No hace ruido

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Tan hermosas eran sus armas que las ocultaba bajo tierra. Y a la hora de nacer brotaban fuentes, ojos y borbollones. Cada mañana era un nuevo regalo de la Naturaleza. Cada ocaso, el fin del milagro. Y entre medias, de enamorar, mil maneras. Dicen que nació siendo mujer y morirá como niña. Mujer por su instinto maternal que alumbró diecisiete hijas, sus lagunas. Niña porque siempre llorará, aunque no siempre de pena. Y de sus ojos, nuestras cascadas. Y de sus miedos, nuestros fracasos. Y de sus gozos, aquellas avenidas. Avenidas de rabia y agua, que ponían todo patas arriba. Por sus espejos quedaron presos poetas, escritores y pintores. Almas encadenadas por siempre a la ilusión de haber encontrado el cielo en la tierra. De haber hallado cada fragmento de los astros estrellados en sus arenas. Por eso dicen que el lamento del hombre verdaderamente enamorado, más todavía si perdió el juicio, no hace ruido, sino “ruidera”.

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