[MIL PALABRAS] Y la Luna

Cuando todo parece oscuro y el día a día nos aplasta con toda su fuerza, algunos alzamos la mirada al cielo y encontramos, resplandeciente, la Luna. Esa luz blanquecina reconforta en las noches más largas. La compañera de nuestro planeta también lo es de las almas más románticas, esas que encuentran belleza a casi cuatrocientos mil kilómetros de distancia. La ciencia ficción ha situado en ella colonias humanas, pequeñas ciudades y comunidades permanentes. Hoy lo hace la ciencia, a secas. Es prácticamente un proyecto a medio plazo. Prometer la Luna ya no es una mera demostración de amor.
Entrevistan a Pedro Duque, el primer astronauta español. Responde completamente convencido que habrá humanos viviendo allí en relativamente poco tiempo. Era lo esperado. Tarde o temprano sabemos que pasará. Será un hito importante para la Humanidad. Pero el problema llega cuando le piden que profundice sobre el tema: “Haremos tareas como extracción de minerales, utilización de recursos… Habrá una notable explotación de minería. Y si hay rentabilidad económica, se acelerará” [El País Semanal, nº2.016]. Si Pedro tiene razón, ¿verán nuestros bisnietos los monstruosos agujeros de las minas canadienses de Diavik o las rusas de Mirny, las destrozadas tierras áridas alemanas de la mina de Garzweiler o el dantesco panorama de las minas chilenas de Chuquicamata cuando miren a la Luna? ¿Ese es el futuro que le tenemos preparado a nuestro único satélite tras inspirar a artistas y locos a lo largo de siglos? Pedro va más allá y habla de construir centrales nucleares para explotar lo máximo posible todos los recursos y abastecer a La Tierra. Me pregunto si dentro de cien años empezarán a crearse asociaciones ecologistas que protesten contra la sobreexplotación del Mar de la Tranquilidad, la urbanización del Lago de la Felicidad, pidan que no haya vertidos residuales en la Bahía del Amor ni que destruyan el cráter Tycho. Lo pienso. Lo creo. Y tiemblo.
Cuando era pequeño me gustaba rastrear la superficie lunar con el telescopio que me regalaron a los diez años. Era mágico: desde la terraza de mi casa veía esos paisajes desérticos, intactos, vírgenes, bellos, evocadores… Saber que todo eso estaba ahí y que el ser humano era incapaz de alterarlo era una gran lección de humildad y, al mismo tiempo, reactivaba nuestra imaginación. Hoy, ya mayor, me pregunto qué verán nuestros descendientes: ¿minas a cielo abierto, asfalto, centrales nucleares…? Si la Humanidad necesita explotar el satélite de su planeta para subsistir es que definitivamente no sólo ha fracasado como especie, sino que es una auténtica plaga para el universo. Sólo puedo evadirme con música. Esta vez, Rosana canta: “No me pidas que te dé la Luna / porque es la eterna rosa / que regalan los amantes / con el aire de la boca. Y si el amor se nos rompe (…) el mundo amanecería repleto de lunas rotas.” ¿Cuánto tardaremos en romperla? Afortunadamente no estaré para verlo.

[Suerte a los futuros ecologistas lunares. Aquí, en el pasado, todavía hay quien niega el calentamiento global.]

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