Paisaje de venas abiertas

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Bebí a sorbos el agua que caía de la montaña. Sin prisas. Ella bajaba abriendo caminos de piedras, discursos de cascadas. Llena de fuerza, vacía de dudas. Rompía el paisaje con venas abiertas. Allí nos encontramos una tarde, como otra cualquiera, cuando ya casi nadie se acordaba de la primavera. Yo llegué antes; ella, a mi vera. Sólo hizo falta el silencio, un beso y nuestra luna llena. Y desde entonces es mi compañera. Vive cuando muero, respira cuando me ahogo y ríe cuando lloro. Han pasado once años y la cascada sigue con las venas abiertas. Nosotros, bebiendo a sorbos su fuerza. Y ese ruido, ese estruendo de río bravo resquebrajando la tierra. Ruido que bautiza un valle y una docena de lagunas como turquesas. Ruido que nace de la ira de una tierra que no deja de dar vueltas. Aunque a estas alturas a nadie le importe si está viva o muerta.

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