Piedras son el camino

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Esta es una calzada romana. Las calzadas romanas inicialmente se usaban para el desplazamiento de las tropas, aunque rápidamente se aprovecharon para fines administrativos y comerciales. El puente sobre el río Guadiana en Augusta Emérita propició que por aquí pasara la red más importante de comunicaciones del Oeste de la Península Ibérica. Así que por Mérida uno encuentra los restos de estas calzadas con facilidad. Las miro, las observo, me fijo en su constitución, en sus detalles. Se construyeron tras preparar varias capas de tierra y piedra que se pavimentaban con losas de diorita, casi siempre azuladas, de las canteras próximas a la ciudad. En otras palabras simples: un auténtico camino de piedras. En las intersecciones de estas vías (es decir: en los cruces) se levantaba una gran roca en la mitad, justo en el medio, en pleno centro de las vías. Servía para regular el tráfico y evitar que sus usuarios alcanzaran demasiada velocidad. Sonrío mientras pienso: “¡Son los primeros badenes de la historia!”. Nadie ríe la supuesta gracia.
Piedras en el camino. En el presente encontrar una piedra en el camino es una metáfora agorera, un sinónimo de problemas, de apuros, de escollos, de que algo va mal, que vamos a tropezar y a caer… Pero recorro metros y más metros de calzadas romanas y pienso cómo hace siglos la gente daba gracias a este invento: estas piedras llanas meticulosamente ensambladas pensadas para facilitar el tránsito. Quizá no fueran tan seguras como nuestro negro asfalto, pero supusieron un gran avance en su día. Sólo había que tener cuidado de por dónde pisar. Estar atento. Prestar atención al camino. Desconfiar de cada rendija o grieta. Buen aprendizaje. A veces el acomodo adormece nuestros sentidos. Y a veces las piedras del camino nos hacen más sabios y fuertes. Depende de cómo seamos capaces de sacarlas partido: tropezar en ellas o pisarlas para seguir adelante con confianza y decisión.

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