[MIL PALABRAS] La cultura del pedal

Vivo a tres kilómetros de mi puesto de trabajo. Así que desde hace años he decidido ir en bicicleta diariamente. Cierto que no tengo carné de conducir, pero sí varios compañeros que viven en mi propio barrio y hasta hace poco me llevaban y traían muy amables. Pero un día decidí quitarle el polvo a la bicicleta y reivindicar mi movilidad independiente. Las ventajas eran todas: practicaba algo de deporte, no le hacía esperar al compañero que me llevaba y traía y no contaminaba nada. Sin embargo, por alguna extraña razón, yo era el único que lo entendía: mis compañeros, al verme diariamente ir y venir en bicicleta, me preguntaban por qué lo hacía. Mi cabeza se colapsaba ante su incredulidad y al final sólo podía responder: ¿por qué no?
La cultura española de coger el coche para todo es hoy más que nunca un sinsentido tan grande que convierte en un bicho raro a quien no lo hace. Cuando era niño, mi madre me llevaba dando un paseo al colegio. Cuando crecí, yo mismo iba con mis vecinos pateando las aceras de mi ciudad, jugando, hablando, riendo. Hoy el Ayuntamiento moviliza a policías para que controlen el caos de tráfico que se produce diariamente a las puertas de los colegios cuando los padres van con sus todoterrenos (¿?) a llevar y recoger a sus pequeños a casa, dos o tres manzanas más allá. Pronto, muy pronto, empiezan los pequeños a empaparse de la cultura del pedal, pero del pedal motorizado: el acelerador, el embrague y el freno.
Yo sigo yendo en bicicleta al trabajo. No soy de esos que dicen que todo el mundo debería hacer lo mismo que yo. En absoluto. Que cada uno haga lo que quiera ¿Quién soy yo para decirle a nadie lo que tiene que hacer? Tampoco soy de esos fanáticos que se gastan un pastón en una bicicleta y medio sueldo en complementos. Mi bicicleta se sencilla y barata. Para lo que la uso, funciona igual que cualquiera otra. Para mí no es un deporte, es un transporte. Yo voy en bicicleta porque soy joven, estoy sano y simplemente me apetece. No sé qué pensaré dentro de veinte años. Comprendo que haya a quien no le apetezca, después de una jornada laboral ocho horas en pie, montarse en una bicicleta. La verdad es que a mí también me costaba al principio, pero es cuestión de acostumbrarse. A lo que no me acostumbro es al asombro de quien me ve en mi bicicleta yendo a trabajar y no a los que van en coche al gimnasio para subirse en una bicicleta estática. Eso sí que no lo entiendo. Será cuestión de cultura. O de pedales.

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