Ser sin estar

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¿Alguna vez has llegado a observar durante tanto tiempo un paisaje que se ha convertido en un cuadro? Trazos precisos en las arrugas de la montaña dando volumen al terreno; los grises pétreos de un suelo lejano; un verde oscuro en primer plano; una pequeña casa colgada, tirada, olvidada en la falda, rodeada de cúmulos arbóreos, como coágulos de pintura, esbozos redondos de vida nonata; blancos y pasteles adornando un cielo imposible, quizá inventado, quizá irreal, quizá irreverentemente pictorialista… Y el tempo detenido. Ese silencio de la falsedad. Esa sensación de ser sin estar. Ese creerse inmortal. Pero es todo mentira: nadie ha pintado nada. El óleo no se ha manchado. Los pinceles están guardados. Los árboles se mueven impulsados por el viento. Y el tiempo, nunca, jamás, ha dejado de matarte. Sólo son tus retinas, quizá sugestionadas por tu cerebro, las que te han engañado. Y ya estás atrapado, y ya estás durmiendo, y ya estás otra vez soñando despierto.

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