Archivo para julio, 2015

Dragón

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[MIL PALABRAS] No somos tan modernos

Últimamente los publicistas se han dado cuenta de que las abreviaturas en los anuncios e incluso en los envases venden; y si incluyen emoticonos, más. Dan una imagen desenfada, informal, moderna, continuando la tendencia de los más jóvenes de usarlas en sus comunicaciones personales con sus amigos. Una jocosa crítica a esta moda contestaba así a un mensaje corto de texto (SMS): “Compro la letra ‘a’ y resuelvo”. Me hizo gracia, lo confieso. No son pocas las voces que se han alzado en contra de esta forma de comunicarse, alegando que supone un riesgo serio para nuestro idioma, nuestra forma de expresión y comunicación, e incluso perjudicará a los más jóvenes a la hora de leer un libro, escribir correctamente y aprender ortografía, con más que previsibles resultados académicos desastrosos. Pero ¿y si resulta que esa “moda” lleva instalada en nuestro lenguaje desde hace siglos? Quizá no seamos tan modernos ni innovadores como queremos creernos.
Hace unos meses me hice con un objeto que me llamó poderosamente la atención en una subasta: una carta enviada desde Aranjuez a quién sabe qué destinatario en 1798. Aquella caligrafía cuidada, esmerada, esbelta, estética y elegante me cautivó casi tanto como su contenido. Aun sin poder apreciarlo correctamente en las fotografías del anuncio, parecía tratarse de alguna misiva relacionada nada más y nada menos que con la Corte española. Cuando me llegó la ansiada carta bicentenaria y la desplegué, no entendía ni la mitad de su contenido. Parecían faltar letras, sílabas enteras. Y, en su lugar, algunos caracteres se descolgaban; otros, se elevaban. Una serie de superíndices y subíndices de lo más extraña. ¿Estaba todo en clave? En absoluto. Presto a conocer el contenido exacto de aquella carta, empecé a investigar cómo eran las misivas de la época. Me llevé una enrome sorpresa cuando varias fuentes me indicaron que en aquella época era normal abreviar las palabras con toda clase de signos, incluso en las comunicaciones cultas, como parecía ser el caso, donde hablaban de generales, infantas, reyes… Encontré una especie de diccionario donde se recogían y explicaban las abreviaturas más comunes. Así, General pasaba a ser Gen.l; Amigo, Amº; Vuestra merced, Vm.; porque, p.r q.e: para, p.a: Infanta, Inf.ª; por, p.r: Corte, C; y verdadero, verd.o. De repente, como si hubiera descifrado un código mágico, toda la carta recobró su significado, tan sugerente e interesante que alimentó mi imaginación con otra época lejana, pero extrañamente unida a la actual en la necesidad de abreviar el lenguaje en las comunicaciones. Lo siento, publicistas: no somos tan modernos.
Las abreviaturas como tales surgieron en el medievo y se extendieron no sin revuelo (Felipe el Hermoso tuvo que regularlas en los documentos oficiales en Francia por su abuso). Luego llegó el telegrama, que escandalizó a los lingüistas. Salvador Gutiérrez Ordóñez (Académico y Catedrático de Lingüística en la Universidad de León) recuerda: «La gente se llevaba las manos a la cabeza con el telegrama y se decía: ‘¿Adónde vamos a parar? ¡Esto va a estropear el idioma!’». Sin embargo, han pasado los años, las décadas, y hemos de reconocer que el español formal no ha sufrido una especial invasión de abreviaturas (curiosamente sí de extranjerismos), y que usarlas no es ni tan moderno ni tan peligroso. La clave, una vez más, no está en evitar algo a toda costa, sino saber cuándo ha lugar. Porque nadie se pondría a contar chistes en un velatorio ni vestiría de etiqueta en un partido de fútbol, en la playa, etc. Perdón: etcétera.

[MIL PALABRAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal. 


La catedral del mar

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Las entrañas de la bestia

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Observen esta escalera. Obsérvenla bien. Las manchas del estuco de las pareces y el techo parecen escamas. Formas curvas, nunca rectas. Como la piel de un animal recubriendo sus órganos vitales. Miren la base de la barandilla. Esas placas de madera, todas diferentes. ¿No son las vértebras de un animal? Sí, lo son: una columna vertebral en toda regla. Ustedes no lo pueden comprobar, pero el pasamano se adapta a la perfección a la garra humana e invita a adentrarse en esa boca abierta. Fíjense bien en ese padre acompañando a su hijo. Parecen las presas de la bestia, una extraña bestia que los engulle sin que se den cuenta. ¿Jonás? Quién sabe. El animal está todavía vivo. Y su espíritu, también: Gaudí no ha muerto. Yo también seré engullido. Pero tranquilos: mi cámara me acompaña.


Palmera de ladrillos

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La belleza de lo funcional

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Parece una simple escultura, pero es la salida de una escalera en la azotea de un edificio: la Casa Milá, en Barcelona. Un baile de figuras imposibles, guerreros, fantasmas, figuras retorcidas, setas, cruces volumétricas y demás genialidades fue creado por Gaudí hace más de un siglo. Su objetivo: desterrar la horrenda manía de los arquitectos más vulgares de rematar los más bellos edificios con elementos metálicos, chimeneas anodinas y demás convencionalismos que afeaban los tejados. Para Gaudí, la azotea de un edificio era estéticamente tan importante como su fachada. Y no sólo eso: la funcionalidad imperaba. No se trataba de embellecer sin más: todos los elementos creados eran útiles, e incluso fue pionero en el ahorro energético (recubría las fachadas de sus edificios con un desván que regulaba térmicamente su interior) y el reciclaje (empleaba material de escombreras como elementos decorativos). Todavía hoy se discute sobre la inspiración de las chimeneas, las torres de ventilación y las casetas de las escaleras de sus azoteas. Qué podrían significar estas formas, que parecen caras, rostros y cabezas inquietantes, que miran al asombrado visitante, sin saber que ha caído preso de la arquitectura más sugerente y atractiva.


[MIL PALABRAS] El corazón de Plutón

El pasado 13 de julio, como estaba anunciado, vimos las primeras imágenes reales y detalladas de Plutón (hasta entonces sólo teníamos borrosas esferas difuminadas). De todos los planetas del Sistema Solar, este pequeño escurridizo era el único al que todavía no habíamos podido fotografiar en condiciones. En pleno siglo XXI es tan maravilloso que el ser humano siga siendo capaz de desvelar misterios astronómicos tan próximos que recuerdo aquellos días de EGB, cuando los profesores nos hablaban del Sistema Solar, y nosotros nos conformábamos con los dibujos de vivos colores, idealizaciones irreales, que ilustraban nuestros libros de texto. Gracias a ellos, para nosotros el sistema solar era una especie de serie de dibujos animados con planetas de colorines, estrellas brillantes y asteroides dignos de películas de Steven Spielberg, lo que no hacía más que aumentar nuestra curiosidad y fascinación.
La nave “New Horizons” que nos ha enviado las impresionantes primeras imágenes de Plutón partió de La Tierra en enero de 2006. Entonces el cuerpo celeste era considerado el noveno y más pequeño planeta del Sistema Solar. Sin embargo, durante el viaje de la “New Horizons”, la Unión Astronómica Internacional resolvió que Plutón dejaba de ser un planeta como La Tierra o Saturno, y le rebajaba a la condición de “planeta enano”, como tantos otros anónimos que pululan nuestros confines. Y es que las nuevas investigaciones confirmaron que Plutón no cumplía una de las premisas necesarias para considerarlo un planeta: tener una atracción gravitaroria suficiente como para limpiar su órbita de polvo y otros objetos menores. Así pues, el objetivo de la “New Horizons” seguía siendo el mismo, pero curiosamente había perdido parte de su prestigio. Nos habían “robado” ese noveno planeta que tanto nos excitaba de pequeños, aunque a los científicos les daba igual: seguía siendo muy interesante para investigar.
Desde luego no fueron pocas las quejas de los más profanos sobre la degradación de Plutón: ¡era injusto! Nos gusta tanto indignarnos… Tantos años aprendiendo que el Sistema Solar tenía nueve planetas que pasar a tener sólo ocho nos parecía tan escueto… Sin embargo, si cambiásemos la definición de lo que es un planeta para adecuarla a las características de Plutón, como muchos pidieron, tendríamos que dar la bienvenida al Sistema Solar a numerosos pseudoplanetas más, alguno incluso más grande que Plutón. Nuestro sistema planetario tendría, entonces, quince, dieciséis, veinte planetas, según fuéramos descubriendo tantos y tantos “planetas enanos”. Llamarle “planeta” a Plutón era más una idealización que una teoría científica sostenible. Pero nos resulta tan difícil desechar las costumbres que intentamos evitarlo como sea. Las imágenes de la “New Horizons” quizá no sean las de un planeta propiamente dicho, pero en el fondo qué más da: se trata de un gran logro para la Humanidad. No son pocos los que ya han creído ver una especie de mancha blanca en su hemisferio sur bien parecida a la representación simbólica humana de un corazón. Desde luego es sólo una coincidencia, pero no deja de ser una entrañable metáfora, como el último intento de mantener un vínculo difícil y complejo entre nosotros. Al menos lo has intentado, pequeño Plutón.

[MIL PALABAS] es el artículo de opinión dominical de La Retina de Cristal.