Abran los ojos

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Recuperaba no hace muchas fechas mi amigo, experto investigador y digno escritor, Mariano Velasco, en un interesante reportaje sobre los tesoros escondidos de La Mancha, las sabias palabras del gran director de cine José Luis Cuerda: “Quería sorprender al tuerto que sólo ve llanuras en Albacete, por no hablar de aquel que la confunde con un inmenso y anchuroso retrete donde aliviarse y seguir su camino”. Efectivamente, muchos creen que La Mancha, y toda Castilla-La Mancha en general, no es más que un secarral que hay que sufrir para llegar al ansiado mar. Esos “tuertos”, decía el señor Cuerda, son incapaces de descubrir por sí mismos lo que no viene en su guía de viajes, a menudo tan políticamente correcta y anodinamente típica que les hace ir sin ver, viajar sin disfrutar, despreciar sin valorar. Es así cómo se pierden pequeños regalos reservados sólo a los desprovistos de prejuicios. Como este rinconcito que algunos han llegado a llamar “el cañón del colorado español”. No es verdad, no lo es: a este paisaje no le hacen falta comparaciones; es digno por sí mismo, con su nombre propio y sus propias características. No es un destino masificado ni alberga instalación turística alguna. Aquí no hay nada, sólo silencio. Pero estas increíbles vistas en medio de ninguna parte, justo donde los ciegos no ven nada, bien merece una lección. ¿La nuestra? Ocultar el nombre de este bello lugar para que los tuertos aprendan a mirar con sus dos ojos y una mente más abierta. Ya lo decía un presumido y frustrado personaje en “Amanece que no es poco”, musitando sobre su propia estampa en un lindo paisaje: “Anda que no debe de ser bonito esto… ¡Pues no viene nadie a verme!” Pues eso: abran los ojos.

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