[MIL PALABRAS] San Antonio

No recuerdo cuándo empecé a seguir a Antonio Vega. En realidad lo hice cuando el músico madrileño ya tenía toda su discografía publicada. Llegué tarde para convertirme en uno de esos admiradores que le seguían de concierto en concierto. Así que poco a poco, disco a disco, fui descubriendo en privado sus canciones, sus letras, sus guitarras. Una música diferente, desgarrada, profunda. Antonio dedicada horas y horas, como una obsesión, a ensayar y ensayar, escribir y escribir, tocar y tocar. En un tema, “Lleno de papel”, expresó la inmensa alegría que sentía cuando la inspiración le poseía: “¡Qué feliz aquella noche rellenando hojas sin parar!”. Confieso de me ha pasado alguna vez: las letras empiezan a nacer sin cesar, las frases se forman solas, los párrafos van invadiendo la página en blanco hasta colmarla de ideas, historias, personajes, locuras… Uno parece sólo un médium, un intermediario de quién sabe qué fuerza, y no puede parar hasta completar esa obsesión con cuerpo de letras y alma de ensoñaciones. Y se siente vivo. Y se siente alguien. Y se siente lleno. “Lleno de papel”, decía Antonio. Lleno de papel, no hay mejor descripción.
El Teatro Real Coliseo Carlos III de Aranjuez fue el primer teatro techado de España. Data de 1768. Su historia es la del fracaso administrativo total: primero sufrió constantes remodelaciones desde principios del siglo XX, profanando su arquitectura original, hasta llegar a convertirse penosamente en un cine. Después fue cerrado y abandonado. A pesar de las constantes reivindicaciones del pueblo por recuperarlo, los veinticinco años de total abandono lo sumieron en la ruina. De él no quedó nada. Sólo, un solar vacío presidido por la fantasmal fachada, que se quedó en pie milagrosamente, como un monolito, desafiando a la gravedad para vergüenza de todos. Desde entonces el pueblo de Aranjuez soñó con reconstruirlo y recuperar su uso original. Pero ninguna administración hizo nada productivo al respecto. Por eso me resulta hoy extraño estar sentado en la butaca de este impresionante edificio, ahora que al fin ha sido reconstruido meticulosamente por el arquitecto Mariano Bayón siguiendo los planos del Siglo XVIII. Me resulta extraño porque nadie vivo pudo estar en el antiguo teatro original. Somos la primera generación en contemplarlo recuperado.
Suena “San Antonio”. Es un tema que Antonio Vega no incluyó en ningún disco. Dice: “San Antonio, junio 13, ya llegó. Esta noche ladra un perro, llama una voz. Late un corazón sin dueño, nunca lo encontró.” Hoy no es junio 13, es junio 14. Qué más da; el concierto homenaje (Malvarrosa 77) que suena por entre las paredes de este impresionante teatro, el teatro de mi pueblo, me emociona. Al mismo tiempo disfruto de la historia de mi ciudad, la arquitectura del teatro y la música de Antonio Vega. No puedo evitar recordar el día en el que le conocí: al terminar una de las últimas ruedas de prensa que dio (falleció en 2009), se bajó del escenario y nos dio la mano uno a uno a todos los periodistas. A mí se me acercó sin que me diera cuenta. Estaba visiblemente enfermo, pero lucía esa sonrisa eternamente escueta y sincera. Me tendió su huesuda mano mirándome a los ojos. Se la estreché y me dio las gracias. ¡Él a mí! Uno, que ha aprendido con los años a no idolatrar a nadie, al menos sí sabe reconocer que un genio es más genio cuanto más se parece a nosotros, modestos aspirantes a algo. Por eso aún suenan en mi interior las melodías, sus melodías, que esta tarde rebotaron por el Real Teatro Carlos III de Aranjuez en una velada inolvidable. Y pienso que nada ni nadie muere si lo podemos revivir. Ya sea un teatro olvidado o la canción de un músico que se ha ido antes de tiempo. Ambos, ya, son inmortales.

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