Archivo para mayo, 2015

[MIL PALABRAS] Y la Luna

Cuando todo parece oscuro y el día a día nos aplasta con toda su fuerza, algunos alzamos la mirada al cielo y encontramos, resplandeciente, la Luna. Esa luz blanquecina reconforta en las noches más largas. La compañera de nuestro planeta también lo es de las almas más románticas, esas que encuentran belleza a casi cuatrocientos mil kilómetros de distancia. La ciencia ficción ha situado en ella colonias humanas, pequeñas ciudades y comunidades permanentes. Hoy lo hace la ciencia, a secas. Es prácticamente un proyecto a medio plazo. Prometer la Luna ya no es una mera demostración de amor.
Entrevistan a Pedro Duque, el primer astronauta español. Responde completamente convencido que habrá humanos viviendo allí en relativamente poco tiempo. Era lo esperado. Tarde o temprano sabemos que pasará. Será un hito importante para la Humanidad. Pero el problema llega cuando le piden que profundice sobre el tema: “Haremos tareas como extracción de minerales, utilización de recursos… Habrá una notable explotación de minería. Y si hay rentabilidad económica, se acelerará” [El País Semanal, nº2.016]. Si Pedro tiene razón, ¿verán nuestros bisnietos los monstruosos agujeros de las minas canadienses de Diavik o las rusas de Mirny, las destrozadas tierras áridas alemanas de la mina de Garzweiler o el dantesco panorama de las minas chilenas de Chuquicamata cuando miren a la Luna? ¿Ese es el futuro que le tenemos preparado a nuestro único satélite tras inspirar a artistas y locos a lo largo de siglos? Pedro va más allá y habla de construir centrales nucleares para explotar lo máximo posible todos los recursos y abastecer a La Tierra. Me pregunto si dentro de cien años empezarán a crearse asociaciones ecologistas que protesten contra la sobreexplotación del Mar de la Tranquilidad, la urbanización del Lago de la Felicidad, pidan que no haya vertidos residuales en la Bahía del Amor ni que destruyan el cráter Tycho. Lo pienso. Lo creo. Y tiemblo.
Cuando era pequeño me gustaba rastrear la superficie lunar con el telescopio que me regalaron a los diez años. Era mágico: desde la terraza de mi casa veía esos paisajes desérticos, intactos, vírgenes, bellos, evocadores… Saber que todo eso estaba ahí y que el ser humano era incapaz de alterarlo era una gran lección de humildad y, al mismo tiempo, reactivaba nuestra imaginación. Hoy, ya mayor, me pregunto qué verán nuestros descendientes: ¿minas a cielo abierto, asfalto, centrales nucleares…? Si la Humanidad necesita explotar el satélite de su planeta para subsistir es que definitivamente no sólo ha fracasado como especie, sino que es una auténtica plaga para el universo. Sólo puedo evadirme con música. Esta vez, Rosana canta: “No me pidas que te dé la Luna / porque es la eterna rosa / que regalan los amantes / con el aire de la boca. Y si el amor se nos rompe (…) el mundo amanecería repleto de lunas rotas.” ¿Cuánto tardaremos en romperla? Afortunadamente no estaré para verlo.

[Suerte a los futuros ecologistas lunares. Aquí, en el pasado, todavía hay quien niega el calentamiento global.]

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Cobertizo

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Dicen que había tantos pasadizos en Toledo hace cinco siglos que la luz del sol no entraba en sus calles, oscuras, sucias, tenebrosas. Hasta que Juana I de Castilla ordenó que sólo sobrevivieran aquellos por los que pudiera pasar un hombre montado en un coche de caballos con una lanza verticalmente apoyada en el estribo. Así se hizo, y hoy sólo nos quedan algunos de estos pasadizos, también llamados cobertizos, los más altos e imponentes, como este de Santo Domingo el Real. Aquí tomo la fotografía y viajo en el tiempo, imaginándome a ese coche de caballos y a ese hombre con la lanza bien alta superando el obstáculo arquitectónico que indultaría este maravilloso anacronismo.


Parapetada

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[MIL PALABRAS] La cultura del pedal

Vivo a tres kilómetros de mi puesto de trabajo. Así que desde hace años he decidido ir en bicicleta diariamente. Cierto que no tengo carné de conducir, pero sí varios compañeros que viven en mi propio barrio y hasta hace poco me llevaban y traían muy amables. Pero un día decidí quitarle el polvo a la bicicleta y reivindicar mi movilidad independiente. Las ventajas eran todas: practicaba algo de deporte, no le hacía esperar al compañero que me llevaba y traía y no contaminaba nada. Sin embargo, por alguna extraña razón, yo era el único que lo entendía: mis compañeros, al verme diariamente ir y venir en bicicleta, me preguntaban por qué lo hacía. Mi cabeza se colapsaba ante su incredulidad y al final sólo podía responder: ¿por qué no?
La cultura española de coger el coche para todo es hoy más que nunca un sinsentido tan grande que convierte en un bicho raro a quien no lo hace. Cuando era niño, mi madre me llevaba dando un paseo al colegio. Cuando crecí, yo mismo iba con mis vecinos pateando las aceras de mi ciudad, jugando, hablando, riendo. Hoy el Ayuntamiento moviliza a policías para que controlen el caos de tráfico que se produce diariamente a las puertas de los colegios cuando los padres van con sus todoterrenos (¿?) a llevar y recoger a sus pequeños a casa, dos o tres manzanas más allá. Pronto, muy pronto, empiezan los pequeños a empaparse de la cultura del pedal, pero del pedal motorizado: el acelerador, el embrague y el freno.
Yo sigo yendo en bicicleta al trabajo. No soy de esos que dicen que todo el mundo debería hacer lo mismo que yo. En absoluto. Que cada uno haga lo que quiera ¿Quién soy yo para decirle a nadie lo que tiene que hacer? Tampoco soy de esos fanáticos que se gastan un pastón en una bicicleta y medio sueldo en complementos. Mi bicicleta se sencilla y barata. Para lo que la uso, funciona igual que cualquiera otra. Para mí no es un deporte, es un transporte. Yo voy en bicicleta porque soy joven, estoy sano y simplemente me apetece. No sé qué pensaré dentro de veinte años. Comprendo que haya a quien no le apetezca, después de una jornada laboral ocho horas en pie, montarse en una bicicleta. La verdad es que a mí también me costaba al principio, pero es cuestión de acostumbrarse. A lo que no me acostumbro es al asombro de quien me ve en mi bicicleta yendo a trabajar y no a los que van en coche al gimnasio para subirse en una bicicleta estática. Eso sí que no lo entiendo. Será cuestión de cultura. O de pedales.


Anfiteatro romano (acceso)

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Mi agujero negro

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Lo que es o no será. Lo que sé y olvidaré. Eterno o fugaz. Si voy o nunca volveré. Todo el miedo de un agujero negro en la piel. Deja de pensar. Duérmete, todo pasará. Será sólo un mal recuerdo. Y no tendrá sentido el desvelo. Quizá tenga razón, y el temporal es sólo temporal, o quizá no. Se arrugará la montaña. Se perderá, entre las nubes, el tiempo. Y volveremos a reír, y volveremos a vivir, creyendo que hay futuro, incluso para mí.


Dentro y fuera

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