[MIL PALABRAS] No somos tan modernos

Últimamente los publicistas se han dado cuenta de que las abreviaturas en los anuncios e incluso en los envases venden; y si incluyen emoticonos, más. Dan una imagen desenfada, informal, moderna, continuando la tendencia de los más jóvenes de usarlas en sus comunicaciones personales con sus amigos. Una jocosa crítica a esta moda contestaba así a un mensaje corto de texto (SMS): “Compro la letra ‘a’ y resuelvo”. Me hizo gracia, lo confieso. No son pocas las voces que se han alzado en contra de esta forma de comunicarse, alegando que supone un riesgo serio para nuestro idioma, nuestra forma de expresión y comunicación, e incluso perjudicará a los más jóvenes a la hora de leer un libro, escribir correctamente y aprender ortografía, con más que previsibles resultados académicos desastrosos. Pero ¿y si resulta que esa “moda” lleva instalada en nuestro lenguaje desde hace siglos? Quizá no seamos tan modernos ni innovadores como queremos creernos.
Hace unos meses me hice con un objeto que me llamó poderosamente la atención en una subasta: una carta enviada desde Aranjuez a quién sabe qué destinatario en 1798. Aquella caligrafía cuidada, esmerada, esbelta, estética y elegante me cautivó casi tanto como su contenido. Aun sin poder apreciarlo correctamente en las fotografías del anuncio, parecía tratarse de alguna misiva relacionada nada más y nada menos que con la Corte española. Cuando me llegó la ansiada carta bicentenaria y la desplegué, no entendía ni la mitad de su contenido. Parecían faltar letras, sílabas enteras. Y, en su lugar, algunos caracteres se descolgaban; otros, se elevaban. Una serie de superíndices y subíndices de lo más extraña. ¿Estaba todo en clave? En absoluto. Presto a conocer el contenido exacto de aquella carta, empecé a investigar cómo eran las misivas de la época. Me llevé una enrome sorpresa cuando varias fuentes me indicaron que en aquella época era normal abreviar las palabras con toda clase de signos, incluso en las comunicaciones cultas, como parecía ser el caso, donde hablaban de generales, infantas, reyes… Encontré una especie de diccionario donde se recogían y explicaban las abreviaturas más comunes. Así, General pasaba a ser Gen.l; Amigo, Amº; Vuestra merced, Vm.; porque, p.r q.e: para, p.a: Infanta, Inf.ª; por, p.r: Corte, C; y verdadero, verd.o. De repente, como si hubiera descifrado un código mágico, toda la carta recobró su significado, tan sugerente e interesante que alimentó mi imaginación con otra época lejana, pero extrañamente unida a la actual en la necesidad de abreviar el lenguaje en las comunicaciones. Lo siento, publicistas: no somos tan modernos.
Las abreviaturas como tales surgieron en el medievo y se extendieron no sin revuelo (Felipe el Hermoso tuvo que regularlas en los documentos oficiales en Francia por su abuso). Luego llegó el telegrama, que escandalizó a los lingüistas. Salvador Gutiérrez Ordóñez (Académico y Catedrático de Lingüística en la Universidad de León) recuerda: «La gente se llevaba las manos a la cabeza con el telegrama y se decía: ‘¿Adónde vamos a parar? ¡Esto va a estropear el idioma!’». Sin embargo, han pasado los años, las décadas, y hemos de reconocer que el español formal no ha sufrido una especial invasión de abreviaturas (curiosamente sí de extranjerismos), y que usarlas no es ni tan moderno ni tan peligroso. La clave, una vez más, no está en evitar algo a toda costa, sino saber cuándo ha lugar. Porque nadie se pondría a contar chistes en un velatorio ni vestiría de etiqueta en un partido de fútbol, en la playa, etc. Perdón: etcétera.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 

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