Dónde está todo el mundo

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Tenía miedo de salir a la calle y no encontrar a nadie. Miedo de toparse con muchas caras vacías y muchos brazos insípidos. Esa sensación de ver sombras en la pared, pero no percibir sus almas. Pasos sordos. Gente sin nombres. Anónimas vidas. Todo, invisible. Todo, irreal. ¿Adónde acudir? Grises bordados en los ladrillos, en las piedras, en los corazones perdidos. Acaso un callejón vacío. Las paredes frías. Nadie que las toque. El suelo empedrado. Nadie que lo pise. Tantos miedos, tantas locuras, tantos complejos… que ya no eran personas. Que ya no eran. Que ya no. Un olor perdido atraviesa el tiempo. Esa brisa de la tarde que va cayendo. Ese eco que se va callando. Los demás, siempre los demás. ¿Y uno mismo? Alza la cara preocupado. Alza la cara y ve el cielo tan lejos que se sabe en el infierno. No por condena, sino por traición. No por tortura, sino por anfitrión. Sí, también es culpable. Sólo al ver la invisibilidad de sus manos comprendió que más vale preocuparse por uno mismo que culpar a los demás. Y, quizá a tiempo, habría evitado ser también sólo una sombra sin alma perdida en el callejón en blanco y negro.

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