[MIL PALABRAS] Las apariencias nos engañan

¡Ah, el rentable y aterrador mundo de las apariencias! Querer ser quien no se es. Engañar. Disfrazarse. Actuar. Un anuncio televisivo muestra a dos hombres claramente de diferentes edades haciendo deporte y una voz que dice: “Padres e hijos que parecen hermanos”. No sé si es un halago hacia el progenitor o un exabrupto hacia el pobre hijo. Porque no es verdad: no lo parecen, nunca podrían parecerlo, afortunadamente. Pero a nuestra sociedad le da igual hacer el ridículo. ¡Nunca hay que aceptar quien uno es! Hay que ser más joven, más ágil, más guapo, más moreno, más divertido… Y me pregunto: ¿qué hay de malo en la senectud, el sosiego, la tranquilidad, la modestia, la seriedad… en ser uno mismo y estar a gusto sin preocuparse por aparentar lo contario? Si ese esfuerzo desmesurado por ocultar nuestra propia naturaleza lo invirtiéramos simplemente en vivir sin complejos… La mitad de los publicistas perderían su trabajo. Pues aunque en clase nos enseñaron que la Economía aspira a saciar las necesidades del consumidor, creo que la definición se ha quedado anticuada. Ahora sería algo así: la Economía crea necesidades cuando el consumidor está saciado. Así nos venden productos inútiles que nunca habríamos echado en falta si no se hubieran inventado.
Escribió Giacomo Leopardi ya en el siglo XIX: “Las personas no son ridículas sino cuando quieren parecer o ser lo que no son. Lo son, en cambio, cuando el viejo quiere parecer joven; el enfermo, sano; y el pobre, rico. El ignorante quiere dárselas de instruido.” No quiere decir esto que el pobre no aspire a mejorar su situación económica e incluso que se pueda dar de vez en cuando un capricho, que el rústico no quiera mejorar sus modales, que el enfermo no luche por su cura o que el viejo no pueda rechazar una silla de ruedas si puede caminar, aunque sea con esfuerzo. Significa, en realidad, que cada uno debería aceptar quién es sin eufemismos. Y es que más vale una limitación honrosa que una ostentación falsa.
El afán de superación que nos hace ser mejores no tiene nada que ver con los complejos, tan venenosos como peligrosos. Quien sólo quiere aparentar ha escogido el camino más corto y en realidad no quiere quitarse de encima sus defectos; sólo intenta ocultarlos sin tener que esforzarse. Quien de verdad desea mejorar nunca querrá “parecer” algo. Nunca se sentirá en la meta, sino en el desarrollo, en el camino, en la aspiración eterna. Ese es el espíritu de mejora constante del modesto, del sabio que aprende hasta el día de su muerte, de quien reconoce sus defectos y limitaciones para intentar potenciar sus virtudes. Todo lo demás son apariencias. Y, como todo el mundo sabe, las apariencias engañan. A todos.

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