[MIL PALABRAS] Especulaciones de altos vueltos

El espectáculo dado por la sociedad y el periodismo tras el trágico accidente de Germanwings es digno de repaso hoy, una vez que el tiempo nos deja ver el bosque. En los años 80, ante una noticia semejante, las televisiones se limitaban a dar la información que tenían confirmada en avances informativos de última hora, breves y concisos. En el caso de Germanwings, cuando los expertos y los políticos todavía pedían calma, todas las cadenas nacionales modificaban sus programaciones para dedicar extensos especiales a una noticia de la que no tenían ni idea qué contar. Y así instaron a controladores aéreos, jefes de aerolíneas, pilotos y demás expertos a que opinaran, dijeran, teorizaran, entraran en su frívolo mundo del espectáculo carroñero. Los expertos que no caían en la trampa eran sutilmente despreciados. Mientras los políticos franceses y españoles daban los escasos datos confirmados que tenían, que no llenaban comparecencias superiores a los dos minutos, Ana Rosa Quintana abría así su espacio televisivo: “Comenzamos nuestro programa que dedicaremos, por supuesto, íntegramente al accidente.” Íntegramente quiere decir cuatro horas de televisión. ¿Y cómo se pueden llenar cuatro horas hablando sobre un accidente cuyo lugar del siniestro ni siquiera había sido alcanzado por los peritos? Pues con un elenco de tertulianos y entendidillos que de un día para otro, por arte de magia, lo sabían todo sobre aviones, despegues y aterrizajes, y disparaban a quemarropa: que si se produjo una despresurización, que si le dio un ictus al piloto, que si les faltó oxígeno, que si fue una maniobra desesperada del piloto para aterrizar, que si un atentado terrorista… Cabía cualquier especulación. Que no hubiera ni una sola prueba ni indicio donde apoyarse era lo de menos. En la televisión pública (la que pagamos todos) le preguntaron a un experto cuánto tardarían en confeccionar el informe oficial del accidente que determinase exactamente qué ocurrió. Cuando contestó que la ley exige un plazo máximo de tres años, los tertulianos se rieron a carcajadas y se llevaron las manos a la cabeza. Supuse que pensaban: “¡No, hombre! ¡Tres años… no! Nosotros necesitamos carnaza hoy, especulaciones instantáneas, conjeturas exprés para justificar nuestro sueldo y estos programas fatuos. Dentro de tres años a nadie le importará la verdad.” Pero la verdad es que el periodismo está alimentado por su público. Y el público quería un culpable cuanto antes, daba igual quién. La cosa era indignarse y fabricar un monstruo que tranquilizase sus miedos. Descargar nuestra incredulidad y desahogarnos, seamos parroquianos de barra de bar sin ninguna clase de responsabilidad o tertulianos de plató de televisión, con una supuesta (o presupuesta) ética deontológica. Luego resultó que nada de lo expuesto era verdad. Nadie acertó. Hoy, más de un mes después de la tragedia, resulta curioso comprobar que todas aquellas horas de especulaciones y conjeturas, de “periodismo” y tertulianos sabiondos (que no sabios) resultaron una soberana y grandiosa pérdida de tiempo. Un perfecto ejemplo de cómo no actuar ante un hecho grave y dantesco mientras los verdaderos profesionales realizan su trabajo, intentando averiguar por qué las familias de ciento cincuenta inocentes no tenían ninguna gana de juegos ni conjeturas. ¿Aprenderemos para la próxima? No.

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