotó en la sien de uno de los desgraciados que, al caer, se llevó por delante a otros tres compañeros de viaje, regándolos de sangre. “Menos mal. Si alcanzan nuestro estatus, no podremos seguir pisándolos”, se le escapa a él. Ella sonríe y juntos acuden a la llamada de la apetitosa cena en el comedor de gala.
El barco lleno de negros volvió a convertirse en un puntito lejano, y el transatlántico siguió su rumo por encima, muy por encima del mar.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 


Colección “Fauna”

_DSC00360001 (Copiar) _DSC00510001 (Copiar) Besos de palomas (Chinchón) (Copiar) Ciguena (Copiar) HEC_012-2 (Copiar) HEC_0055 (Copiar) HEC_0213 (Copiar) HEC_0225 (Copiar) HEC_0295 (Copiar) Vuelo de paloma (Copiar)


Colección “Ruidera”

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Laguna Lengua (Panorámica 2) (Copiar)

Panorámica Lengua Noe-RETOCADA (Copiar)


Colección “Aranjuez, Real Sitio”

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Panorámica Tajo (Copiar)

Niebla en Palacio 2 (Copiar)

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