[MIL PALABRAS] Tinta digital

Los beneficios de la tecnología aplicada a la lectura, como los libros electrónicos o los documentos de texto informáticos, son innegables: disponibilidad, economía de espacio, posibilidad de hacer copias de seguridad rápida y fácilmente, capacidad de cambiar la letra (algo especialmente importante para deficientes visuales)… Sería absurdo renunciar a la llamada tinta digital simplemente por principios. Pero también tiene sus contras. Pues aunque inconscientemente la sensación es que un formato tecnológico es prácticamente eterno, hay un detalle muy elocuente: intente hoy recuperar un archivo guardado hace, digamos, veinte años en un disquete. Si encuentra algún ordenador que aún tenga una disquetera compatible (se comercializaron hasta seis tipos de disquetes diferentes, todos hoy obsoletos), deberá actualizar el procesador de textos y descargarse las actualizaciones. Y, aun así, deberá rezar para que los datos no se hayan estropeado, pues la vida útil era paupérrima. Quienes fueron precavidos y pasaron sus datos al disco compacto grabable, se sintieron complacidos con la promesa del fabricante: “durabilidad eterna”. Falso: en el mejor de los casos, un disco compacto grabable durará treinta años. Parece mucho tiempo, pero es relativo.
Hoy pongo sobre la mesa una cinta Betacam, un disquete y un Laserdisc. A su lado, un libro de 1859. El reto: acceder a los datos de cada uno. La realidad: hoy sólo puedo leer el contenido del libro de 154 años de antigüedad. El único inconveniente que tengo es que está en castellano antiguo… Podría haber elegido otros formatos otrora más o menos extendidos, pero hoy igualmente desfasados: minidisc, CD-vídeo, SACD, video 2000… Hoy nos parece imposible que los actuales formatos que consumimos se queden obsoletos. Pero igual de imposible nos parecía en su día que en un hogar no hubiera un vídeo VHS o un tocadiscos para vinilos. En el pasado, el VHS parecía el definitivo. Luego vino el DVD. Luego, el Blu Ray. Hoy sabemos que Sony está ya trabajando en un formato con veinte veces más capacidad que el Blu Ray, capaz de almacenar hasta cincuenta películas en alta definición. Si no es ese, llegará otro formato, y el Blu Ray quedará también relegado.
Superando el problema de la accesibilidad, si realmente dispusiéramos siempre de la tecnología necesaria para consumir cualquier formato por anticuado que se hubiera quedado, el libro tradicional también parece ganar la batalla: se ha estimado su duración en seiscientos años. No estamos hablando de un récord, de algo excepcional o increíble: la duración media normal de un libro normal cualquiera es de seis siglos. El libro impreso más antiguo del mundo (El Sutra del diamante) estuvo oculto en una cueva china durante siglos. Fue publicado en 868; es decir: tiene 1.157 años. Y está en perfecto estado. Ningún aparato tecnológico alcanzará esos registros.
No es este un texto contra los libros electrónicos o los formatos tecnológicos. Son maravillosos, imprescindibles en el siglo XXI. Sería retrógrado decir lo contrario. Son una alternativa cómoda y lógica. Pero sí pretende poner en duda, como mínimo, la teoría de que el libro de papel tiene los días contados, cuando es el formato más antiguo, extendido, universal, fiable y vigente en todo el mundo, y el que más visos de supervivencia tiene frente a aparatos cuya garantía de fábrica no suele superar los tres años. Además, hay algo que (de momento) no podremos conseguir con un libro electrónico: pedirle a su autor que nos lo dedique.

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