[MIL PALABRAS] Aquellos estúpidos lugareños

Hace unos días terminé de leer “Pasaron por aquí”, un interesante libro de investigación de Ricardo Lorenzo. Ricardo vino a España desde su Argentina natal hace treinta y ocho años. Ha escrito biografías, ensayos, reportajes, guiones para teatro e incluso una novela. Durante el tiempo que ha residido en España ha desarrollado su labor periodística en diversos medios de comunicación. Hace catorce años se instaló en mi ciudad, el Real Sitio y Villa de Aranjuez, y su incansable labor como investigador independiente, escritor y periodista no ha cesado. Además participa muy activamente en la vida cultural de la histórica urbe, asistiendo, colaborando, organizando, ayudando y participando en numerosos actos, conferencias, rutas interpretativas, investigaciones, difundiendo su historia y su arte. Uno, que ha nacido en esta tierra y la siente tan dentro, se emociona al ver en los ojos de Ricardo su amor por estas calles, por estos bosques, por estos sotos, por estos jardines, por sus leyendas, por su realidad y por su fuerza. Su trabajo quedará para siempre en la memoria de este lugar, en las bibliotecas, en las bibliografías, en las investigaciones, en las hemerotecas, en nuestros propios recuerdos.
Me resulta curioso, pues, cómo de vez en cuando uno tiene que toparse con ignorantes que, sin conocer a gente como Ricardo, hablan de los extranjeros como si fueran una plaga o un mal que hay que extirpar. Me resulta curioso porque precisamente son muchos de esos ignorantes o sus hijos, bien españoles, bien autóctonos, los que se dedican a menospreciar la historia de la ciudad en la que viven y ridiculizan sus costumbres, cuando no practican aficiones tan peculiares como dar patadas a las papeleras, quemar contenedores, derrapar con sus bólidos en zonas escolares, mear en las aceras, buscar bronca en la salida de un bar, hacer pintadas en los monumentos o, simplemente, trucar el contador de la luz para que entre todos les paguemos su calefacción, su televisión de plasma o el agua caliente con el que lavan sus vergüenzas.
La denigración sistemática del inmigrante es una excusa para lavarse las manos ante las miserias propias. Es una gran venda en unos ojos ya de por sí ciegos. Porque a una persona la definen sus actos. La utilidad, la bondad, la inocuidad, la inteligencia y el civismo de alguien no está en su nacionalidad, sino en su comportamiento. Ricardo, nuestro querido argentino, no sólo es una persona amable, risueña y cordial, sino que además es un auténtico tesoro que enriquece nuestra ciudad, construye nuestro presente y revaloriza nuestra tierra. Al contrario que algunos lugareños (no todos, de hecho la mayoría son gente maravillosa), que denigran la inmigración y en realidad sólo son parásitos que sobreexplotan, empobrecen, molestan, destrozan, ensucian y avergüenzan a sus convecinos. No aportan nada, sólo piden, sólo agotan. Así que sólo queda decir, bien alto y con orgullo, que nuestros vecinos más ilustres, desde hace siglos, son de aquí y de allí, que vivan las personas que enriquecen, y que aprendan los que sólo saben quejarse.

[MIL PALABRAS] es el artículo dominical de opinión de La Retina de Cristal. 

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